Hay emperadores y emperadores. Algunos quedan para el recuerdo por ser eternos, por ser honrados, por ser leales. Son de esos que se despiden de los suyos cuando saben que el último aliento que tenían dentro de sí ya lo sacaron y que llegó el momento de decir adiós. Son de esos tipos que uno siempre querría a su lado y no en el opuesto. Después, al otro lado de la balanza están los otros, los incomprendidos. Esos que no atienden a razones de lógica ni de sentido común y que nos dejan con una pregunta: ¿Qué podría haber sido de ti, emperador? Los hay algunos como Francesco Totti, el claro ejemplo de los primeros, o los hay otros como Adriano Leite, la viva imagen de los segundos.

La historia del brasileño es una de esas que conmueven. Se crió en Vila Cruzeiro, una de las favelas más peligrosas del planeta, y ahí empezó a destacar ya con el balón. Su primer equipo era el Hang FC, creado por su padre. El Flamengo se lo llevó raudo hacia sus categorías inferiores. A partir de ahí, todo fue muy rápido. Con 18 años ya había debutado en el primer equipo y con la selección absoluta. Al año siguiente, en 2001, recibió la llamada que cambiaría su vida. El Inter de Milán lo fichó por siete millones de euros, cuando aún se podía soñar con fichar a una futura estrella por menos de diez ‘kilos’ y no tener que mover cielo y tierra para conseguir los 100 millones que valen, o dicen valer, las jóvenes promesas en la actualidad. Su carta de presentación vestido de nerazzurro fue un golazo de falta ante el Real Madrid en el Trofeo Bernabéu. Entró al césped a falta de cinco minutos para el final y en el tiempo de descuento, con 1-1 en el marcador, envió el balón a la escuadra de Iker Casillas y cambió las expectativas que el Inter tenía puestas en él.

 

La muerte de su padre en 2004 fue un punto de inflexión en su carrera, nunca más veríamos al Adriano que conocimos

 

Mediada su primera temporada en el calcio, después de que Héctor Cúper le concediera pocos minutos, salió cedido medio curso a la Fiorentina. Con la viola marcó seis tantos en 15 partidos y el próximo curso volvió a irse cedido al Parma. En su año y medio en el conjunto de la Emilia-Romaña dejó claro que iba para crack, que su sitio estaba en un club grande. Sus 28 goles en su estancia en el Parma fueron el motivo para que en enero de 2004 el Inter lo trajera definitivamente al Giuseppe Meazza. Se convirtió en el hombre del momento en el fútbol italiano, el que aglutinaba a las estrellas de principios del siglo XXI, y también del fútbol europeo. En él se veía al heredero de Ronaldo al frente del Inter y de la selección de Brasil. Era el tipo de los trallazos descomunales, era la fuerza, la potencia y la velocidad y eran goles, goles y más goles. Todo el mundo lo quería en su equipo, todos nos pillábamos el Inter en el PES 6 —él salía en la portada— por su culpa y por la de Zlatan Ibrahimovic, porque esa delantera era puro espectáculo. Pudo haber arrasado con todo y marcar una época. Pero, de repente, se apagó.

No sé qué tienen los futbolistas brasileños que parecen acabar siempre de la misma manera. Como si de una rueda cíclica se tratase. Con muchos de ellos podremos disfrutar tres o cuatro cursos tirando a lo largo. Llega un momento, a saber porqué, en el que les da por decir basta. Siempre es en el mismo punto, justo cuando están en la cúspide de sus carreras. Cuando dominan el mundo, cuando todos están a sus pies. Es ahí, justo ahí, cuando cogen la puerta, la cierran por fuera y no suelen ni decir adiós, se esfuman como el humo de un cigarrillo. Da igual lo que fueron y tampoco importa lo que podrían haber sido. Tienen la extraña manía de acabar todos igual. Por ejemplo, Rivaldo se acabó después de conquistar el Mundial en Corea y Japón; le pasó a Ronaldinho tras ganar la Champions League en 2006; Kaká emuló a su excompañero haciendo exactamente lo mismo al año siguiente y Adriano no fue la excepción. De hecho, fue uno de los que mejor expusieron este continuo problema que persigue a los brasileños.

En el caso de Adriano, la muerte de su padre en 2004 fue un punto de inflexión en su carrera. Llegó la segunda llamada que dio un vuelco a su vida. Esta vez no era para llevarse una alegría como cuando le dijeron que ficharía por el Inter. Esta vez significaba que nunca más veríamos al Adriano que conocimos. “Tenía un padre que le vigilaba mucho y le mantenía a raya. Sin embargo, a comienzos de temporada, ocurrió algo inimaginable. Recibió una llamada de Brasil y le dijeron que su padre había muerto, es algo que te puede cambiar para siempre. Le vi llorar, tiró el teléfono y comenzó a gritar que no era posible. Después de ese día, Moratti y yo decidimos acogerle como un hermano y protegerle”, explicó su excompañero y capitán Javier Zanetti. Poco a poco se fue apagando la luz del Emperador. El alcohol, las fiestas y unas compañías poco recomendables fueron las vías de escape que encontró para evadirse de lo que le rodeaba y entró en una depresión que le acompañó al ocaso de su carrera.

Hasta la temporada 2007/08 se le siguió viendo entonado sobre el césped, aunque a partir de ese curso el declive avanzó a pasos agigantados. Desaparecieron sus misiles, sus regates ya no eran tan eléctricos y su potencia se difuminó. Hasta el mes de diciembre solo jugó cuatro partidos y en el mercado de invierno salió cedido al Sao Paulo porque decía sentirse triste en Milán. En Brasil, cerca de los suyos, volvieron los goles durante el medio curso que estuvo ahí. Parecía que Adriano estaba de vuelta pero fue un espejismo. Al volver al Inter en el verano de 2008 su rendimiento volvió a caer en picado en Italia. Se ausentaba de los entrenamientos, llegaba borracho y desaparecía del mapa para quedarse en la favela de Vila Cruzeiro, el único lugar donde, según su expareja, seguía sintiéndose el mismo Emperador que en su día lo fue también en los estadios del calcio.

Después regresó a su club de origen, el Flamengo. Sus goles catapultaron al ‘Fla’ para conseguir el Campeonato Brasileño, pero en el segundo curso su rendimiento bajó de nuevo. Cogió el avión rumbo a Italia para jugar en la Roma y ahí acabaron definitivamente sus días como futbolista. Pasó por Corinthians y Atlético Paranaense, pero su pésimo estado de forma no dio opción a la ilusión de poder disfrutar del Emperador nunca más. Perdimos la pista de su figura durante unos años hasta que en 2016 el Miami United le recuperó para ser jugador franquicia del club. La jugada les salió rana a los directivos del club estadounidense y Adriano apenas llegó a vestir esa camiseta en un partido oficial y otro amistoso. Un triste final para el brasileño que pudo haber sido Emperador de Italia, pero que una vida marcada por las desgracias y nefastas decisiones le llevó a ser únicamente el Emperador de Vila Cruzeiro.