Las autoridades municipales de Bogotá decretaron recientemente que en la capital colombiana no habría ‘ley seca’ durante la celebración de la Copa América 2015. Dicha medida, dijeron los gobernantes, solo podrá ser revocada en caso de que el comportamiento de los vecinos a lo largo del torneo voltee hacia escenarios próximos a la incivilización o a la catástrofe (?). Mejor no descartemos nada, por si los whiskies. Pero ya que hemos tocado el hueso político, vayamos hasta el fondo. Habría que hacer un llamamiento a todos los ayuntamientos sudamericanos sobre los riesgos que conlleva centrar toda la atención en las marañas que puedan generarse en bares, calles y prostíbulos durante las siguientes tres semanas. ¿Qué pasa entonces con los estadios chilenos? Es allí donde más debería florecer el vértigo, pues se asoman un puñado de patologías cardiovasculares que podrían ver aumentados sus índices de proliferación a corto plazo de manera alarmante. Taquicardias, arritmias ventriculares y, si me apuran, fiebre reumática. Los aficionados de la Copa América, condenados por naturaleza a ver el fútbol con el corazón antes que con los ojos, van a quedar expuestos a una tensión de las que hacen mella. Dense por aludidos entre otros los doctores de Temuco, La Serena o Puerto Montt, por favor.

Llega la Copa América más cargada que uno de esos combinados antológicos que se auto-regalaba Frank Sinatra en su camerino del Caesars Palace. Hasta cinco sube el número de máximos candidatos a llevarse el galardón final, algo que, obviamente, amenaza con subirle las pulsaciones a una cuarta parte de la población del planeta. Lo más excitante del caso es que cada favorito colecciona argumentos suficientes como para que nadie se lleve una sorpresa si accede al escalón final.

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Messi quiere acabar el año levantando un último título.

En el país anfitrión de esta edición, por lo normal, está permitida la venta de sustancias alcohólicas hasta las 3:00 de la madrugada, quedando anulado este tipo de comercio solo cuando hay elecciones o cuando hay Superclásico entre Colo Colo y Universidad de Chile, que en la escala de importancia del habitante medio de la nación vendría a tener una trascendencia equiparable o superior a lo primero. El combinado de Chile, que nunca ha levantado una Copa América, llega a la cita fino de moral. Darle la puntilla a “la otra roja” en el pasado Mundial de Brasil fue un chute de efectos prolongables. Sigue como entrenador Jorge Sampaoli, a quien mientras no le toquen los cafés estará tranquilo. Su grupo suele emplearse con la misma intensidad con la que él se pasa los noventa minutos dando tumbos y pegando gritos desde la banda. El último deseo de los de casa es que a Alexis Sánchez le dé por encontrarle un aire arsenalesco al Estadio Nacional, antaño cárcel tras el golpe de Estado de Pinochet, y que no quite el pie del acelerador con el que ha estado machacando todo este curso en Inglaterra. La Copa, por cierto, servirá también a modo de Prozac para el país, hoy sumergido en un clima enrarecido y con protestas ciudadanas en las plazas, aireadas por el desencanto político y la corrupción de las élites.

Chile arrancará en el primer grupo, mientas que en el segundo lo hará Argentina. O Lionel Messi, directamente, al talento del cual se aferran sus coterráneos como única vía posible a la redención. Más que cocktails en las barras, la ‘albiceleste’ necesita urgentemente una buena dosis de alcohol quirúrgico que ayude a subsanar la herida que le dejó Maracaná, donde perdió hace escasos meses una oportunidad única de ganar la madre de todas las copas. Al mando de la cura estará la ‘Pulga’, cuya resistencia física es una incógnita después de haber cerrado, con todos los honores, eso sí, una temporada maratoniana. Del conservadurismo de Sabella se ha pasado ahora al toque de Martino, del que se espera que recupere los hervores que perdió en el Camp Nou y sepa acompañar a su estrella con el mejor sistema posible.

Quizás sea Argentina, por su condición de finalista mundial, la candidata más exigida del torneo, aunque el margen que le separa con el resto de aspirantes es mínimo. De cumplirse el pronóstico, sumaría su 15ª Copa América, e igualaría en el palmarés a Uruguay, combinado con más entorchados. Aunque los ‘charrúas’ tampoco descartan dar el golpe en Chile y aumentar su ventaja histórica. La liturgia está de su parte, así como el derecho a defender el título que ya levantaron en 2011. Los uruguayos se han ganado a pulso ser considerados como uno de los vinos más preciados de la bodega sudamericana, pues pasan los años y su sabor se mantiene. No podrán contar con el estelar Luis Suárez, al que la FIFA todavía tiene castigado de cara la pared, pero se les supone igualmente competitivos. Sin el campeón de la Champions, los focos recaerán esta vez sobre Edison Cavani, que acostumbrado a estar en París a la sombra de Ibrahimovic, llega al mes de junio sediento de protagonismo.

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Sin Suárez, Cavani apunta a referencia de los uruguayos.

Aunque los excesos de sed también pueden jugar malas pasadas. Que se lo pregunten al Brasil de Neymar Junior, que ha preparado la competición con el orgullo maltrecho, como los argentinos. El fantasma del último Mundial que acogieron todavía planea sobre un grupo que quiere ganar frescura con novedades como Coutinho o Casemiro. La selección de Scolari, el pasado verano, se emborrachó de los sentimientos y la épica que muchas veces son inherentes al anfitrión, y acabó desolada y devastada, engullida de un solo trago por los alemanes. Ahora quién está al frente es Dunga, un viejo conocido de la ‘canarinha’ que tiene como objetivo despojar al conjunto de tanto lagrimón y convertirlo otra vez en un bloque férreo y portentoso. Pese a que las ausencias a última hora de Marcelo, Luiz Gustavo y Danilo le restan potencial a ese intento, el nuevo entrenador no cambiará de idea, y seguirá confiando en la misma columna vertebral de 2014. Por lo que se espera que el encomio a la técnica, un año más, quede relegado al segundo plano en el que ha sido su embajador por excelencia en el último siglo.

Brasil se las verá el 18 de julio con Colombia, la última gran pretendiente del baile. José Pekerman, sobrio como una roca, afirmó hace pocos días que su selección acepta los favoritismos “por razones obvias”. Los antecedentes más recientes y la sublevación de una generación de futbolistas de los cuales muchos ya se atan los cordones en los mejores estadios de Europa, han lavado la cara y el ánimo a los ‘cafeteros’, que vuelven a sentirse importantes. Radamel Falcao persigue dejar atrás la resaca que lo ha estancado en Manchester, y a sus espaldas lanzará el equipo James, estandarte del presente. De hacer fortuna en Chile, los futbolistas colombianos prometen acabar el periplo festejando en los locales nocturnos de Bogotá, que les aguardarán abiertos siempre y cuando su gente se haya portado como es debido.