Este texto está extraído del #Panenka79, un número que todavía puedes conseguir aquí.


 

El mayor éxito del reinado de 22 años de Arsène Wenger en el Arsenal fue sin duda la temporada de los Invencibles (2003-04). Ganar la Premier League acabando imbatido era algo que nunca antes se había conseguido y que no se ha repetido desde entonces: sobrevivir a los rigores de una temporada entera en la liga inglesa sin sufrir una derrota en 38 encuentros es algo extraordinario.

El Arsenal fue simplemente imparable aquel año, mezclando potencia con belleza, pues su formación, que incluía a jugadores de talla mundial, demostraba un espíritu y una unidad impresionantes mientras, a la vez, practicaba un fútbol que está entre los mejores que jamás se han visto en Inglaterra.

Cuando Pep Guardiola lideró al Manchester City hacia el título de la Premier League en la temporada 17-18, su equipo fue señalado por muchos como el mejor de siempre -y eso que sufrieron dos derrotas en su camino a los 100 puntos, una marca que los dejó con 19 puntos por encima de su más directo perseguidor-. Aunque el Arsenal ganó 26 y empató 12 de sus 38 partidos y acumuló 90 puntos (diez menos que el City en 2018), la naturaleza única del éxito del equipo de Arsène Wenger en 2004 es la razón por la que su triunfo sobresale por encima de los de otros campeones.

 

“No es arrogancia, pero nos sentíamos tan fuertes y tan seguros de nosotros mismos que nos decíamos los unos a los otros: ‘ahora mismo, somos prácticamente invencibles'”

 

Y, en el corazón de la histórica temporada del Arsenal, se erige precisamente el entrenador francés como su gran líder. El alsaciano es el técnico más exitoso de la historia del club, habiendo cosechado dos Doubles -dobletes, en Inglaterra, liga y FA Cup en la misma temporada-, en una era dorada para el club.

Pero lo que realmente inspiraba a Wenger en su labor era poder dejar un legado, una marca eterna en el fútbol inglés, un pedazo de historia que nunca pudiera ser superado. Fue ese deseo lo que guió al entrenador durante la campaña 2003-04. Y ese pedazo de historia permanece intacto: 15 años después, todavía estamos hablando de ese extraordinario éxito. Muchos otros títulos y trofeos se pueden olvidar, pero los Invencibles siguen siendo tan únicos como lo fueron en su momento.

Pero, si eso es lo que inspiró al técnico, ¿cómo lo hizo para inspirar a sus jugadores? La respuesta es bastante sencilla: les puso un reto. Wenger dio a sus futbolistas un objetivo que, sabiendo que había construido un vestuario formidable, de líderes y grandes personalidades, los jugadores verían imposible no perseguir y alcanzar. El excentrocampista Gilberto Silva recuerda bien cómo el entrenador plantó las semillas de una idea ambiciosa la temporada anterior. “Había una presión sana que el entrenador creó y puso en los jugadores”, dice el brasileño. “Después de perder [la liga] la temporada anterior, con muchos puntos de diferencia respecto al Manchester United, entramos en la nueva temporada con más determinación. Sabíamos que podíamos haber ganado. Fue una gran decepción para todos nosotros”, añade. “Los jugadores eran ganadores, querían ganar cosas, estaban ahí para hacer su trabajo. Empezamos muy poco a poco y, a medida que la campaña avanzaba, partido a partido, nos volvimos muy fuertes. Después de diez partidos sin perder, miramos en el interior de nosotros mismos y nos dijimos: ‘Es genial, nos sentimos bien, podemos seguir así'”, explica el medio, que añade: “Nos pusimos presión, seguimos trabajando duro y la mentalidad ganadora marcó una gran diferencia, porque estábamos ahí para hacer todo lo que pudiéramos para llevarnos los partidos. Y si no podíamos lograrlo, se había vuelto importante para nosotros no perder”.

Fortaleza mental

El fútbol inglés vio a Wenger como un visionario: su atención por la dieta, los entrenamientos y los estiramientos fue vista como revolucionaria cuando asumió el cargo en el Arsenal, en 1996, aunque el resto de Europa iba ciertamente más adelantada por aquel entonces. El técnico también creía mucho en la fuerza mental, llegando incluso a usar los servicios de un psicólogo antes que muchos otros clubes. En ese sentido, confiaba profundamente en David Elliott, quien, por cierto, recibió una invitación para estar en el Emirates en el último partido de Wenger con el Arsenal, y todavía mantiene el contacto con varios exfutbolistas.

Su ideal común era el de desafiar y empujar a los jugadores. De hecho, fue un curso antes, en el 2002-03, con el equipo como defensor del título, cuando se puso por primera vez sobre la mesa el desafío de los Invencibles. Algunos de los más veteranos, Martin Keown, entre ellos, pensaron que aquello los había perjudicado en gran medida. Keown creía que se había puesto demasiada presión sobre los futbolistas. No andaba desencaminado. El Arsenal sufrió su primera derrota, contra el Everton, en octubre de 2002 y, de hecho, perdió sus siguientes tres encuentros (dos de ellos en la Champions League), con lo que la decepción por haber perdido el objetivo tuvo un enorme efecto negativo.

En el verano de 2003, Wenger añadió solo una pieza a su plantilla, trayendo a Jens Lehmann como nuevo número ‘1’. Lehmann tenía un carácter vociferante, era otro líder. Ahora el Arsenal contaba con una unidad realmente fuerte. Lauren, centrocampista convertido a lateral derecho; Sol Campbell y Kolo Touré ejerciendo como rocas en el centro de la defensa; el canterano Ashley Cole; Gilberto Silva y Patrick Vieira en el centro del campo; Freddie Ljungberg, Ray Parlour y Robert Pirès abiertos con Thierry Henry, Dennis Bergkamp y Sylvain Wiltord arriba.

Era una combinación de futbolistas impresionantes y la confianza fue creciendo a medida que la temporada avanzaba. Pirès lo explica así: “No era cuestión de si íbamos a ganar los partidos. Era cuestión de ver por cuánto íbamos a vencer. No es arrogancia, pero nos sentíamos tan fuertes y tan seguros de nosotros mismos que nos decíamos los unos a los otros: ‘ahora mismo, somos prácticamente invencibles’. Los Invencibles. Es bonito. Grandes momentos y una gran era”. También valora el juego del equipo: “Depende de qué tipo de fútbol le guste a la gente. Si es aburrido pero el equipo gana, los aficionados dirán, ‘hemos ganado’. Pero si juegas un fútbol bello y ganas, es mucho mejor”.

 

Wenger creía mucho en la fuerza mental. Su ideal era el de desafiar a los jugadores y empujarlos hacia el objetivo

 

El liderazgo silencioso y subestimado de Wenger fue la clave para su éxito. Construyó un equipo de jugadores fantásticos a los que permitió que se expresaran, dándoles la confianza de usar su talento. También sabía que había los suficientes líderes sobre el terreno de juego para guiar al equipo a la gloria. “El vestuario es un lugar muy distinto con Wenger”, dice Lauren. “En los descansos sabía exactamente lo que estaba ocurriendo. No se enfrentaba a los jugadores ni perdía los nervios. No lo necesitaba”, continúa. “Solía pedir calma a sus jugadores, mientras su cerebro se ponía a trabajar. Entonces nos pedía un movimiento en particular, una acción más precisa o que nos fijáramos en una debilidad del oponente”. Al exlateral le fascinaba cómo actuaba Wenger cuando el equipo iba perdiendo un partido al descanso. “En vez de gritar, dejaba que te calmaras. Y luego hablaba. Iba directo a los puntos clave. Veía las brechas en el oponente: ‘Debes hacer esto, aquello, moverte así y te saldrá bien’. Volvíamos al campo y pasaba exactamente lo que nos había dicho”.

Hubo altos y bajos en aquella temporada. Pero quizá la semana más exigente de todas tuvo lugar en el mes abril, cuando el Arsenal perdió una semifinal de FACup ante el Manchester United, vio cómo tres días después el Chelsea lo echaba de la Champions League en cuartos de final y se encontró perdiendo en casa contra el Liverpool en la Premier el Viernes Santo.

Aquel momento fue, sin embargo, cuando el Arsenal le recordó al mundo su espíritu y su calidad. El equipo aplastó al Liverpool, Henry marcó dos veces en la segunda parte para completar un hat-trick y Pirès también vio puerta, con el equipo levantando un 1-2 para imponerse 4-2. La fortaleza mental de aquel grupo había sido probada: su temporada había estado al borde del derrumbe y aun así habían respondido de un modo magnífico. Eso es lo que marcó la diferencia, lo que hizo que su campaña fuera única, aquello por lo que Wenger había luchado.

Un éxito que nunca debería ser ignorado ni olvidado: el Arsenal fue un equipo Invencible aquella temporada y su hazaña se mantiene imbatida.

 


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Fotografía de Cordon Press.