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Zinedine Zidane, el mentalista

El Zidane entrenador es efímero, enigmático e insultantemente exitoso. Regresamos a sus dos etapas en el banquillo del Madrid para poner en valor sus (infravalorados) puntos fuertes

Zidane

Este texto está extraído del #Panenka154, un monográfico sobre la figura de Zidane que sigue disponible

 

En 2012, Zinedine Zidane, un tipo enigmático que nunca dejó de cumplir dicha condición, celebraba su 40 aniversario. Se había retirado hacía seis años de los terrenos de juego y todavía no rondaba los banquillos, pero estaba y se sentía, como la fuerza y sus disturbios en los jedi. Había salvado al Rodez (el club de la ciudad natal de su esposa) de la quiebra y recién finalizaba su etapa como director deportivo del Real Madrid de José Mourinho, además de dar alguna que otra entrevista, pero tampoco muchas. En una de ellas reflexionaba sobre lo que suponía haber sido el jugador que fue: “Posiblemente no siempre sea consciente de en lo que me he convertido. No he querido perder de vista que la gente me quería por lo que hacía en el terreno de juego. Y por nada más. En 1998, salía en cualquier tipo de encuesta: ‘Zidane, el más guapo por delante de Brad Pitt’. Pero no soy tonto, ¿sabes?”. Hasta ahí, la reflexión estaba siendo interesante, seguramente mucho más socarrona y conquistadora si pudiéramos escucharla, hasta que la declaración recogida por la periodista finalizaba con un manifiesto propio de cinco palabras: “Sé también que la gente quiere que opine de todo; se preguntan qué pienso. Yo les digo que no se preocupen. Zidane seguirá en su sitio”.

Tan certera en su autoconsciencia, esa última frase explica, en su literalidad, su forma de estar en el mundo, permaneciendo en calma, ajeno a las tentaciones y las apariencias, pero dejando claro cuándo deben decirse las cosas, dando con su característico y a la vez místico principio de autoridad. Es precisamente esa forma de estar en el presente la que nos permite iniciar aquí un viaje con el que comprender cómo uno de los mayores genios de la historia del fútbol logró traducir sus vivencias y su derroche en el dialecto de los entrenadores hasta levantar tres Copas de Europa de forma consecutiva, una gesta única en la historia de este deporte. Zidane, epítome de la gracia con la que un cuerpo trasciende su deporte, se enfundaría, poco tiempo después de dar con semejante frase perfecta, el traje del técnico del club más laureado sin haber tenido experiencia previa y en mitad de una crisis y ruptura sin marcha atrás dentro de aquel vestuario. No se puede decir que aquel lugar le fuese ajeno -leyenda como jugador blanco y segundo de Carlo Ancelotti el año de la ‘Décima’-, pero de ahí a triunfar tan rotundamente bien merece realizar un ejercicio de memoria a su altura.

 

“Sé que la gente quiere que opine de todo; se preguntan qué pienso. Yo les digo que no se preocupen. Zidane seguirá en su sitio”

 

PRESTIGIO Y EMPATÍA

La puerta de entrada de Zidane como entrenador conecta con Johan Cruyff en muchos sentidos. Ellos dos han sido los dos grandes genios del balón que han entrado en el olimpo de los entrenadores a través del lenguaje de los pies; superiores técnicamente a cualquiera de las estrellas que entrenaron y capaces por tanto de generar asombro en tipos de cabeza alta, como Cristiano Ronaldo o Hristo Stoichkov -al que el técnico neerlandés retaba y ganaba retos de precisión con dinero en juego-, como de merecer ser, indiscutiblemente, la figura que corrige, ejemplariza y subordina. También ambos llegaron por su prestigio y fueron cuestionados por sus métodos simples, lejos del academicismo contemporáneo de la escuela de entrenadores. Era común ver a Zidane ser la pared de una fila de jugadores a quien se la pasaban para recibir después la pelota y disparar a puerta. Una simple rueda de tiros, decían. Por último, ambos defendieron siempre la búsqueda de la diversión en el entrenamiento como principio básico de lo que luego se trasladaría a los terrenos de juego. Así, el astro francés comenzó a alargar su sombra para hacer valer su rango.

Para significar y desgranar su huella como técnico no es necesario escapar de la obviedad. A través de su aura para desmontar y destensar las primeras impresiones de sus jugadores, Zidane dispuso de un don amable con el que podía, valga la redundancia, equilibrar desequilibrios, primero grupales y luego tácticos. Despojado de todo discurso elaborado para convencer -con cierta facilidad incluso para ser convertido en meme tras una derrota por su castellano-, el francés abanderó la sencillez permanente como paso previo de la solución y resorte único ante la gestión de cualquier problema (“Zidane tiene más empatía, nos entiende”, manifestó Cristiano Ronaldo tras la marcha de Rafa Benítez). Junto a esta mencionada naturalidad, el preparador francés destacó por trasladar una confianza plena en la intuición, velocidad punta de la inteligencia, para encontrar la mejor versión del jugador. Quizás no fuese esa confianza tan acentuada como la de su mentor, ‘Carletto’, verbalizando muchas más veces los términos trabajo, lucha y solidaridad, pero no cabe duda de que se apoyó en ella para que los jugadores fueran capaces de resolver los problemas por sí solos. Fue así como, en su segunda etapa en el Santiago Bernábeu, ya sin Cristiano Ronaldo y con los jugadores sufriendo de una falta de confianza, resonaban con fuerza declaraciones de gran líder; de guía que repite todas aquellas cosas que no deben olvidarse.

Podemos y debemos seguir por aquí, de hecho. No hay que esconder que Zidane contó con una serie de jugadores inigualables. El Real Madrid juntó plantillas de una singularidad, idoneidad y talento memorables, que el galo se encargó de entender manejando estados de ánimo, complementando roles y construyendo equipos orgánicos y funcionales. No siempre lo logró desde el punto de vista de la fluidez -en no pocos tramos abusó del centro lateral sin demasiado sentido, generando mucha crítica en un entorno mediático tan exigente como el blanco- pero sí desde la particularidad que es el Real Madrid, históricamente ajeno a tendencias tácticas. No obstante, ya en su segundo año, por ejemplo, su gran obra como entrenador blanco, la del 4-3-1-2 que eligió a Isco en lugar de Bale como el pegamento de cinco cumbres futbolísticas camino de Cardiff -Kroos, Modric, Benzema, Marcelo y Cristiano-, demostró una sensibilidad evidente para lograr, primero, un clima de inspiración, y después, una gestión excelsa, recordada por la llamada Liga de la unidad ‘B’ o de los 20 titulares (dos decenas de jugadores sumaron más de 1.000 minutos en competición doméstica), cosechando el primer doblete Liga-Champions del Real Madrid desde 1958 o, lo que es aún más meritorio, lograr, nunca se sabrá si convencer, que Cristiano Ronaldo -Cristiano Ronaldo- descansara.

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#Panenka154

ACARICIANDO EGOS

Deteniéndonos en aquella final de la Liga de Campeones 16-17, el Real Madrid alcanzó uno de sus picos de juego y trascendencia entre todos los que compusieron su lustro 2014-2018. La magnitud y exhuberancia de aquel triunfo ante la Juventus en Cardiff (1-4) explicaba cómo un grupo de jugadores sensacionales, de la mano de su técnico, hicieron posible un sistema que podía naufragar defensivamente en los costados, que requería de una sensibilidad especial de algunas de sus piezas, todas impulsadas por el carácter, liderazgo y singularidad de su entrenador. David Bettoni, su segundo, afirmaba que acompañando grupos de jugadores tan importantes, en un club de esa trascendencia, Zidane era el mejor. Parte de su método acariciando egos mientras reclamaba compromiso y tensión no está a nuestro alcance conocerlo. Su intransferible psicología a nivel humano queda para las entrañas de aquel vestuario. Pero nos queda el resultado y el camino como la mejor de las pruebas.

Esto, más allá de que uno pueda repartir méritos como desee entre las plantillas que dispuso entre 2015 y 2018 y el valor del técnico, no fue así en su segunda etapa como entrenador. Hay que recordar, de nuevo, que Zidane llega tras la marcha de Julen Lopetegui en un momento en el que el Real Madrid, tras la salida de Cristiano Ronaldo, deja de invertir con asiduidad. Quizás no era posible mantener el nivel de determinados perfiles, pero la llegada de Hazard y Jovic no terminan teniendo ningún impacto mientras, en la temporada posterior (2020-21), el club no realiza ningún fichaje. Es aquí donde seguramente cobre sentido explicar qué caracterizó a ‘Zizou’ una vez tuvo que cambiar el sentido de su trabajo. De sacar la mejor versión de jugadores que ‘hacían la táctica’ a intervenir con mucho mayor trabajo de pizarra cuando individualmente los jugadores dejaron de controlar, pasar, imaginar y rematar cosas inverosímiles continuamente. Sí, seguían Kroos, Modric, Benzema, Bale o Ramos. Sin embargo, no se debe minusvalorar el impacto que supone perder de forma súbita a un cinco veces Balón de Oro. “No está Cristiano, no pasa nada. Tenemos jugadores extraordinarios de verdad”, dijo sin mostrar ni un ápice de debilidad.

En esas, el francés realizó un trabajo impecable, principalmente en la 2019-20, donde logró levantar el título de Liga. Lo hizo invirtiendo tiempo en dos conceptos difíciles de sostener en un club tan alejado de la narrativa táctica del momento: la salida de balón y, sobre todas las cosas, la presión en campo contrario. Debe decirse que, casi al mismo nivel que la gestión de vestuario y el conocimiento y trato del jugador, la gran labor del Zinedine Zidane post-Ronaldo en el Real Madrid fue crear una mentalidad de presión como comportamiento general.

Como automatismo y resorte. Así fue. De esa etapa es imperativo apuntar dos cosas: la conversión, mano a mano con su ídolo, de Karim Benzema como potencial y finalmente real Balón de Oro -ahí están su rendimiento, regularidad, competitividad y puntualidad- y la vigencia y dominio que tuvieron las siglas que mejor definen, futbolísticamente, al Zidane entrenador: la CMK, el tridente en la medular formado por Casemiro, Modric y Kroos.

Este trío de centrocampistas, quizás el gran legado de Zidane para el siguiente entrenador, comenzó nada más llegar. Seguimos recordando. Carlos Henrique Casemiro pasó mucho tiempo, casi siempre, siendo cuestionado por el hecho de no estar a la altura del talento tan bruto que tenía a su alrededor, tanto cerca como más lejos sobre el campo. Sin embargo, Zidane apostó por sus otras muchas virtudes -el brasileño fue capaz de sostener las subidas de Carvajal y Marcelo a la vez-, dando con ese tipo de decisiones que explican el pasado de ‘ZZ’ como jugador; sus preferencias, sus refugios y sus convicciones. Zidane siempre creyó en la solidaridad, determinación, fuerza y calidad en los duelos de Casemiro; solo tenía que integrarlo en el plan que fuese surgiendo cada temporada. Su suerte fue contar con dos centrocampistas que, con el balón en su poder, eran directamente salidos de un sueño pero, más aún, sin él, mostraron una lealtad táctica para construir y definir cada sistema. En lo primero, con el esférico, fue sorprendente ver cómo Zidane llegó a diseñar salidas de balón donde Casemiro directamente se apartaba del vértice, se colocaba en campo contrario, al igual que Ferland Mendy en una etapa posterior, mientras Kroos, Modric y Carvajal como lateral interiorizado direccionaban la posesión e instalaban al equipo en disposición de atacar.

 

La puerta de entrada de Zidane como entrenador conecta con Cruyff. Ellos dos han sido los dos grandes genios del balón que han entrado en el olimpo de los entrenadores a través del lenguaje de los pies

 

EL ESTRATEGA

Después, sin la pelota, Zidane vislumbró un talento no tanto escondido, pero sí intermitente en Toni y Luka: presionaban y defendían de forma sobresaliente. “Sé cómo funciona la cabeza de un jugador. No soy el mejor tácticamente, pero tengo otra cosa”, expuso en rueda de prensa. Nos detenemos en el 3 de diciembre de 2016. El ‘Clásico’. El Real Madrid visita Barcelona y Zidane sorprende con su alineación: no está Casemiro en el once inicial y Kroos es baja por lesión. El francés alinea un 4-3-3 donde Luka Modric es el mediocentro. Ser el mediocentro titular ante el Barcelona de Leo Messi no es para cualquiera. Del croata se sabía un compromiso y un desgaste inherentes a su personalidad, pero no la compostura táctica que demostraría no solo a nivel posicional sino hallando salidas tras robo con la destreza de un verdadero especialista en la posición. Modric dio una exhibición. Fue uno de los partidos que mejor definió a Zidane en su calidad como estratega. A diferencia del Alonso-Khedira-Di María de la ‘Décima’, la CKM representó como pocas cosas las tres Copas de Europa consecutivas cosechadas por Zinedine. Un paraguas futbolístico y competitivo que no encontró apenas comparación en el continente.

Cabe detenernos, por último, en lo que fue la antesala de la final de Kiev. Zidane había dado síntomas, como el resto del equipo, de que el desgaste había entrado de lleno en aquel vestuario. El balón cada vez pesaba más, las mentes se cargaban y la Liga se escapaba. La ida de la semifinal ante la Juventus, más aún que el milagro de clasificarse en la última jugada del partido de vuelta, explicó lo que perduraba en esencia sin la salud ni el convencimiento. El equipo jugó un partido, como la propia final ante el Liverpool, ciertamente distante, muy discontinuo, pero de una consciencia muy profunda. En cierto modo, el Madrid en esos años se refundó. Con Ancelotti, Zidane y nuevamente Ancelotti, el club blanco entendió la competición máxima como si fuese capaz de no darle valor a ni uno solo de los pensamientos que se le pasaran por la cabeza, lo que los budistas llaman consciencia pura (ausencia y desapego de pensamiento, deseos y rechazos; un mar sin olas). Zidane se había quedado dentro de esos jugadores. Nada más ganar la última de las tres Champions seguidas que levantó, el francés dimitió de su cargo, como lo haría en 2021. “Me hubiera gustado convencerle, pero sé cómo es”, diría Florentino Pérez en la rueda de prensa donde se comunicó su marcha. El marsellés, tres Champions seguidas y dos marchas por iniciativa propia después, hizo las cosas como solo las haría él: se fue para volver a su sitio, en el que siempre ha estado y del que nadie, nunca, le ha desalojado.

 


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Fotografías de Getty Images.