Fui uno de tantos. Con la perspectiva que me otorga el paso del tiempo, puedo afirmar sin ningún tipo de cortapisa que tuve la suerte de sufrir en mis carnes el impacto de un balón Mikasa. Mi yo de hace 15 años diría que soy un estúpido por asegurar semejante insensatez, mientras se rasca los cuatro triángulos tatuados que le ha dejado el pelotazo en la parte interior del muslo. Y digo que tuve suerte porque si alguna vez has sido alcanzado por uno de estos esféricos es que has estado ligado con un fútbol que ya no existe. Uno que, a pesar de ser doloroso de forma literal, tenía una mística que hoy parece irrecuperable.

Día de partido. El sol en una mañana de febrero jugaba siempre en tu contra. Te hacía creer que todo iba a ir bien y que en realidad no haría tanto frío como decían tus padres. Pero qué va. Salías de casa y la realidad te pegaba en la frente. El aire parecía correr a dos grados bajo cero y tú ya estabas pensando en ese momento en el que tenías que empezar a ponerte la equipación congelada y con olor a humedad porque la guardaron media mojada en la bolsa el domingo pasado. Lo único positivo es que entonces, todavía podías colocarte debajo la camiseta interior blanca que tu madre te dobló con tanto esmero la noche anterior.

Jugabais en casa y el campo de albero estaba reluciente. No sabías cómo, pero te convencías de que “joder, en realidad no está tan mal”, e incluso te atrevías a compararlo con el césped artificial recién colocado que tenían tus vecinos y rivales. Creías que la lluvia que había caído una semana antes aún tenía que notarse. Pero la verdad era que el terreno estaba como una piedra. Y tú, siendo consciente de ello, ibas a jugar el partido con unos tacos con los que muy probablemente acabarías con un esguince de segundo grado. Te daba igual. Tu único objetivo era poder llevar las nuevas Mercurial de Ronaldo Nazário.

 

El lanzador rival, a pesar de ser cadete, tenía la envergadura suficiente como para comprarse un botellón sin dejar sospechas

 

El encargado del campo cogía su manojo interminable de llaves y abría las puertas del almacén. Al fondo, debajo de las pequeñas porterías de PVC, de la bolsa de petos y de la montaña de conos, asomaba un saco lleno de balones compuestos por muchos triangulitos blancos y negros. Salías a calentar y de reojo mirabas cómo ese buen hombre volcaba el cesto del que brotaban unos cuantos Mikasa descontrolados. La imagen era estremecedora. “Hoy tampoco vamos a estrenar balones”, lamentabas junto a tus compañeros. En el club siempre se agarraban a lo mismo: “es que para jugar en tierra estos son los mejores”.

El árbitro ya se había llevado el silbato a la boca para pitar el inicio del encuentro. El primer balón te llegaba y todavía no te había dado tiempo de asimilar que estabas jugando un partido de fútbol. Ponías el pie duro como una tabla y el Mikasa rebotaba como si fuera la bola de una máquina de pinball. Tu entrenador te lanzaba entonces la primera mirada desafiante y tus aspavientos indicaban que la culpa había sido del esférico. La siguiente jugada requería hacer un golpeo en largo. Una misión imposible con semejante piedra. Era más rentable levantarla un poquito y pegarle de volea, con cuidado de que el impacto no coincidiera con el doble nudo que te habías hecho para que no se te escaparan esas botas que te colocaste a pesar de que te quedaban grandes.

El momento más duro llegaba cuando el colegiado decretaba una falta en contra en el borde del área. En ese instante, tu equipo empleaba una táctica de dispersión. Nadie quería ser miembro de la barrera. El más alto y el más gordo no se libraban nunca. En cambio, el ‘10’ siempre estaba exento de recibir pelotazos. No podía quedar grogui la persona que después debía tirar del carro. Al final, entre una cosa y otra, sin saber casi ni cómo, te tocaba ponerte. Para colmo, el lanzador rival, a pesar de ser cadete, tenía la envergadura suficiente como para comprarse un botellón sin dejar sospechas. El Mikasa aguardaba impaciente y tú ya no sabías qué más partes del cuerpo podías taparte. Evitar el gol o que te pitaran un penalti por mano era lo de menos. Tu único objetivo era que esa pelota no te golpeara. Al final te ponías de perfil y en la barrera se abría una puerta de dos metros de diámetro. El Mikasa acababa dentro de las redes y tu portero te lo recriminaba. Daba igual. Tú estabas contento.

Y es que, desde entonces, no ha vuelto a existir una pelota que generara tanto pavor. Ahora, rematar de cabeza parece coser y cantar. Antes, golpear con la testa el centro de un Mikasa era algo desaconsejable si no querías acabar tomándote un ibuprofeno después de los 90 minutos. Hoy, por suerte o por desgracia, los campos de tierra ya están prácticamente extintos. Ya no hay espacio para un balón que se ha convertido en una vara para medir la dureza de prácticamente cualquier objetivo. El mérito de marcar un gol con un Jabulani no puede ser comparable al de hacerlo con un Mikasa. En la actualidad, los niños lo tienen mucho más difícil para presumir en términos futbolísticos. Llegar a casa fardando de haber hecho un simple cambio de orientación no tendría ningún sentido. Hace un par de décadas, eso era un motivo más que suficiente como para decir: “Papá, mamá, he conseguido hacer un cambio de banda con un Mikasa”. Al final, el fútbol y la vida, eran dos aspectos mucho más sencillos.

 


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