Diego se nos presenta a la historia como un Dios humano, así lo ejemplifican las calles de Nápoles y sus murales. Como todo héroe también tiene sus debilidades, algunas más pronunciadas que otras, pero en un día en el que todo parece perdido, a cualquiera de nosotros se nos ocurriría llamarle, como lo hacía la ciudad de Gotham a Batman mediante un foco enorme. Diego siempre acudía al rescate y no pedía nada a cambio, ni un mísero agradecimiento. Llegó el día en el que se encontró solo, ya sin la capa de superhéroe, y nadie acudió en su búsqueda. Huérfano en una Nápoles que miró hacia otro lado al ver a su número diez caído sobre la lona. Quizá por vergüenza, quizá por sentirse culpables de su desvanecimiento, no hicieron nada, tan solo observaron cómo su luz se iba apagando lentamente hasta desaparecer en la lejanía. Diego ya no estaba, no había vuelta atrás y es entonces cuando comenzaron los lloros y nació la leyenda. Tan solo le faltó licuar la sangre de San Gennaro, pues el resto de milagros ya los cumplió todos.

Leo se nos presenta a la historia como a un Dios pero sin esa referencias humanas, es todo un autómata. Una operación tras otra: control, regate, disparo y gol. Así hasta la eternidad. La rutina puede llegar a aburrir, pero Leo ha hecho de la repetición su obra de arte. Ya no necesita de calculadora alguna, sabe cómo y dónde dañar al rival, como si de un sicario del gol se tratara. Su capa de superhéroe no muestra arruga alguna, a diferencia de su piel con el paso de los años, y en sus ojos aún se puede observar a ese niño que cree jugar cada domingo contra sus amigos de toda la vida. Al igual que Diego, no teme a nada. Eso sí, su comportamiento es diferente, lidera desde el silencio. Ni una palabra más alta que la otra, incluso a veces no suelta ni un resoplido. Es un autómata, conforme el resto del planeta gira él ya está meditando su siguiente paso. Lo hace todo por pura repetición y ha llevado sus hábitos cerca de la perfección, pues para algunos el diez absoluto no existe, aunque él nos haga dudar de ello.

La vida da oportunidades que parecían que jamás se darían, porque la vida viene y va. Ahora, 27 años después de que Diego saliera por la puerta de atrás de la que fue su casa, su palacio, Leo visita el jardín por el que paseó. Diego no jugaba, se paseaba como los buenos jugadores. Todo sigue en el mismo lugar, los recuerdos ahí perduran y no se moverán jamás. Aquellas retinas que disfrutaron del diez en San Paolo ahora verán al que llaman su heredero o el que para muchos es el alumno aventajado que ya superó al maestro. El típico debate absurdo, los genios no se comparan, tan solo se veneran. La historia nos debía esto, ya que salvo sorpresa Leo jamás jugará para Nápoles. Adiós a esas figuras de barro en los puestos, adiós a esos murales con su cara y adiós a ese local que ya no guardará parte de su cabello en una vitrina. Se cerrará el círculo y lo disfrutaremos como solo se disfrutan todas esas primeras veces. Después ya sabéis, vendrán las epopeyas y los padres contarán a sus hijos como fue aquella visita de Leo al jardín de Diego. “Tú crees en Dios, yo creo en Batman”.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía del FC Barcelona.