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Cuadernos de la Copa América (III): A la sombra de los mitos

Se llama Diego, luce el ‘9’ y su piel es negra. Es Rolán, la nueva esperanza de la delantera uruguaya. Una joya que brilla en esta Copa América

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Diego como Forlán, ‘9’ como Suárez y negro como Obdulio Varela. Rolán, ariete fijo del ‘Maestro’ Tabárez en esta Copa América, carga con el eco de tres de los mitos a partir de los cuales se podría trocear la obra litúrgica que es el Uruguay futbolístico. Un país que representa en el balón un sello viejo, insurrecto y sorpresivo. Una nación condenada a ser recordada como detonadora de tragedias antes que como autora de operas primas, pese a que en el histórico Maracanazo no bastó con que los brasileños no tuvieran el día, sino que también fue necesario que emergiese un gran conjunto que prendiera fuego a los pronósticos. Si los azules no hubieran competido en su máxima expresión en aquella lejana y célebre tarde de 1950, hoy en Brasil se hablaría de ‘susto’ y no de ‘catástrofe’. Y en cambio la hecatombe está ahí, grabada a fuego en todas las enciclopedias, con un perdedor claro y un campeón difuso. Así han tratado los tiempos a la selección uruguaya, que se aferra entre otras cosas a los versos de Galeano para que sus gestas y sus méritos no caigan definitivamente en el olvido.

Y es que aunque a veces suene a chiste piadoso, Uruguay tiene los mismos Mundiales que Argentina, más Copas América que nadie y, a lo sumo, es el combinado nacional con mejores vitrinas de todo el mundo. Su último éxito todavía vaporea, data de 2011, y fue en la última edición de la batalla que estos días se libra en Chile, a la que los ‘charrúas’ asisten con el decoroso deber de defender la corona.

Pero no están las noches hoy en Uruguay como para ponerse a fabular con el pasado. La Copa América 2015 es el primer torneo en el que no se juntan Diego Forlán y Luis Suárez. En los márgenes del camino han quedado enclavadas la retirada del primero y la sanción del segundo. Especial trascendencia cobra el castigo federativo que le cayó al jugador del Barcelona por ese bocado que le pegó a Chiellini, pues sus estragos no se apagaron tras el punto álgido de la trifulca, con un país conmocionado y un presidente, José Mujica, dispuesto a pegarle un sandaliazo al primer hombre trajeado de la FIFA que se cruzase en su camino. La decisión controvertida y el jaleo popular dieron para más, y siguen estando a la orden del día un verano después. Porque el equipo de Tabárez, sin ‘el Pistolero’ en liza, es un barco sin timón, un proyecto huérfano de insignias. Sólo Diego Godín, central curtido y solidario, se atreve a opositar al puesto de estandarte en prácticas. En cuanto a la parte ofensiva del esquema, esa que ha quedado más hueca sin Suárez, Edinson Cavani y Diego Rolán figuran como alternativas. Del primero sabemos mucho y le esperamos menos, pues después de abandonar Italia se le ha diluido algo el nombre. El segundo es un misterio.

Diego Rolán, sobrino y nieto de futbolistas, tiene 22 años y ya lleva tres jugando en Francia, con el Girondins de Boudeaux, con el que esta campaña ha dejado números nada despreciables (15 tantos en 33 comparecencias). Su currículo esconde el retrato de un jugador construido a toda prisa, como un mueble del Ikea. Cruzó el charco a la que estrenó mayoría de edad y debutó con la absoluta de Uruguay cuando todavía le faltaban meses para llegar a la veintena. Todo muy fast. Parece como si el destino hubiese ordenado cocinar rápido a este jugador consciente de que le tocaría dar la cara por la zamarra nacional a edad temprana.

Alguno de sus descubridores en Montevideo todavía recuerda sus primeros pasos en el baby futbol, con Defensor Sporting, club que lo catapultó al profesionalismo. Según se cuenta, cuando “el botija” empezó a patear la pelota todavía estudiaba en una escuela de secundaria y el equipo le pagaba el billete de autobús para que se trasladase de las aulas al complejo deportivo. Pero en esas que el chico no se quitaba la bata de estudio para que el conductor le dejara subir gratis al transporte público, y luego con la calderilla intacta se compraba una hamburguesa al acabar los entrenamientos. Primeros recortes de genio de un ariete al que la lanzadera a Europa por aquel entonces ya le esperaba en la vuelta de la esquina.

180 minutos enteros. Los mismos que cuenta ahora mismo el equipo en Chile. Rolán lo está jugando todo en esta Copa América, consciente su entrenador que no puede permitirse demasiados malabarismos en su delantera. Hábil, práctico y voluntarioso, esto último inherente a su lugar de nacimiento, el juego de la “joyita” todavía deja entrever esos vicios a la precipitación y al desenfreno que tan comunes son en los futbolistas a los que la razón dice que todavía no debería haberles llegado el momento. Pero poco sirven las teorías racionales en un fútbol como el sudamericano, abarrotado de sentimentalismos, y menos ahora que Uruguay depende de un duelo crucial ante Paraguay para certificar su billete a cuartos.

La historia siempre estará en deuda con Uruguay, como probablemente también lo acabará estando con Rolán, que pese a llevar bordadas algunas sombras mastodónticas en su nuca, vuela ligero sobre los céspedes chilenos. Se llama Diego, luce el ‘9’ y su piel es negra. Su momento llegará. Está escrito en tres versiones.