“No nos une el amor sino el espanto; será por eso que la quiero tanto.”

Buenos Aires, Jorge Luis Borges

 

Las crónicas del momento hablan del cielo inmensamente azul y del sol chillón sobre Madrid. Era domingo 15 de febrero de 1959, se aproximaban las cuatro de la tarde y una creciente multitud abarrotaba los aledaños de la Castellana. Se habían vendido las más de 90.000 entradas disponibles entonces en el Bernabéu, y entre el gentío y el ruido, los más avispados aún liquidaban las últimas butacas de reventa, que eran hasta siete veces más caras del precio inicial. Todo el mundo quiso ver aquel partido en directo, y sin embargo, fue el primer clásico que se retransmitió por televisión.

Pese a que los españoles de la capital ya habían visto por televisión cuatro encuentros, era el primero que llegaba a Barcelona, así que el impacto iba a ser inmenso. Se acababa de inaugurar el enlace en la señal entre la Ciudad Condal y el resto del país y qué mejor forma de hacerlo que con el duelo más esperado del año. La locura que se desató aquel día en la capital catalana fue tal que se agotaron las existencias de televisiones en todas las tiendas. Había entonces en España únicamente 10.000 aparatos televisivos, y cada uno costaba 30.000 pesetas, por lo que era un lujo. Sólo en Barcelona, en ese día, se vendieron 6.000 más.

Así que pese a ser domingo, las tiendas de electrónica de Las Ramblas y del Paseo de Gràcia abrieron y pusieron teles en las entradas. Sintonizaron el partido y cientos de personas se agolparon en las puertas: los más listos se escurrían hacia adelante, los niños se subían a los hombros de los padres. La ciudad enloquecía a cada acercamiento, a cada pase. Algunos bares llegaron a acuerdos disparatados con agencias de publicidad: se repartirían los gastos de la tele si les dejaban anunciarse con una pancarta dentro del recinto. Una cafetería de Molins de Rei instaló 800 sillas y se hizo de oro, y las familias más acaudaladas invitaron a tomar el té y a ver el encuentro a sus más ilustres conocidos. 

En Madrid se había advertido que quien no tuviera entrada no se acercara al campo, para evitar las aglomeraciones que se podían prever. 14.000 catalanes habían marchado en tren hacia la capital la noche anterior y ya se dejaban las gargantas dentro del estadio. El Barça llevaba siete años sin ganar una sola liga y el Real Madrid venía de campeonar en las tres primeras ediciones que se habían hecho de la Copa de Europa.

Era la jornada 22 y el Barça aventajaba en un punto al Madrid. Helenio Herrera, el legendario entrenador azulgrana, había caldeado los ánimos diciendo que ese era el partido del siglo y había presionado al colegiado del encuentro, García Fernández, recordándole que todo el mundo lo estaría viendo en directo y que debía ser ecuánime.

El Real Madrid tenía una delantera de ensueño: Puskás, Gento y Di Stéfano. El Barcelona tampoco reservaba a ninguna estrella: Kubala, Luis Suárez o Evaristo estaban en el terreno de juego. Pese a tener un equipo plagado de jugones, los culés plantearon un juego defensivo. Intentaron buscar el contraataque, atacar los espacios de un Madrid muy dominante, pero poco incisivo. Como os podéis imaginar, el que iba a ser el partido del siglo fue un aburrimiento sideral. El Madrid venció uno a cero, con un solitario gol de Herrera.

 

Como os podéis imaginar, el que iba a ser el partido del siglo fue un aburrimiento sideral

 

Las crónicas del día siguiente no tuvieron piedad. Y es que nada se digiere peor que la ilusión frustrada. Se dijo que “antes de jugarse se le llamaba el partido del siglo, después de jugarse puede ser el partido de la semana, y gracias”, para afirmar que el encuentro ya había pasado “a la pequeña historia del fútbol”. Muchos criticaron al árbitro, que por querer salvaguardar la seguridad, se pasó de quejumbroso y lo pitó todo. “Se vigilaron tanto que olvidaron que el partido que se jugaba era de fútbol”, concluía un periodista madrileño.

Parece ser que poco antes del pitido final el partido se animó un poco. El gol madridista, en el minuto 78, espabiló a los visitantes, que salieron en tromba a por el empate. Los jugadores se desordenaron, se encomendaron al caos y Di Stéfano terminó jugando de mediocentro defensivo. Según La Vanguardia, Marquitos, que era el defensa central blanco, “harto de la inutilidad de sus compañeros, cogió el balón y se fue hacia adelante”.

Los cafés se llenaron de gruñidos, las terrazas de lamentos. En los periódicos, al día siguiente, no se hablaba de otra cosa. Mucha gente se había aburrido y quería expresarlo sin reservas. Si de algo ha servido siempre el desconsuelo, ha sido para poder manifestarlo luego. Si lo hemos pasado mal, si hemos sufrido excesivamente, queremos que se enteren los demás.

El Barcelona terminó ganando aquella liga, así como la Copa del Rey. El Real Madrid, a lo suyo, se hizo con la Copa de Europa, a la que le comenzaba a pillar el gusto. Es hermoso que el primer partido que mucha gente vio por la tele fuera un rollazo calculado y matemático. Más que las decepciones y las derrotas, lo verdaderamente difícil de soportar en el fútbol siempre ha sido esto: el sopor. Pero qué tendrá este deporte que mientras nos aburrimos, nos lo pasamos tan bien.

 


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