Fumar leyendo está infravalorado, el gazpacho en invierno sabe como el culo y la selección italiana, si no es azul, no es italiana. Esto es así. Y ‘sanseacabó’. Uno necesita tener ciertas cosas claras en la vida. Premisas incuestionables. Da igual que sean pocas, o que sean absurdas. Lo fundamental es que no se desmoronen. Porque si caen ellas, detrás vas tú, desoladísimo. A medida que sumas más años, y acumulas con ellos más inseguridades, tienes licencia para dudar de muchos temas (política, dinero, sexualidad, vocación, posible origen adoptivo no reconocido por tus padres) pero jamás, ¡jamás!, de esa clase de menudencias que te fijan en el mundo como si fueran clavos. Yo, cuando alguien saca el tema del gazpacho, me pongo tenso. Lo juro.

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Lo mismo me pasa con Italia. ¿Italia de amarillo? ¿Italia de negro? No jodas. Italia de azul, incluso desde antes que se inventara el fútbol. La idea ya me obsesionaba cuando era un crío. Tanto, que me acarreó algunos ridículos atroces. Recuerdo uno en mi pueblo que fue especialmente vergonzoso. Estábamos en la plaza con los amiguetes escupiendo cáscaras de pipa, o echando la pipa entera, que es a lo máximo que aspiras a los diez años, cuando uno de ellos, El Miquelet, me dijo, a cuento de no sé qué historia, que el azul no aparecía en la bandera italiana. Al escuchar tal afirmación, yo la negué muy fuerte, casi levantando la mano. Pero entonces el chico me repitió que sí, que estaba seguro, y que si quería me llevaba a su casa, donde su padre guardaba una réplica de la camiseta que utilizó la Azzurra en el Mundial del 82, para demostrármelo. Y para allí que me fui con él, convencido de obtener una de esas victorias que te apañan el verano. Cuando entramos en el piso, nos dirigimos directamente al dormitorio más grande. Mi compañero abrió un cajón del armario, sacó la zamarra y la estiró sobre la cama. Lo primero que hicieron mis ojos fue arrojarse sobre el escudo. Una franja verde, una franja blanca, una franja roja. La madre que me parió. A poco estuve de echarme a llorar. Puto Miquelet. Me había colado el gol del milenio.

Nada es lo que parece, ni siquiera lo que no parece. De hecho, si te pones a investigar un rato, pronto descubres que la selección italiana jugó su primer partido internacional vestida de blanco. No fue hasta 1922 que se pasaría al azul, que era el color de los Saboya. Pero lo voy a dejar aquí, porque noto que los cimientos de mi existencia están temblando sobremanera, y no quiero hacer ninguna tontería.