En Suiza se llevó a cabo un nuevo referéndum. Este ejercicio, que tanto describe a la sociedad helvética y la convierte en un ejemplo para muchos, no sería noticia si no fuera porque esta vez tuvo un resultado sorprendente. Al menos, así es a ojos de quienes no siguen la actualidad suiza con regularidad, ya que dentro del mismo territorio ya hace tiempo que tienen en tema de debate nacional el motivo por el cual se ha realizado este ejercicio democrático. Se consultaba sobre la entrada masiva de inmigración y se votó en contra de ella. Esto obliga ahora a una revisión de la constitución y una posterior regularización del número de personal extranjero que cruza la frontera suiza. A la cabeza de esta iniciativa –que a efectos prácticos resulta tan antieuropea como su propulsor- se erige Cristopher Blocher, líder del partido Unión Democrática de Centro que lleva años luchando para frenar este flujo. Una inmigración que representa el 23% de la sociedad suiza, números sustancialmente superiores a los de sus vecinos europeos y que ha servido a los impulsores del voto en contra de la libre circulación de personas para ponerse las manos a la cabeza en señal de alarma.

Los ciudadanos procedentes de otros países han constituido la estructura de la sociedad suiza y han acabado siendo parte de su motor financiero

Pero es precisamente este porcentaje el que dibuja una realidad que se contradice con el resultado del referéndum. Diferentes economistas y sociólogos llevan tiempo advirtiendo que a Suiza no sólo no le ‘sobran’ los inmigrantes, sino que necesita de ellos para sostener su alabado modelo económico. A lo largo de las últimas décadas, los ciudadanos procedentes de otros países han constituido la estructura de su sociedad y han acabado siendo parte del motor financiero de un país que cuenta con ciertas ventajas fiscales, fruto de su posición respecto a la Unión Europea. Sin embargo, todo esto parece haber pasado inadvertido por el 50,3% de los votantes suizos, o al menos ha quedado eclipsado por otras cuestiones, según ellos, prioritarias.

El deporte suizo y más en concreto su selección nacional de fútbol, es una representación idónea de lo que es la sociedad helvética. El análisis de los miembros que la forman –esos que participaran en un Mundial por tercera vez consecutiva– da lugar a una radiografía perfecta de lo que es el secreto de la suma de fuerzas de la sociedad suiza. Sin ir más lejos, su seleccionador, Ottmar Hitzfeld, es un alemán que ha cruzado la frontera para dirigir de manera meritoria al conjunto desde el año 2008. Un jugador conocido en nuestro país como es Haris Seferović, creció en el seno de una familia de inmigrantes bosnios que emigraron a finales de los 80 de la entonces Yugoslavia. Suma y sigue. La principal estrella del conjunto rojo, Xherdan Shaquiri, actualmente en las filas del Bayern de Munich y la mayor sensación actual del equipo, nació en Kosovo hace 22 años y partió con sus padres y hermanos hacia Suiza con el comienzo del conflicto bélico que afectó a toda su generación. De hecho, si se hubieran aplicado medidas parecidas a las que votaron sus ciudadanos el pasado 9 de febrero, lo que hoy conocemos como la sexta selección del Ranking FIFA, no tendría nada que ver con la actual.

suizaalEn la anterior fotografía tomada antes del partido que enfrentó a la selección el pasado 14 de octubre contra Eslovenia, Suiza presentaba la siguiente alineación, formada tan solo por cuatro jugadores que no hubieran emigrado hacia el país helvético en su día: Ziegler, Senderos (de padre español pero madre suiza), Sommer y Lang. Los demás, cuentan con procedencias de lo más diversas: Seferovic proviene de una familia de bosnios; Xhaka Granit nació en Kosovo, igual que Shaquiri; Johannes Djourou lo hizo en Costa de Marfil; Inler es de origen turco y de hecho jugó sus primeros partidos como internacional en las categorías inferiores de la selección otomana; Admir Mehmedi y Dzemaili nacieron en Macedonia y la cuna de Barnetta es italiana.

Ellos son un ejemplo de la inmigración que ha recibido Suiza en las últimas décadas. Si bien la mayoría de esta generación de futbolistas responde a refugiados provenientes de los Balcanes durante el conflicto bélico iniciado en los años 90, el perfil que actualmente cruza con más abundancia la frontera suiza proviene de sus estados fronterizos: Alemania, Francia e Italia. Este tipo inmigrante responde además a un perfil intelectual, con estudios superiores y una renta en algunos casos considerable. Entonces, ¿por qué ha ganado el ‘Sí’ (voto en contra de la inmigración en masa)?. La respuesta está en la campaña política liderada por Cristopher Blocher y apoyada finalmente por un gran porcentaje de la población. Según ésta, los salarios de las altas esferas se ven amenazados con la entrada de extranjeros, el precio de los apartamentos y transportes sube y la sanidad pública no puede absorber tanto volumen de población. Así, los lemas ‘somos demasiados’ y ‘queremos una Suiza más suiza’ han calado hasta decantar la balanza en detrimento de la multiculturalidad característica de su territorio.

Hitzfeld cuenta para el Mundial de Brasil con un bloque formado a base de juventud y veteranía y con la ilusión de prolongar la buena racha de resultados que les ha dejado invictos después de la fase de clasificación. Será todo un reto superar la fase de grupos, pero el salto cualitativo que ha dado este conjunto en los últimos años es más que evidente. Obviamente, la nueva reforma no tendrá repercusión ninguna en este Mundial, ni en el siguiente, pero tendrá mucho que ver en el devenir de la selección nacional en un futuro. Un colectivo actualmente formado de manera mayoritaria por hombres que un día dejaron su país natal en busca de una vida mejor en Suiza, particularidad que, al final, ha constituido el secreto mejor guardado de esta selección en alza.