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Cuadernos de la Copa América (V): Peculiares

Farfán y Perú persiguen las semifinales de la Copa América haciendo bandera de las rarezas que les caracterizan. Hoy ser diferente está de moda

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Jefferson Agustín Farfán Guadalupe y la selección nacional de Perú tienen algo más en común que un simple y casual lazo de sangre. No es día ni sitio para enmarañarnos con eso tan trending que es hoy la teorización del patriotismo propio o ajeno, que para eso ya están Pedro Sánchez y el director de atrezzo de sus puestas en escena, así que intentaremos pasar de puntillas por esta manera tan torpe y turbia que ha tenido el periodista de empezar su artículo, y bajaremos sigilosamente, como si nada se hubiese escrito, al césped, donde al menos el circo está tan desfasado (desgraciadamente) que uno se atreve a cometer cualquier estupidez sin miedo a que al día siguiente la caiga por sorpresa una maceta en la cabeza.

Pues bien. Soltemos teoría. Farfán también se identifica con sus paisanos, los peruanos, desde el terreno de lo variopinto. El sentido y la auto-aceptación de la rareza, individual o colectiva, puede ser igual de productiva en la faena de estrechar vínculos que el sexo o las cervezas. Los raros se gustan. Que se lo pregunten a su compatriota Vargas Llosa y a la Preysler, singulares en su especie, que tras mucha guerra derrochada, ahora se han decidido a quemar juntos las horas que les restan pasándose el Ferrero Roché de boca en boca, con ternura. Bien conoce esta teoría asimismo el actual media punta del Schalke 04, al que no le ha ido tan mal en la vida pese a ser el rarito de todas las clases.

Llegar de Sudamérica, ser de color, jugar en posiciones adelantadas, caer en banda, gambetear de lo lindo, llevar el ‘17’, salir coreado de Eindhoven, triunfar en la Eredivisie, y no ser brasileño, no lo neguemos, es una anomalía de narices. Un caso abstracto. Más habiendo nacido en Lima, una capital a la que habría que haber pedido por aquel entonces a Mark van Bommel, buque insignia del campeonato tulipán de principios de siglo, que nos la situara en el mapa.

Farfán rompió moldes en su aventura en el PSV, donde aterrizó siendo un plumilla desconocido y de la que se marchó con título de barrilete casi-cósmico. Bautizo suficiente para que el Schalke se animara a pagar, cuatro temporadas después, más de 14 millones de euros para hacerse con sus servicios. Y ahí sigue el bueno de Jefferson, trotando en el Bundesliga como Pedro por su casa, recibiendo trato de canterano en un país que no suele sintonizar a las primeras de cambio con los jugadores foráneos. Un rara avis anclado en la cuenca del Ruhr, a miles y miles de kilómetros de su lugar de nacimiento.

Esas mismas leyes de lo extraño también se entremezclan en el combinado nacional que representa Farfán, hoy entrenado por ‘El Flaco’ Gareca. Perú es la cenicienta que nunca dejará de serlo, y eso en sí mismo ya es una excentricidad de difícil diagnóstico. No le vale con haber llegado a unas semifinales de la Copa América en 2011, y cuatro veranos después, estar a las puertas de volver a conseguirlo. Tampoco parece suficiente que pueda presumir de haberse impuesto en el torneo en dos ocasiones (1939 y 1975), o de que su zamarra la llegaran a vestir mitos venerados en todas partes como Teófilo Cubillas o Hugo Sutil, este último compañero de batallitas del Cruyff jugador en Barcelona. Contra las venenosas y cansinas etiquetas de “equipo sorpresa” o “candidato a revelación”, a los peruanos no hay desinfectante que les sirva. Tampoco el de los goles o el de los éxitos. Chile, por ejemplo, nunca ha levantado una Copa América. Y, sin embargo, en el supuesto caso de que rojos y blanquirojos acabaran cruzándose en unos días con el pase a la final en juego, todos sabemos dónde pondría la pasta el ludópata de nuestro vecino.

Así transcurren los tiempos en el país de los incas. También en el expediente de Farfán. Un tipo cargado de buen rollo, algo que queda ratificado con el hecho empírico de que llevan toda una vida llamándole cariñosamente la foquita y él todavía nunca ha mandado a nadie a freír espárragos por ello. Ser diferente también implica tener paciencia. Quizás el consuelo de Jefferson radique en su hermano. Rafael “Focaza” Farfán, se llama. A esos niveles comparativos, normal que el ‘10’ de La Rojiblanca no rechiste demasiado.