Hasta este pasado mes de julio director de la edición española de la icónica revista GQ (una de las publicaciones generalistas en nuestros quioscos que más y mejor ha tratado en mundo del fútbol en sus páginas), Daniel Entrialgo acaba de empezar su particular partido literario. Biografía ficcionaria de uno de los mayores genios del balón de todos los tiempos, Puskas (Espasa, 2018) es su maginífico debut en el mundo de las letras, el libro que todo bigotudo debería meter en su maleta estas vacaciones.


¿Por qué Puskas?

La vida de Puskas es increíble, una novela en sí misma. Mucha gente que ha leído el libro –incluso los más futboleros– me pregunta si todo lo que cuento en sus páginas es cierto. Qué porcentaje del argumento es real y cuánto ficción. No pueden creerse que la biografía de uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos posea tantos y tan ricos elementos novelescos. Parece sacada de un guión de Hollywood (o de una serie de Netflix, por ser más actual), pero ocurrió tal y como se describe. No he necesitado inventarme nada, tan solo recrear en mi cabeza situaciones, escenarios y diálogos. Los ingredientes principales ya estaban ahí.

¿Cuándo decidiste hacer de la vida del genial futbolista magiar una novela?

Atravesaba una época de mi vida en la que me apetecía empezar –y sobre todo intentar acabar– una novela, un reto que llevaba posponiendo demasiados años. Sentí que había llegado el momento adecuado. No sabía muy bien sobre qué desarrollarla, aunque me atraía la idea de hacer algo relacionado con la historia del siglo XX. Pensé en diversos personajes de esa época: escritores, músicos, actores… hasta que de pronto me dije: “¿Y por qué no un futbolista?”. Fue como un chispazo. Me vino a la cabeza una serie de documentales de TV sobre figuras históricas del balompié que produjo Canal + –junto a Elías Querejeta– a finales de los años noventa. El partido del siglo se llamaba. Recuerdo que solía verlos en mi época de estudiante, cuando iba a la universidad. No sé por qué pero el capítulo dedicado a Puskas se me quedó grabado en la memoria. Aparecía en pantalla un señor muy mayor, con unas gafas enormes, llorando como un niño y declarando su amor incondicional al fútbol. Me tocó la fibra sensible. Yo sabía quién era Puskas, obvio, pero no conocía el alcance de sus pasos en toda su extensión. Decidí investigar más y más sobre aquel tipo entrañable y bonachón. Y así empezó todo.

¿Tenías alguna novela similar como referente o influencia cuando te pusiste a escribir Puskas?

Hay una novela corta de Jean Echenoz llamada Correr (editorial Anagrama), sobre la vida del atleta checo Emil Zatópek que me fascina. Echenoz elige a alguien real y lo transforma en un personaje de ficción para retratar su tiempo y la condición humana. Creo que es un género que funciona muy bien, a caballo entre la novela histórica, el ensayo y la biografía (una especie de non-fiction novel, como se denomina en el mundo anglosajón). Es una fórmula que luego Echenoz ha repetido con figuras tan dispares como el físico Nikola Tesla o el compositor Maurice Ravel (el del El Bolero de Ravel). Ojalá Puskas se pueda parecer un poco a estos títulos de Echenoz. Me encantaría.

Como comentabas en una entrevista para el diaro As, uno de los aspectos más fascinantes de Puskas es que a través de su figura se pueden explicar la mayoría de los capítulos más importantes del siglo XX.

Puskas debutó en Primera División en plena Segunda Guerra Mundial, soportó como un civil más el brutal cerco a Budapest, que enfrentó al ejército rojo y a los nazis húngaros de la Cruz Flechada; vivió el ascenso del sistema comunista en su país, convirtiéndose él mismo en un arma de propaganda de la Guerra Fría; padeció en primera persona la Revolución húngara del 56, la primera grieta ideológica del hermético aparato soviético; tuvo que exiliarse al otro lado de El Telón de Acero, se le prohibió jugar al fútbol y renació en una segunda vida regalada con el Real Madrid en una España franquista que luchaba por salir del aislacionismo. Todo esto sin dejar de ser al mismo tiempo el mejor jugador del mundo, viajando sin parar por todo el planeta y coincidiendo constantemente –como en la peli Forrest Gump– con nombres y acontecimientos vitales de su tiempo. Para mí, Puskás es un icono del siglo XX, como lo fue Picasso, el Che Guevara o Muhammad Alí, por poner tres ejemplos.

¿Frente al futbolista, más o menos conocido por muchos, el objetivo de la novela era descubrir la persona?

El fútbol no es un compartimento estanco de la vida. Es una actividad humana más –como el arte, la ciencia o la gastronomía– y, por lo tanto, está vinculada inevitablemente con los movimientos y corrientes culturales, políticos y sociológicos de su tiempo y espacio. Es curioso. Cuando empecé a mandar el manuscrito a diversas editoriales, su título primigenio era Puskas: una road movie. Mi idea original era precisamente ésa: viajar en una road-movie por la memoria del siglo XX –a través de los ojos de Puskas– para narrar, en tres planos entrelazados, la vida del futbolista húngaro, el agitado tiempo que le tocó en suerte y la evolución del fútbol desde sus comienzos amateurs –y algo románticos– hasta el gran negocio global y ultra profesionalizado que es hoy en día. Por eso, a lo largo de la novela, aparecen personajes históricos tan dispares como Bela Lugosi, Jean-Paul Sartre, Pelé, Nasser, Di Stéfano, Joao Gilberto, Kubala, Orson Welles, Domenico Modugno, Helenio Herrera, Raphael, Johan Cruyff o los Beatles. Cine, literatura, música, política, filosofía… Para mí, como para Puskás (y creo que también para vuestra revista), fútbol y vida son dos espacios imposibles de separar.

¿Cuál es tu capítulo favorito en la vida de Puskás?

Mi momento favorito es su llegada a Madrid en el verano de 1958, hace ahora justo 60 años. Es un hombre acabado, gordo, oxidado, deprimido, viejo para el fútbol… Lleva casi dos años sin jugar, sancionado; en su país le han declarado desertor del ejército y traidor a la patria. Nadie confía ya en él. Sólo el presidente Bernabéu. Y Puskás renace y triunfa reinventándose como futbolista y como persona. Es casi como un western clásico, cuando el héroe protagonista recibe una paliza que le pone al borde del fracaso, se recupera de sus heridas en la soledad y regresa triunfante al duelo final. Por eso, aunque la novela sigue un ritmo cronológico, decidí empezarla con un pequeño prólogo que sucede justo en ese momento: verano, Madrid, 1958. Hay como dos vidas en Puskás. La de antes del Madrid y la de después. Sin embargo, para mí, el capítulo más emocionante es cuando al fin puede regresar a Hungría en 1981, después de 25 años sin pisar suelo magiar. Hay que ponerse en sus zapatos. ¡25 años sin poder volver a tu país! Ni siquiera pudo asistir al entierro de su madre o despedirse de Bozsik, su gran amigo y compañero. Es una historia de película, con esos finales emocionantes y emocionales tan de Hollywood. Al escribirla, casi podía escuchar de fondo la típica banda sonora que pone los ojos vidriosos a toda la sala de cine.

Como futbolista, ya desde pequeño estaba predestinado a ser un genio, ¿verdad?

Siempre fue el mejor. El mejor de su pandilla, de su barrio, del equipo juvenil, de su club, de la primera división húngara, de la selección de Hungría… Era un líder nato, el capitán del barco, el tipo al que todos miran cuando la tormenta se acerca. Tenía un talento natural, pero él lo desarrolló y perfeccionó de niño entrenando hasta el extremo sus habilidades técnicas. Ponía el balón con la zurda donde le daba la gana, casi como un lanzador de cuchillos de circo. La pelota le obedecía. Su talón de Aquiles fue siempre su condición física. Tenía tendencia a engordar. Sin embargo, todo lo compensaba con sus goles. Jamás dejó de marcar y marcar. Uno de los mejores goleadores de la historia según las estadísticas, sino el mejor. Como decía Puskás a su familia: “No os preocupéis, mientras siga marcando goles, todo irá bien”.

Puskas también fue uno de los pilares de la gran selección húngara de inicios de los 50. Una selección que era la clara favortita para ganar el Mundial del 54 pero acaba perdiendo con Alemania 3-2 (partido que, por sí solo ya daría para una novela). Aquella derrota sumió literalmente a Hungría en la peor de las depresiones.

Es muy difícil de entender hoy en día la diferencia abismal que existía entonces entre aquella Hungría de los 50 y el resto de equipos del planeta. La Alemania actual ha ganado cuatro mundiales, es una súper potencia, pero en el 54 era claramente inferior a Hungría. El Equipo de Oro, como se les llamaba entonces a Puskás y compañía (Grosics, Lorant, Bozsik, Budai, Kocsis, Czibor, Hidegkuti…) no había perdido ni un solo partido en cuatro años. Humillaba a sus rivales con un fútbol revolucionario, bellísimo y adelantado a su tiempo. Pero tuvieron un mal día y una pésima mala suerte justo en el peor momento posible: el día de la gran final. Puskás jugó medio lesionado, llovió mucho y el campo se embarró, los famoso postes cuadrados del estadio Wankdorf de Berna (los mismos que perjudicarían siete años después al Barça de Kocsis y Kubala) escupieron balones que iban dentro, les anularon un gol muy dudoso por fuera de juego en el último minuto… El partido puede verse casi íntegro en YouTube y es una locura. De 100 veces, deberían haber ganado 99. Fue una derrota que les persiguió de por vida, jamás consiguieron olvidarla. Hungría, que hasta entonces había sido una de las mejores selecciones de los Mundiales, nunca jamás volvió a levantar cabeza. Fue una derrota moral y sentimental de todo un país entero.

De ese clima deriva la posterior revolución del 56, momento clave en el devenir de Puskás. ¿Cómo fue su llegada al Madrid?

La intrahistoria de cómo Puskas abandona Hungría en el 56 es bastante compleja e imposible de resumir en unas pocas líneas. Habitualmente se lee por internet que a Puskas la Revolución le pilló fuera de su país, preparando un partido de Copa de Europa del Honved frente al Athletic de Bilbao. Pero eso es completamente falso. Él estaba en Tata, a unos 70 km de Budapest, en unos campos de entrenamiento que la federación magiar tenía para la selección. Las noticias que llegaban desde la capital eran muy confusas. Saqueos, disturbios, manifestaciones, represión por parte del ejército ruso… Había toque de queda por las noches y, por la mañana, aparecían agentes de la AVH, la odiada policía secreta, colgando de las farolas. La gente se tomaba la justicia por su mano, era muy peligroso salir a la calle a por comida. Imagínate, el ABC de Madrid llega a publicar esos días una crónica en la que se informa de que Puskas ha muerto combatiendo en las barricadas de Budapest, una noticia que no es desmentida hasta varias fechas después. Ante este clima de violencia, es normal que muchos aprovecharan el vacío de poder (se habla de decenas y decenas de miles) para escapar del país. Toda la plantilla del Honved cruza la frontera húngara hacia Viena en la madrugada del 31 de octubre al 1 de noviembre de 1956. Casi todos regresarían unos meses después, pero Puskás no volvería a pisar su país en 25 años. Fue sancionado por la UEFA y se le prohibió jugar o entrenarse durante 18 meses. Engordó y se deprimió en Bordighera, un enclave costero de la Riviera italiana. Tenía 31 años y unos 18 kilos de sobrepeso. Y entonces, inopinadamente, Santiago Bernabéu decide ficharle para el Real Madrid tres veces campeón de Europa en contra de la opinión de todos sus directivos y de la prensa nacional, que se mofaba del aspecto físico de Puskás. Pero él conseguiría adelgazar todos esos kilos que le sobraban en tan solo tres semanas. En su debut en Liga, contra el Sporting de Gijón, marcó tres goles y Chamartín entero le dio su bendición. Ya no dejaría el club hasta 1966, ganado tres Copas de Europa vestido de blanco. Es una historia maravillosa, el típico arquetipo de auge y caída. Casi demasiado bonita para ser verdad. Pero fue así como pasó.

Cuando llegó a Madrid, con Di Stéfano como estrella, se reinventó, aceptando e interpretando a la perfección el rol de segundo de abordo.

Hay una anécdota que lo dice todo. Mientras compitió en Hungría, Puskás fue el gran capitán de la selección y de su club y saltaba al campo el primero, orgulloso, liderando la fila con ese peinado engominado hacia atrás que jamás abandonaría. Con el Real Madrid, sin embargo, comenzó a salir el último, sin querer llamar demasiado la atención. La vida le estaba regalando una segunda oportunidad y él no iba a desperdiciarla. Puskás tenía muchas cualidades y una de ellas era su simpatía y carisma. Caía bien a todo el mundo. Incluido a Di Stéfano, lo cual tiene un enorme mérito, ya que don Alfredo tenía fama de ser bastante hosco con los nuevos. Fue el astro argentino quien le puso el apodo de Pancho y quien le dio el plácet dentro del vestuario. “Con este bamboche (gordito en lunfardo) nos hartamos a meter goles”, dijo el primer día que lo vio jugar. Ambos conectaron por alguna extraña razón y surgió la magia. Puskás pasó en un chasquido de dedos de estar casi jubilado a jugar en el mejor equipo del momento y tuvo que adaptarse –como un animal prehistórico en extinción– a los nuevos tiempos. Hay dos Puskás en una sola vida. Y los dos son fantásticos, tanto como deportistas, como personajes de novela.

La Hungría socialista en la que en sus primeros años se le llegó a considerar un héroe, luego la España franquista… ¿Se sabe del posicionamiento político de Puskás?

Hace algunos años, cuando se desclasificaron los archivos de la policía secreta húngara (la AVH), se encontraron diversos dossiers sobre Puskás. En uno de ellos, se conservaba una cartulina original con letra de bolígrafo apretada; era un informe de su expediente militar, escrito por uno de sus superiores a principios de los años 50 y decía así: “No le interesa nada excepto el deporte. Es reservado y nunca opina sobre política. No presta atención a las normas del ejército. Es arrogante y puede llegar a utilizar malos modos con sus superiores”. Puskás fue un niño mimado del sistema socialista, se aprovechó en cierto modo de los pequeños privilegios que le concedieron, pero a partir del año 54 –tras el fracaso del Mundial– se convirtió en un apestado y aquello le marcó. Creó que se desengañó muy pronto de los vaivenes de la política. Hoy arriba, mañana abajo. Se sintió utilizado a un lado y al otro del Telón de Acero, pero él nunca se dejó domar del todo. Creo que su única regla en la vida fue el carpe diem: el fútbol, la amistad, la comida y el goce de vivir. No quiero hacer un spoiler, pero creo que en la última página de la novela un Puskás ya anciano hace una auténtica declaración de intenciones sobre su auténtica ideología de vida. Ahí está todo resumido.

¿Cómo fue el proceso de escritura de la novela?

La he disfrutado mucho y la he sufrido mucho también. Entre el periodo de documentación y de escritura me llevó casi dos años terminarla. Y otro más en conseguir publicarla. El mundo editorial no es fácil y me hicieron alguna que otra jugarreta. Acabé agotado. En cualquier caso, fue un viaje (una road-movie, como decía antes) realmente apasionante. Descubrí a la persona por encima del personaje. Leí mucho e investigué mucho sobre Puskás y jamás encontré a nadie que hablara mal de él. Creo que fue un tipo impresionante, en lo personal y en lo futbolístico. Todos los que le conocieron, esbozan una sonrisa cómplice al recordarlo. Alguien inolvidable. Simpático, valiente y tierno al mismo tiempo. Una leyenda con mayúsculas.

¿En nuestro país aún nos queda un largo camino por recorrer en literatura deportiva?

Los prejuicios, siempre los prejuicios. A mí no me gustan nada los toros, pero creo que la serie Juncal de los años 80, con Paco Rabal, era una puñetera obra maestra. Y qué decir de Belmonte, de Chaves Nogales, cualquier estudiante de periodismo debería leerla al menos dos o tres veces. Yo no entiendo nada de béisbol tampoco, pero películas como El mejor o Campo de sueños consiguen emocionarme. Una de las mayores alegrías que me han ocurrido con Puskas es que hay gente que me dice: “No me interesa nada el fútbol, pero empecé a leerla y me enganchó”. Es lo que hablábamos antes. Nada de lo humano me es ajeno. Y el fútbol, como el deporte, es humano. Demasiado humano, incluso, que diría Nietzsche.

¿Sobre qué otro futbolista escribirías una novela?

Yo no, pero me encantaría que mi amigo Montero Glez hiciera algo parecido a lo que hizo con su novela Pistola y cuchillo –sobre Camarón de la Isla– con el Mágico González. Creo que es el tipo perfecto para escribir de aquel Cádiz inolvidable. Otro futbolista que sospecho que tiene una buena historia detrás es Ben Barek, a quien el Atlético de Madrid debería hacer más justicia. Se habla poco de aquel Aleti brutal de los años cuarenta, con Juncosa, Pérez-Paya, Carlsson y Escudero. Si alguien se anima… ahí lo dejo.

¿Qué otros libros futboleros nos recomendarías leer este verano?

Hace apenas un mes he terminado dos fabulosos. Uno es Fútbol y poder en la URSS de Stalin, de M.A, Curletto (Altamarea), un ensayo muy breve pero interesante sobre los orígenes del Spartak de Moscú y el balompié soviético en general. El otro es Todo lo que ganamos cuando lo perdimos todo (Plaza&Janes), de Eduardo Verdú, una novela sobre Lutz Eigendorf, la estrella de la RDA que en los años 70 huyó a la Alemania federal para jugar en el Kaiserslautern y que acabó siendo asesinado por la Stasi. Me ha impresionado su lectura porque sin conocer de nada a su autor ni la novela (publicada unos meses antes que Puskas) me he sentido muy identificado con el proceso de documentación y creación que siguió para construir su relato. Como os decía antes… Todo está conectado.