Donde antes había adrenalina, ahora hay fatiga.

Donde antes había futuro, ahora hay recuerdos.

Donde antes había una portería, ahora hay un muro.

Reconócelo: te comportas como los jubilados con las obras. Si descubres un partido en el patio de un colegio, si te topas con una pachanga en la plaza, si adivinas una tanda de disparos en el parque o si en la playa se improvisa un ‘rondo’ cerca de tu toalla, te quedas absorto, pierdes el mundo de vista, el tiempo se detiene. Perseguir ese balón con la mirada y tratar de intuir qué acción logrará emocionarte es algo inevitable. Como inevitable es para los protagonistas de cada una de estas actividades pensar en lo aburrida que debe de ser tu vida si a los diez minutos todavía sigues ahí, de pie o sentado, atento e ilusionado, “una jugada más y me voy, a ver si alguien marca, ese bajito tiene mucha clase, ¡pégala de primeras!”.

Piensas en aquellas ancianas que cuando se cruzan con carritos de bebés se detienen y se agachan y empiezan a hablarles con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Cuánto hay de bondad en esas arrugas de fascinación y cuánto de enfermizo en lo que sucede muchas veces a continuación: una mano que se extiende, un intento de pellizcar el moflete o tocar el pelo? Lo que para esas mujeres es consecuencia de una ternura desbordante, para los padres de la criatura es una situación terriblemente incómoda.

 

Y si un pase se tuerce, ahí estarás tú, ladrón de emociones, para controlar la pelota con el interior

 

Tampoco es que sea muy cómodo, ni responsable, cruzar una plaza mientras el balón ‘vuela’ de un lado a otro perseguido por decenas de críos, ajenos al alboroto, a las caídas, a la descoordinación y al resto del mundo. Pero hay veces en las que ser un mero espectador no es suficiente. Y es entonces cuando decides entrar en territorio comanche. Consciente de que puedes llevarte un balonazo pero también de que el premio es increíblemente satisfactorio: porque si un pase o disparo se tuerce, ahí estarás tú, ladrón de emociones, haciéndote el sorprendido, como si la cosa no fuera contigo, para controlar la pelota con el interior, pisarla con mimo, notar si está poco o muy hinchada, y luego poner a prueba tu rosca, esa a la que fuiste dejando de lado para centrarte en otras cosas, porque entonces el reloj no corría igual, que es una forma de decir que había mucho tiempo, tiempo para todo, menos para hacerse mayor.

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—Señor, el balón.

Y el balón regresa a la selva de piernas, con un gesto técnico que provoca indiferencia. Y nadie sabe, ni siquiera tú lo sabes, que, como ocurre con la carantoña frustrada de la viejecita, en ese pase se esconde un grito de auxilio.

 


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Fotografía de Getty Images.