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“El que me busca, me encuentra’‘. Tan claro lo tiene ahora Guillermo Sanchis como cuando a los 28 años, y empujado por una vocación eclesiástica, cambió su Picassent natal por Villarreal. Lo primero que hizo aquel lejano 1965 fue visitar El Madrigal, estadio que aún albergaba partidos de Primera Regional. “Siempre he sido muy futbolero y allí me hice amigo de Eusebio Pérez, uno de los muchos capitanes que ha tenido el club”, recuerda. El que le busca, le encuentra. No, no es una frase vacía. Sanchis escogió Villarreal para fundar la parroquia de Santa Sofía, ubicada a escasos metros del feudo groguet. La química entre ambas instituciones no tardaría en producirse. Y se acabaría plasmando en visitas cada vez más frecuentes de los futbolistas de la primera plantilla. “He casado a muchos de ellos, he bautizado a sus hijos y a otros, simplemente, les he escuchado”, comenta orgulloso a sus 76 años. Sanchis es desde hace décadas el sacerdote oficial del Villarreal, tiene un asiento reservado en tribuna y varios desplazamientos con el equipo a sus espaldas, como la visita a Londres con motivo de las semis de Champions de 2006. En tiempos donde la religión es cada vez más cuestionada, aún se emociona cuando los jugadores se santiguan antes de entrar al campo. Y aunque preferiría “verlos más en misa”, reconoce que cuando rueda el balón no es partidario de rezar por el resultado: “A Dios rogando, y con el mazo dando. Y nuestro mazo son los futbolistas”.

Hoy es día de partido. Mosén Guillermo cruza la Plaça Llaurador mientras limpia unos lentes cargados de dioptrías. Se dirige al estadio. “Es otra forma de tocar el cielo”, sostiene.

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Ha sido un viaje largo, de muchas horas. Patricia Belén Pedreira, de 43 años y natural de Porriño (Pontevedra), aparca el autocar y reparte ‘Give me fives’ a medida que los futbolistas lo van abandonando. “Siempre lo hacemos. Chocamos las manos y alguno dice: ‘volveremos con la victoria, Patri. No lo dudes”. Patricia es la conductora del autocar del Celta desde hace cinco años, cuando el entonces técnico Pepe Murcia se quedó prendado de su simpatía y pericia al volante. Rutas escolares y viajes al aeropuerto tejían su rutina cuando una llamada le advirtió que debía sustituir al chófer celeste. Exacto: la gente antes se prejubilaba. “Estaba más nerviosa que cuando me saqué el carnet. Y los jugadores me miraban con caras extrañas. ¿Una mujer de 1,52 metros iba a llevarles al estadio?”, explica con desparpajo. Afortunadamente, Patricia ha dejado de ser un elemento extraño. En Vigo y en muchos campos españoles, donde al principio le aplaudían a su llegada y hasta le pedían que firmara el libro de visitas, ya es una más. “Dentro del gremio me recuerdan la suerte que tengo. Como con los jugadores, hago el café con la directiva y la plantilla es de lo más centrado que he llevado de pasajeros. Nunca me han dejado de lado”. Los propios futbolistas suelen ayudarla a limpiar el vehículo cuando vuelven de los partidos, sea por la tarde o de madrugada. Y ella les corresponde con detalles de todo tipo: “Luché varios días con la empresa de autocares hasta que al final logré que nos pusieran una red Wi-Fi. Son mis niños e intento mimarles”. También confiesa que, a medida que ha ido sumando kilómetros, la complicidad con el equipo ha aumentado. “Nunca he sido mucho del Celta pero el roce hace el cariño. Las victorias son maravillosas pero las derrotas son tremendas. Se me parte el alma cuando veo a los jugadores tan tristes y callados”. Dos nombres le vienen a la cabeza al recordar estos episodios. Roberto Trashorras, que “cuando descendimos, subió al autocar y me dijo con los ojos húmedos: ‘Te hemos fallado'”; y Rubén Blanco, el joven portero que salvó al Celta del descenso en los agónicos últimos partidos de la temporada pasada, con Javi Varas lesionado. “Todo el mundo quería su camiseta pero él lo tenía claro desde el principio: era para mí. Alguna vez la he llevado puesta mientras conducía…”.

Los hinchas se apiñan a la llegada del autocar. “Hay estadios y estadios. El del Numancia, por ejemplo, te exige maniobras imposibles para aparcar”. Los responsables de seguridad aconsejan a Patricia hacer marcha atrás. Se niega. “¿Con cámaras delante? ¡Eso queda feísimo! Mis niños entran siempre de frente. Con estilo”, reivindica.

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En pleno desfile hacia el vestuario, los futbolistas ojean el móvil, tararean canciones y fingen seriedad. Nada de lo que encuentran debajo de sus respectivas taquillas les sorprende: un par de botas relucientes y, plegada como si fuera a regalarse, la equipación del partido. La pulcritud de la imagen apenas dura unos segundos. El tiempo que tardan los protagonistas en desordenar las prendas y teñir sus cuerpos de blanco y negro. En pleno rictus, es imposible que en sus cabezas no aparezca la oronda figura de Bernardo España, con su sonrisa pinzada por dos gruesos mofletes y unas manos ajadas por el estropajo y la plancha. “Tres horas antes del partido ya está todo preparado. Las botas limpias, la ropa colocada… Obviamente, es un trabajo que no se ve y con el que no se gana mucho dinero, pero el club me lo paga con un cariño gigantesco”. Bernardo España, ‘Españeta’, lleva vinculado al Valencia toda su vida. Emocional y profesionalmente. A los 12 años empezó a escaparse del colegio para ir a ver entrenar al equipo en Mestalla; a los 15, le ofrecieron ser recogepelotas; y a los 20 le ascenderion a utilero, oficio que sigue desempeñando medio siglo después. “¡Y aún me queda para jubilarme!”, se jacta. “La verdad es que he procurado cuidar a los futbolistas como si fueran mis hijos. Por eso me he llevado tan bien con todos”, confiesa con su atropellada voz. La popularidad de ‘Españeta’ va acorde a su generosidad. Un trabajador de club que ha sobrevivido a directivas, técnicos y jugadores. Juez y parte de un fútbol donde el factor humano le pinta la cara al negocio. “Me han hecho una biografía oficial, una peña, un pasodoble… ¡Cualquier día me hacen una estatua!”, ironiza. ‘Españeta’ ya no está para tantos trotes como antes (desde hace un tiempo reparte sus horas en la Ciudad Deportiva de Paterna y ya no viaja con el equipo) pero el contacto diario con el club le sigue dando la vida: “Si hubiera sido futbolista habría ganado más dinero pero no cambio esto por nada. Sigo cumpliendo un sueño”.

Los jugadores salen a calentar y ‘Españeta’ no puede evitar pensar qué hubiera pasado si su Vespa no hubiera resbalado aquella tarde de 1954. Los médicos le dijeron que aquel accidente pudo dejarle cojo así que, con tan solo 16 años, su depurada técnica dejó de servir al equipo de su barrio, el Huracán de Ruzafa. “Creo que podría haber llegado al fútbol profesional pero cogí miedo. Dar toques con el balón calmaba mi ansiedad; y realmente era muy bueno. De hecho, Di Stéfano siempre me reñía si los realizaba delante de los jugadores: ‘Bernardo, por favor, que la manejen ellos”. Tal era su calidad con la pelota en los pies. Tal es su carisma. Tal es la pasión por su trabajo. “Habré preparado más de mil partidos y otros tantos entrenamientos. Me levanto a las siete de la mañana y dedico las horas que haga falta a mi trabajo. Pero cuando llego a casa, sigo realizando tareas del hogar”. El utilero nunca descansa.

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El partido está a punto de comenzar y en los aledaños del estadio los aficionados menos previsores se pasan a la marcha atlética. Un ejercicio coral que acaba siempre en el mismo punto y con la misma pregunta: “¿Me enseña el carnet?”. Quien dispara es José Ignacio Nutini, boina en la cabeza, haga calor o llueva, desde hace 40 años. “Aún recuerdo cuando iba a San Mamés con mi padre, con ocho años. Les tenía mucho paquete [manía] a los ‘txapelgorris”, evoca. Como si aquello fuera un presagio, con la mayoría de edad Nutini se convertiría en uno de ellos. Se acabaron las pipas, los gritos, el desenfreno. Desde aquel día atendería a los socios en los tornos, los acomodaría en sus localidades y vigilaría los accesos a escaleras y vomitorios. Él, que ha conocido todos los rincones del viejo San Mamés y es el ‘txapelgorri’ más veterano del Athletic Club, lleva cuatro décadas sin poder disfrutar de su carnet de socio. “No me importa porque mi mujer va por mí. De hecho, durante mucho tiempo entraba por la puerta donde trabajaba yo. Era curioso: su marido le daba la bienvenida al estadio”, cuenta. Los ‘txapelgorris’ no se encargan de la seguridad del campo, el club ya externaliza este servicio a una empresa privada. Su figura busca más bien fortalecer el trato de proximidad y cortesía para con el aficionado. “Por llevar una boina no puedes creerte el capitán de la sexta legión. Al final somos gente de toda la vida: seguidores, socios… Por eso los nuestros siempre nos han tratado con respeto. Somos un emblema más del Athletic Club”, argumenta. El club pone a disposición de los más de 200 trabajadores que cubren este trabajo un peto y una ‘txapela’. Y también les da de alta y de baja cada día de partido. Nutini es actualmente el subjefe de coordinación pero añade largas estancias en Lezama. “Nunca ha sido un sacrificio para mí. El compañerismo, el ambiente y el trato con los jugadores me compensa”.

Mientras la Ertzaintza empezó a sustituir las ‘txapelas’ en sus agentes en 2010, en el Nuevo San Mamés siguen siendo sinónimo de tradición, respeto y familiaridad. “Echando la vista atrás considero que la afición era más formal cuando empecé en el cargo. Hoy es más visceral, incluso más violenta”, opina. En todo este tiempo Nutini sólo ha descuidado su imagen característica una vez. Fue hace cuatro años y en lugar de boina todos los ‘txapelgorris’ lucieron un bombín en recuerdo de Fred Pentland, el técnico inglés que logró, con el conjunto bilbaíno, el primer doblete del fútbol español. Al final, las tradiciones pesan más que un simple resultado: “Mi hijo hace tres años que está de boina conmigo. Empezó como yo, de chaval. Me daría mucha pena que esto se perdiera porque la identidad del club sufriría una fisura importante”.

Nutini oye las alineaciones mientras gestiona el tráfico en una escalera. El pitido inicial le peina la nuca. Otro partido de espaldas al césped.

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Un apagón. Desde que arranca el choque hasta que termina, Francisco Rubia reza en silencio “para que no haya un apagón”. 45 años, granadino, ingenerio de caminos y con tres lustros de experiencia en la construcción de instalaciones deportivas, posee uno de los asientos más privilegiados de La Rosaleda: “Una silla a pie de césped, entre el banquillo local y el visitante. Imagina lo que llego a ver y a escuchar ahí…”, confiesa. El cometido de Rubia, responsable de Infraestructuras y Mantenimiento del Málaga desde enero de 2013, pasa por sobrevivir a la tensión de esperar un fallo: “Con el partido empiezan mis temores. Videomarcadores, OK. Rótulos publicitarios, OK. Cualquier elemento que subministra electricidad es susceptible de dejar de funcionar”, cuenta.

El balance de su primer año en el estadio malaguista es positivo. Sólo un incidente en un partido de Champions le generó un mal trago: “La UEFA es muy exigente y en el descanso del Málaga- Oporto nos pidió que regáramos el campo. El sistema de riego nunca se activó… ¡Y aún no sé por qué motivo!”, explica como si siguiera intentando resolver aquel enigma. Coordina a un grupo de 22 personas, con perfiles tan diversos como fontaneros, electricistas y expertos en telecomunicaciones. Y aunque su trabajo pasa desapercibido para la mayoría, se siente cómodo en la sombra: “En nuestro trabajo sólo se nos pide una cosa: que no nos conozcan. El día que mi nombre aparezca después de un partido del Málaga, será porque no se han hecho bien las cosas”. Pragmático y coherente, Rubia sabe que sin la labor de un departamento como el suyo ningún club podría garantizar la disputa de un partido en condiciones.

Tampoco sin la ayuda de los voluntarios, como los que pueblan las cálidas gradas de Los Cármenes, con Gustavo Molino al mando. Este bombero de profesión de 38 años se acerca desde hace cinco años al estadio del Granada los días de partido para echar una mano. “A veces incluso sin dormir, tras una guardia de 24 horas”, matiza. Su rol en el campo no dista mucho del que ejerce Francisco en La Rosaleda, con la salvedad de que Gustavo actúa como nexo entre la seguridad privada, los cuerpos de policía y el resto de voluntarios, unos 100 que, como él, no cobran ni un euro por su trabajo. “Nunca he sido muy aficionado a ver fútbol, siempre he preferido practicarlo. Pero desde que ayudo al Granada me fijo cada vez más en las retransmisiones, sobre todo en los detalles que afectan a mi labor“, sentencia. Ayudado por su

Como el que se produce en La Rosaleda y que pilla a Francisco calibrando con la mirada la intensidad de un foco. Casi instintivamente, se levanta de la silla y lanza tres palmadas al aire. “Ahí sí que es imposible contenerse. Los que me conocen saben que soy de los más efusivos en celebrar tantos. Aunque la tensión vuelva a aparecer de forma inmediata”, termina.

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El público en pie. Como si fuera una descarga eléctrica, el gol ha sacudido por fin los asientos del estadio Fernando Torres. Carlos Mosquera, que lleva desde el primer minuto de juego corriendo por la banda, salta al terreno de juego a abrazar a sus compañeros. Su cuerpo plumoso se pierde en una melé de sonrisas y collejas. Hasta que el árbitro acude al rescate, pero no precisamente con cara de buenos amigos. “Es lógico. Como mascota del equipo tengo prohibido acceder al césped en mitad del partido. Pero un gol es un gol. Además, ¿qué puede hacer el colegiado? ¿Sacarle tarjeta roja a un gallo?”. Carlos Mosquera nació en Colombia hace 40 años y en su juventud llegó a despuntar como semiprofesional en el América de Cali. Pero sus padres le obligaron a centrarse en los estudios así que renunció a seguir vistiendo de corto. Por suerte, el propio club le ofreció un susitutivo de lo más peculiar: ser su animador. “No me da vergüenza decirlo: pasé de futbolista a mascota. Era una manera de seguir en contacto con la entidad y de vivir el ambiente del estadio. Me disfrazaba de diablo y, diez minutos antes del partido, salía al terreno de juego con una bandera gigante. La grada enloquecía”.

“Habré preparado más de mil partidos y otros tantos entrenamientos. Me levanto a las siete de la mañana y dedico las horas que haga falta a mi trabajo”

Carlos llegó a España en 2009 gracias a una oferta de trabajo de socorrista. Unos meses más tarde llegaría su mujer. Y finalmente, su hija pequeña. “Fuenlabrada me acogió muy bien y me permitió reunir a mi familia. Durante la semana soy camarero y cada 15 días, la mascota de su club de fútbol”. El CF Fuenlabrada contactó con él a través de un comercial amigo del colombiano. “Cuando les acredité experiencia como mascota en uno de los clubes más importantes de mi país alucinaron”. El trabajo era suyo, claro. Desde entonces, Mosquera escruta con disimulo cada uno de los rostros que pueblan las gradas del estadio madrileño. Sin que ellos lo sepan, es capaz de adivinar lo que están pensando. “Se descubre rápido quién se está aburriendo y quién está sufriendo. Cuando detecto sus emociones, actúo”. El show de Kiriko -así se llama este ave de rasgos duros y pico dorado- le exige una preparación singular. “Hay que ser tierno con los niños, y no parar de correr y animar para desperezar a los adultos porque en España cuesta más calentar a los aficionados. Y luego hay que seguir el partido. Nunca sabes cuando puedes ayudar al equipo actuando de recogepelotas improvisado”, prosigue.

Kiriko tiene alma cafetera. Pero pocos seguidores lo saben. Los más pequeños le piden que se saque la careta pero él procura no desvelar su identidad. Un día logró que su hija fuera a verle en directo. “Ver a su papá disfrazado de gallo le provocó un ataque de risa que duró varios días”, confiesa.

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El CF Fuenlabrada está a punto de llevarse una nueva victoria. Con el pitido final llegará un sprint endiablado hacia el centro del campo. El último por hoy y Kiriko volverá a su nido. Los futbolistas regresan, sudados, al vestuario. Y otro tipo de sudor, menos visible pero mucho más frío, recorre el cuerpo de José Ramón Ferrer, Raimon. “Mare meua la que m’espera!” (¡Madre mía la que me espera!), exclama. Este valenciano de 52 años sabe que mañana mismo tocará volver a dejar en condiciones el césped del Ciutat de València. “Los duelos con lluvia son los peores. Al día siguiente entras en depresión. Suelo arcilloso, canalla… Vuelta a empezar”. De familia agricultora, Raimon se aficionó a la jardinería de muy joven. De hecho, sus primeros trabajos los realizó en El Madrigal pero, como si de una estrella se tratara, apareció el Levante para pagar su cláusula. “Como su estadio está cerca del pueblo donde vivo, no hizo falta hablar mucho más”. En sus primeros años se enganchó tanto al club que ya nunca ha podido separarse. “Me ficharon como jardinero pero también recuerdo cantar las alineaciones en más de un partido. Hoy soy el responsable de instalaciones, que suena más profesional”, prosigue.

El césped se prepara para recibir su tratamiento diario. El lunes, se reparan las chuletas; el martes, se pasa el rastrillo; y cada día, recibe un corte raso y preciso. El riego depende de la climatología. El año pasado Raimon cumplió 25 años como jardinero del club, sólo unos meses después de enfrentarse a uno de los retos más grandes que ha vivido el Levante en toda su historia: levantar el terreno de juego. “El del Ciutat de València era el césped más antiguo del mundo. En 40 años jamás se había cambiado. Pero con la clasificación del equipo a Europa tuvimos que adaptarlo a la competición”. Ya se sabe: cuanto más mayor se hace uno, más se preocupa por su imagen. Esta decisión, sin embargo, no pervirtió la etiqueta de club humilde y familar que el club granota lleva predicando desde hace décadas. Raimon así lo avala desde su raconet, un almacén de material que con el tiempo ha convertido en un pequeño museo [que fue víctima de un incendio un tiempo después de la publicación de este artículo]. “Empecé con algunas fotos y ahora hay de todo. Discos, botas, camisetas firmadas, recortes de periódico, un karaoke, placas dedicadas y fogones”. ¿Fogones? “Habitualmente preparo paellas y almuerzos para los jugadores. Una vez al mes, como mínimo, nos reunimos en el raconet para hacer piña”. Aunque no quiere profundizar sobre ello porque el recuerdo aún le duele, asegura que el objeto de más valor que habita en su particular rincón es una fotografía junto a Manolo Preciado, con el que le unió una gran amistad. Raimon también otorga que, en todo este tiempo, ha procurado cuidar el césped con el mismo mimo con el que trata a los jugadores. Y tiene su lógica: “Aunque el fútbol también se cocine antes y después de un partido, al final son ellos, los futbolistas, los que nos dan de comer”.