Ni retorno glorioso. Ni portadas rimbombantes sobre la dura travesía. Ni camisetas con el nombre y un “vuelve pronto” el sábado siguiente.

Esto no va de cracks. O sí, pero de rodilla.

Cuando uno escucha el chasquido sobre la pista de moqueta y caucho de un campo para amateurs de Fútbol 7, puede esperar, como mucho, una bolsita de hielo del bar, el consuelo del rival (“suerte que no me tocó a mí”, piensa uno para sus adentros) y la lenta llegada de una ambulancia.

Primera parada de decenas al trauma. Los cruzados. “¿Cómo te lo hiciste? ¿Futbito?”. Y unas cejas arqueadas del de bata blanca.

Rodillas a la virulé. Tobillos torcidos. Mano al isquio, saltitos, y “ay, ay, ay”. “Somos siete justos, ¿seguro que no puedes seguir?”. Y hasta alguna espectacular fractura a lo Manuel Pablo. Espinilla contra espinillera (no todo el mundo las viste). Una batalla de tontos contra gilipollas.

Todos hemos visto en los campos de Fútbol 7 carreras truncadas que ya lo estaban. La Covid-19 lleva congelando –de forma intermitente– la sangría. Las lesiones seniles. Las bajas en el peor momento. Pero esos parones han dolido más que cualquier desgarro, por muchos otros motivos.

Pero en condiciones normales, en cada rincón del país, de lunes a viernes y a horas intempestivas, con el persianazo de oficinas, o muy intempestivas (el temido 23:05 en el calendario) se está jugando una liguilla de Fútbol 7. Campos siempre alejados, periféricos, instalaciones casi siempre deficientes y organizaciones delirantes. “No hay balón para calentar”.

Poco importan las condiciones: cientos y cientos de grupos de WhatsApp con nombres canallas e inocentones buscan al séptimo hombre. El compromiso y la necesidad llegan a un pacto cada semana.

Estrella coja. Real Suciedad. Maccabi el Helado.

Ingenio entre alcohólicos y abstemios: Birra Juniors y Aston Tila.

Porque el fútbol entre amigos, el fútbol de nombres caca-culo-pedo-pis, el fútbol riesgo, el fútbol tritura piernas, el fútbol testosterona, es el fútbol desfogue. Pero también –y sobre todo– es el fútbol amistad.

Los hay que tienen equipación propia. Benditas zamarras de Decathlon. Lo que sea para evitar esos petos con más usos que el aceite de una churrería. Otros, con un esparadrapo, les basta para ataviarse dorsales.

 

Porque el fútbol entre amigos, el fútbol de nombres caca-culo-pedo-pis, el fútbol riesgo, el fútbol tritura piernas, el fútbol testosterona, es el fútbol desfogue. Pero también –y sobre todo– es el fútbol amistad

 

Hay equipos con bandas desérticas, no más que algunos cascos tirados y las mochilas sobre el césped (quién se fía de las taquillas). Sorprenden los que llevan entrenador, amigos y hasta equipo de humos, siempre más atentos a los verdes que al verde.

Los hay que desarrollan táctica –dos contra uno es ya mucha pero mucha táctica– y te follan a la contra. Los hay que tienen un 9 que “podría jugar en Primera”. “Bueno, en Primera no, ¿pero en un Segunda? Se hincharía a marcar”.

Los hay que se conocen de toda la vida, son los más, y los que se han conocido por una aplicación; esos equipos Torre de Babel con un tanque sueco de Erasmus que da miedo en punta. Hay equipos del barrio, de la oficina, de la fábrica y también por nacionalidades.

Los hay de todo tipo, pero no hay ni uno que perdone el bocadillo y la cerveza de después del partido.

El tercer tiempo es santo y seña del rugby. Solo hay un deporte que compita con esa tradición: las liguillas amateurs de Fútbol 7.

Aquí, en los bares, habitualmente casetas prefabricadas, se saluda al rival, aunque haya sacudido patadas a destajo, pero sobre todo se comparte en equipo. La derrota duele menos después de una ducha, en el mejor de los casos tibia, y muy normalmente también en barracón.

Allí se comenta el “casi”, la zampada del portero, el fallo de Manel. El puto árbitro que no se mueve de la banda. “Cómo va a verlo”. Los misteriosos 72 euros que todavía faltan por pagar y que todo el mundo sabe quién debe desembolsar. El de siempre.

Porque allí se vuelve a un lugar sin relojes, ni emails, ni responsabilidades. Se come uno el emparedado de pincho moruno que no se ha ganado sobre el césped y se procura un espacio sagrado entre amigos. Un espacio que trabajos y obligaciones han ido espaciando hasta la merma.

Ya entrada la madrugada, en la moto, uno repasa la jugada del día. Y en el semáforo se lamenta, la cadera se resiente, y empieza a pensar en la alarma de las 6 de la mañana.

Al llegar a casa, “hemos perdido”, y un mensaje al grupo: “Cómo estás, ¿Marc? ¿Aún en urgencias? Cuando te diga algo el médico nos dices, tito”.

Y ya en la cama, con los ojos pesados como balones de fútbol sala, crea un grupo paralelo para hacerle una visita al compañero, que no, no tendrá retorno glorioso, ni portadas sobre la dura travesía, ni camisetas con su nombre el siguiente partido, pero sí una visita del equipo, unos six pack y unas cuantas bromas. “Ronaldo volvió mejor después de lo de la rodilla; tú de momento solo estás más gordo”.

Y así, mientras el coronavirus lo permita. Creerse futbolista a los 36 y la amistad furibunda tienen tesón para varias pandemias.

 


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Fotografía de Getty Images.