Imagínate esto: el preparador físico de un club grande entra a una comisaría para arreglar el problema de un jugador de su equipo al que le han incautado el coche y, de pasada, le hace una oferta al comisario, ofreciéndole el puesto de asistente de preparación física, que este acepta.

Eso fue exactamente lo que pasó en una mañana de abril de 1974, en la comisaría de la Praça Tiradentes, en el centro de Río de Janeiro. El hombre que se dirigió a la estación de policía era Hélio Vigio, preparador físico del Vasco da Gama, uno de los grandes de Río de Janeiro, y estaba allí para solucionar un contratiempo del portero argentino Edgar Andrada. Cuando llegó, Vigio se cruzó con el comisario, Antônio Lopes, que por casualidad era un viejo conocido -había sido su compañero en un curso para inspector de policía diez años atrás-. El preparador no se lo pensó demasiado y le hizo la propuesta:

-Mira Lopes, sé que estás formado en Educación Física. Mi asistente se ha ido. ¿No quieres ser mi ayudante en el Vasco?

Para su sorpresa, el comisario no dudó:

-¡Por supuesto!

Lopes era de una de esas personas que siguen un camino profesional que les puede proporcionar seguridad financiera, pero que, pese al éxito en la opción elegida, no dejan que la llama de lo que aman de verdad se apague. Quizás eso habría podido ser su trabajo, pero como la vida los ha llevado apor caminos diferentes, se resignan a alimentar su pasión en sus ratos libres. Como una afición.

La pasión de Antônio Lopes era el fútbol.

Nacido en 1941, desde niño jugaba con sus nueve hermanos por las calles de Santo Cristo, barrio de la región portuaria de Río de Janeiro. Llegó a las inferiores del Olaria, pequeño club de la ciudad. No tuvo demasiado éxito, así que eligió concentrarse en los estudios. Deseaba cursar Educación Física, pero su padre, João Lopes, no lo aceptaba: quería que Antônio estudiase odontología. Su hijo, sin embargo, no se dio por vencido.

Corría el año de 1963. El dinero era escaso en la casa de los Lopes. Así que mientras estudiaba por la mañana, el joven Antônio trabajaba con su hermano Juvenal, que vendía productos de pintura, por la tarde. Por la noche jugaba en un modesto equipo de la segunda división carioca, el Facit, más por pasarlo bien que por otra cosa. Un día salió a vender sus aparatos por la ciudad. Cuando llegó a la casa de un cliente en la calle Joaquim Palhares, el joven universitario vio una aglomeración y se quedó intrigado. Se asomó y descubrió que se trataba de la escuela de la policía. Había informaciones sobre los exámenes para acceder a la institución, que ofrecía cursos preparatorios. Uno era para ser comisario, que él en seguida descartó, pues hacía falta tener el diploma de Derecho. Pero había dos más: para investigador y para oficinista, que solo exigían el título de bachillerato. Lopes se animó. Era mejor eso que trabajar vendiendo tintas por la ciudad. “Harás el curso para oficinista, porque es un trabajo interno. El inspector trabaja en la calle, no quiero que entres en las favelas, acabarías muerto”, le advirtió su padre. Pero Antônio, otra vez, no obedeció las órdenes de su progenitor. “Al final, solo cuando me formé como inspector él supo el curso que hice”, reconoce sonriente en una entrevista a TV Brasil. “Hice todo el curso de inspector en 1963. No cobraba nada y tenía que aprobarlo. Hacía todo al mismo tiempo. Por la mañana tenía la licenciatura en Educación Física, por la tarde trabajaba y por la noche hacía el curso. Llegaba a casa a la medianoche y dormía muy poco. A principios de 1964 me nombraron inspector y me licencié como profesor de Educación Física a finales del mismo año, dejando el trabajo que tenía con mi hermano”.

Mientras investigaba crímenes por las calles cariocas, Antônio Lopes decidió fomentar su pasión por el fútbol, ya que no pudo seguir su carrera como jugador: se matriculó en un curso de entrenadores en la Universidade Federal de Río de Janeiro, en 1965. Inquieto, quería progresar también en la policía y empezó otro curso en el mismo año. “No quería morir como inspector, quería ser comisario”, explica. “Pero para ser comisario hacía falta haber hecho la carrera de Derecho. Así que hice los exámenes de acceso a la universidad”.

En 1971, con el diploma de Derecho en las manos, aprobó el examen para ser comisario de policía. En 1974, con 33 años, estaba en su auge como profesional. Tenía dos títulos universitarios y llevaba tres años como el jefe de la comisaría de la Praça Tirandentes en el centro de Río de Janeiro, con un muy buen salario. El fútbol era una afición; los crímenes, su trabajo. Hasta que apareció Hélio Vigio y le hizo su alocada propuesta. Lopes hizo caso a su corazón.

 

Sus compañeros de trabajo no lo sabían, pero en esa mañana de abril de 1974, su amigo comisario daba el primer paso en un camino que lo convertiría en uno de los entrenadores más importantes de la historia de Brasil

 

Estuvo dos años como ayudante de Vigio. En 1976 se convirtió en segundo entrenador y en 1979 fue invitado para formar parte del cuerpo técnico de la selección brasileña de fútbol en los Juegos Panamericanos de Puerto Rico. Cuando volvió del Caribe, sin embargo, Lopes se encontró en una situación complicada. El Vasco da Gama vivía una crisis y el presidente decidió cesar a todo el cuerpo técnico. Pero apenas tuvo tiempo libre, ya que algunos meses después recibió una llamada de Carlos Imperial, director deportivo del Olaria -aquel humilde club donde había jugado cuando era un niño-, esta vez para ser el entrenador principal. Ahí empezaba el trayecto como técnico de Antônio Lopes, que ha acabado siendo conocido como ‘O Delegado’, el comisario. A lo largo de su carrera, de hecho, no era inusual que intentara detener a algún que otro árbitro a la salida del césped. En su primer año en el Olaria, Lopes ganó la segunda división carioca. En sus meses iniciales en el club, recibió un refuerzo: un tal Vanderlei Luxemburgo. Lesionado, sin embargo, el lateral izquierdo no podía seguir su carrera como jugador y, con 28 años, decidió retirarse. En seguida preguntó a Lopes si podía ser su asistente, pues quería ser entrenador en el futuro. El excomisario lo aceptó. Tras una buena campaña en el Olaria, se fueron en 1981 al América, un equipo más importante de Río, pero no uno de los grandes. Los caminos de Luxemburgo y Lopes se separarían. Pero en el mismo año Antônio recibiría una llamada del portugués Antônio Soares Calçada, entonces director deportivo del Vasco da Gama, que se convertiría en presidente del club entre 1983 y 2000. El ‘Delegado’ había llegado a la élite como entrenador.

Lopes ganaría su primer título al mando de un grande en 1982. Un Campeonato Carioca en un épico Vasco-Flamengo (1-0). No se trataba de un adversario cualquiera: el Flamengo de Leandro, Júnior y Zico había ganado la Copa Libertadores y el Mundial de Clubes en 1981 y ganaría la liga brasileña en 1982. Después de dos años en el Vasco, Lopes recibiría una oferta de la selección de Kuwait y se marcharía al Oriente Medio para vivir su primera experiencia en el extranjero. En 1985 volvería al Vasco y en seguida pasaría por el Fluminense, el Flamengo, la selección de Costa de Marfil, el Sport de Recife, el Al Wasl saudí, la Portuguesa y el Belenenses portugués.

Sin embargo, solo volvería a destacar de verdad en 1992, cuando cogió el mando del Internacional de Porto Alegre y ganó su primer título nacional: la Copa do Brasil. Tras muchas experiencias en diferentes banquillos de Brasil, pasando por el Al-Hilal saudí y el Cerro Porteño paraguayo, Lopes recaló, en 1996, en el Vasco da Gama, el club donde había empezado su trayecto como técnico. Tenía 55 años. Y fue en ese período cuando vivió el cenit de su carrera futbolística. Con un equipo mágico en el que edespuntaba Mauro Galvão, Juninho Pernambucano y Edmundo, el ‘Delegado’ levantó el Brasileirão en 1997. Al año siguiente, su pareja de delanteros, Edmundo y Odair, se marchó, y en su lugar llegaron Luizão y Donizete. Y en 1998, además del Campeonato Carioca, el Vasco conquistó el título más importante de su historia: la Copa Libertadores, tras derrotar el Barcelona de Guayaquil en la final. En la final del Mundial de Clubes plantó cara al Real Madrid, que ganó por 2-1 con un gol de Raúl en el minuto 83. El ‘Delegado’ entró así en el selecto grupo de entrenadores brasileños campeones del Brasileirão y de la Libertadores.

En octubre del 2000, Lopes recibió una llamada de Ricardo Teixiera, presidente de la CBF, ofreciéndole el puesto de coordinador técnico de la selección brasileña. Emocionado, Lopes lo celebró con su familia. Brindaron y gritaron: “¡A por el Penta!”. En Junio de 2002, el ‘Delegado’ embarcó a Corea del Sur y Japón con el seleccionador Luiz Felipe Scolari y los Ronaldinho, Rivaldo y Ronaldo. Volvieron con la Copa del Mundo. En los años siguientes, Antônio todavía haría trabajos memorables como entrenador: en el primer semestre de 2005, llegaría, contra todo pronóstico, a la final de la Copa Libertadores con el Athletico Paranaese, perdiendo contra el São Paulo, y en el segundo ganaría el Brasileirão con el Corinthians. En total dirigió a más de 20 clubes, dos selecciones, ganó dos ligas brasileñas, una Copa Libertadores, una Copa do Brasil y siete torneos estatales. Sus compañeros de trabajo no lo sabían, pero en esa mañana de abril de 1974, su amigo comisario daba el primer paso en un camino que lo convertiría en uno de los entrenadores más importantes de la historia de Brasil. Cosas del fútbol. Y de la policía.

 


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Fotografía de Imago.