Adolf Hitler se abrió la sien de un disparo el 30 de abril de 1945. Aislado desde hacía meses en el Führerbunker, el dictador recibía noticias cada vez más pesimistas sobre el asedio del Ejército Rojo. Noticias que le hablaban de una Berlín bombardeada, en llamas, al límite. Desde el refugio antiaéreo, en el subsuelo de la ciudad, el dictador apenas pudo hacerse una idea de la destrucción real de la capital alemana. Sabía, eso sí, que los soviéticos eran superiores numéricamente y que en lo alto del Reichstag, prácticamente en ruinas, ya lucía una desafiante bandera roja. No había escapatoria. Con el suicidio del Führer, replicado inmediatamente por otros coroneles, ministros y familiares de todos ellos, la rendición de la Alemania nazi ante las Fuerzas Aliadas cayó como fruta madura. El 8 de mayo, la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin en territorio europeo.

La Batalla de Berlín fue el último episodio de la madre de todos los conflictos. En las dos semanas que duró el cerco soviético, 125.000 civiles perdieron la vida en la capital alemana; jóvenes, niños y ancianos fueron forzados a combatir, exponiéndose sin suerte a los tanques, las metralletas y los ataques que llegaban desde el cielo. El 50% de las viviendas quedaron destruidas, dejando a más de un millón de personas sin hogar ni recursos. Un paisaje apocalíptico que pintó las calles berlinesas de hambruna, represalias y escombros. Un escenario salvaje que nadie supo (o quiso) prever cuando, nueve años antes, en agosto de 1936, la misma ciudad se vestía de gala para inaugurar los XI Juegos Olímpicos.

Aunque con reticencias iniciales, el nazismo aceptó el reto de organizar unos Juegos y los pervirtió con el objetivo de blanquear ante el mundo sus macabros planes, embutiendo con suma hipocresía a ese monstruo hambriento que era el III Reich en el disfraz de un peluche adorable. En total fueron 16 días de deporte y glamur, de hospitalidad y afluencia turística. De propaganda y prestigio. De orden, paz y normalidad artificiales. De héroes. De medallas. Y de fútbol. También de fútbol.

Altavoces para el nazismo

Los Juegos de 1936 están asociados a la figura icónica de Jesse Owens, ganador del Oro en cuatro pruebas de atletismo distintas y protagonista de anécdotas de contraste complejo -como la de que Hitler evitó saludarle por su color de piel-; sin embargo, la hazaña del afroamericano fue solo un borrón en el amplio, efectivo y grandilocuente uso publicitario que la Alemania nazi imprimió a aquel certamen. La cohesión nacional que buscaba el régimen nacionalsocialista a través de la exaltación de la raza aria tuvo su recompensa en forma de 89 medallas, 33 de ellas doradas, más que ningún otro de los países participantes, que fueron un total de 49 a pesar del boicot de la Unión Soviética y la no participación de España por culpa de la Guerra Civil -que también truncó la celebración de los Juegos Populares, un evento paralelo que iba a organizarse en Barcelona-.

Todo cuanto se organizó en Berlín durante aquel mes de agosto tuvo la intención de convencer al visitante de que la Alemania nazi era un país próspero, amable y cargado de razones. Y eso que la designación de la sede se la encontró Hitler una vez alcanzó el poder. El Comité Olímpico Internacional la había escogido en 1931 pero, dos años más tarde, el dictador apenas le encontraba bondades. Fueron sus asesores más íntimos (con el ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, a la cabeza) quienes lo convencieron del poder que entrañaba una cita como esta, hasta hacerle imaginar una Berlín inundada de esvásticas y brazos en alto: el escenario perfecto para vehicular la ejempla- ridad de un régimen que no solo venía fomentando la perse- cución antisemita; también legitimaba una agresiva política expansionista sin que las democracias europeas se inmutaran.

Prueba de la hiperbólica utilización propagandística que alcanzaron los Juegos fue el precio final del Olympiastadion, el estadio que debía albergar la ceremonia de inauguración y las principales pruebas deportivas: su construcción acabó costando 36 millones de marcos imperiales por los casi tres inicialmente presupuestados. O la frase que el propio Hitler pronunció a escasos meses del pistoletazo de salida: “La Humanidad nunca había estado tan cerca de la Antigüedad”. Si se refería, de forma premonitoria, al retroceso evolutivo que demostraría su estrategia imperialista, puede que tuviera razón.

Los Juegos superaron las expectativas. Más de 4.000 deportistas desfilaron en el Olímpico de Berlín el día de la inauguración, resultando especialmente ovacionadas las comitivas de Austria (los ‘hermanos’ que había que recuperar) o Italia (los aliados que había que mantener). La delegación francesa, que se arrancó con el saludo fascista pensando que estaba ejecutando el gesto olímpico, también excitó al público. Los ingleses y los americanos, por si acaso, se lo ahorraron.

Tanto en los alrededores del estadio como en las zonas céntricas de la ciudad, todo se cuidó con absoluta delicadeza. Las pintadas contra los judíos se habían eliminado, así como la fiscalización de sus comercios. Los estadounidenses, que a pesar de los debates ideológicos internos acabaron apoyando los Juegos, terminaron rendidos a aquella urbe cosmopolita y confortable. Y los medios extranjeros, a quienes ‘generosamente’ se les había levantado el veto, alucinaban con los altavoces repartidos por cada esquina de Berlín, que escupían a cada momento las retransmisiones de los eventos en disputa. Toda una fiesta. Toda una farsa. Fueron estos también los primeros Juegos televisados de la historia y Goebbels dobló la apuesta catódica contratando la mayor superproducción cinematográfico-deportiva hasta el momento, plasmada en la revolucionaria película -por técnicas audiovisuales y tecnología- Olympia, dirigida por Leni Riefenstahl.

Isaksen no era judío

Desplazándose de aquí para allá, firmando autógrafos y recibiendo baños de masas, Hitler no cabía en sí del gozo. La finalidad última de los Juegos, brindarle el máximo protagonismo posible, surtía efecto, una realidad que a nadie del COI parecía molestarle y que motivó algunas críticas como la del escritor Heinrich Mann (hermano de Thomas), que acusó directamente a los deportistas de actuar como “bufones de un dictador”. En medio del éxtasis y seguramente envalentonados por las circunstancias favorables, los asesores del Führer tuvieron una brillante idea: que presenciara los cuartos de final del torneo de fútbol masculino, que enfrentaba a Alemania contra Noruega. Para convencerlo, alguien de su círculo más cercano debió susurrarle algo así como “ganaremos fácil”. No en vano, el cuadro germano, tercero en el Mundial de Italia’34, venía de endosarle nueve goles a Luxemburgo en la ronda anterior. El historiador alemán Oliver Hilmes, en su libro Berlín 1936, descifra algunos de los detalles que ayudarían a entender lo que estaba por acontecer: “Con los ojos puestos en la semifinal, el seleccionador, Otto Nerz, dio descanso a sus mejores jugadores y optó por un once inicial con muchos reservas”. El periodista y también historiador de la NRK, la televisión pública noruega, Solve Rydland, se abona a la misma teoría de la relajación alemana. “La selección noruega fue a los Juegos Olímpicos de Berlín como una perdedora habitual. Nadie esperaba que tuviera ninguna posibilidad contra los anfitriones. Probablemente esa fuera la razón por la que Hitler estuvo en el palco, renunciando a presenciar la competición de remo, que era lo que realmente le interesaba. Sus consejeros debieron explicarle que sería una victoria segura”, concede a Panenka.

 

Noruega llegaba a los Juegos como una perdedora habitual. La jerarquía nazi no esperaba la derrota

 

El escenario escogido para el choque fue el Poststadion, un estadio multiusos que Hitler ya había pisado un año antes para pronunciar un discurso ante las Juventudes Hitlerianas. Hasta ese momento el récord de asistencia estaba en los 40.000 espectadores que habían presenciado, también en 1935, el combate de boxeo entre Max Schmeling, un exitoso púgil alemán contrario al nazismo, y el vasco Paulino Uzcudun. Pero esta vez la presencia del Führer y la convicción de que el combinado nórdico no plantearía oposición dejó un registro de más de 55.000 asistentes en las gradas. La plana mayor del gobierno fascista escoltó al dictador a su llegada. El jefe del Partido, Rudolph Hess; el comandante en jefe de la Luftwaffe, la fuerza aérea, Hermann Göring; el ministro de Propaganda, Joseph Goebbels; el ministro de Educación, Bernhard Rust, y el de Interior, Wilhelm Frick, llegaron sonrientes al palco de honor. Lo que no se imaginaban es que todos abandonarían el recinto mucho antes del pitido final y con cara de pocos amigos.

Las crónicas de la época subrayan los nervios de una Alemania atenazada, incapaz de interpretar el planteamiento alegre de Noruega, comandada por el debutante Odd Frantzen, carrilero derecho proveniente del Hardy, un club de la clase trabajadora de Bergen. Rydland, que realizó hace dos años un documental sobre su figura, destaca el papel “crucial” que tuvo en aquel partido y recupera un extracto del diario Aftenposten donde se puede leer: “Frantzen destrozó la defensa alemana con las fintas y regates de una súperestrella”. Aunque no participó como asistente, sí estuvo implicado en las acciones ofensivas de las que nacieron los dos goles ‘vikingos’, firmados ambos por Magnar Isaksen al principio y al final del choque, y que dejaron a toda la jerarquía nazi congregada con un palmo de narices. La selección alemana se quedaba sin medalla. Adolf Hitler, sin ganas de volver a ver un partido de fútbol. Y en su diario personal, Goebbels inmortalizaba estas palabras sobre aquel fatídico 0-2: “El Führer está muy nervioso, yo apenas puedo controlarme. El público está realmente furioso”.

Aunque alguna leyenda urbana sugiere que el mosqueo de Hitler vino más por quién había sido el autor de los tantos, cuyo apellido sonaba sospechosamente judío, Rydland corta de raíz el bulo. “Magnar Isaksen no era judío. Fue bautizado en una iglesia protestante noruega en 1910. El nombre Isak, además, es bastante común en nuestro país”. El combinado nórdico, dirigido por Asbjorn Halvorsen, que había sido jugador del Hamburgo durante 12 años, caería en semifinales ante Italia pero derrotaría a Polonia en el partido por el tercer puesto. Exultantes y satisfechos por haber dado la campanada, los noruegos regresaron a su país con una medalla de bronce colgada del cuello, el mayor hito futbolístico de toda su historia.

La selección noruega que, con dos goles de Isaksen, dejó a la Alemania de Otto Nerz sin posibilidades de medalla ante la mirada de Hitler.

Víctimas colaterales

Cuando, cuatro años más tarde, Alemania invadió Noruega, muchos de los integrantes de aquella selección todavía estaban en activo y triunfando en sus respectivos clubes. “Todos perte- necían a la clase media alta”, precisa Rydland. Todos menos Odd Frantzen. “Él representaba a la clase obrera. No tenía la educación del resto de sus compañeros y, al contrario que ellos, nunca había viajado al extranjero antes de los Juegos. Trabajaba en el puerto de Bergen, donde el boicot a Berlín’36 contaba con muchos adeptos. Sin embargo, la medalla de bronce acabó provocando entusiasmo entre sus vecinos”, agrega el periodista. A pesar de que siguió realizando grandes actuaciones que clasificaron a su selección para el Mundial de Francia, la guerra truncó su progresión. Hay poca información de su vida entre 1940 y 1945, pero sí existen fotografías donde se le ve celebrando el día de la liberación. Tras el conflicto bélico, se alcoholizó y perdió una pierna en un accidente laboral. Marginado por una sociedad que le negó la dignidad del resto de héroes olímpicos, en 1977 un borracho asaltó su casa y lo mató a patadas. Gracias al reportaje que Rydland dirigió para la televisión noruega, la historia de Frantzen fue rescatada del olvido y la ciudad de Bergen, a modo de desagravio, le puso una plaza a su nombre.

Del resto de internacionales, el goleador Isaksen siguió jugando (y ganando títulos) con el Lyn después de la guerra, mientras que el guardameta Henry Johansen, el hombre que dejó al mundo sin saber cómo habría gritado Hitler un gol, terminó su carrera en el mismo club en el que debutó, el Valerenga, mientras despuntaba en el salto de esquí. “Ganó alguna prueba y también era muy bueno en hockey sobre hielo y en una variedad del mismo, el bandy”, remata Rydland. Reidar Kvammen, otro titular habitual y amigo íntimo de Frantzen, no tuvo tanta suerte y fue arrestado por los alemanes al negarse a unirse a la policía nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Militaba en el Viking FK. “Trabajaba de oficial de policía en su ciudad natal, Stavanger. Pero al rebelarse contra los nazis, fue arrestado y deportado al campo de Grini y, más tarde, al de Stutthof, en Alemania”, explica Rydland. Aunque el cautiverio le dejó secuelas físicas, pudo retomar su carrera desde los banquillos.

Pero los que se llevaron la peor parte fueron los seleccionadores. Los dos, sí. Al noruego Asbjorn Halvorsen no le valió de nada haber realizado una carrera brillante como jugador del Hamburgo durante la década de los 20, con el que logró dos campeonatos alemanes. Existe una imagen del día en el que se despide de sus compañeros, tras colgar las botas, en 1934: todos lanzan el saludo fascista al aire pero él se mantiene impasible. La entrada de la Wehrmacht a Noruega en 1940 cogió a ‘Assi’ en el seno de la Federación Noruega de Fútbol, justo cuatro años después de haberse erigido como la cabeza pensante que había desarbolado en un terreno de juego a la Alemania nazi. Con motivo de la final de copa de aquel año, amenazó con cancelar el partido si en el estadio se izaba una sola bandera con la esvástica, como habían ordenado los delegados del III Reich en la zona ocupada. La Gestapo lo detuvo y lo paseó durante varios años por distintos campos de concentración. En 1944 fue puesto en libertad con una salud de cristal, pesando tan solo 48 kg. Moriría una década más tarde, convertido en héroe nacional.

‘Algo’ más abandonado terminaría sus días el técnico alemán Otto Nerz, fulminado de su cargo horas después de la derrota del Poststadion. Los soviéticos lo capturaron tras la Batalla de Berlín -era miembro del Partido- y acabaría falleciendo en 1949 dentro del campo de concentración de Sachsenhausen, construido, irónicamente, por los nazis para ejecutar a judíos y que, de 1945 a 1950, sirvió, para entre otras cosas, apresar a sus responsables. Tuvo cuatro largos años para preguntarse qué había fallado ante aquella correosa y sorprendente Noruega. O para recordar la cara desencajada de Hitler en su primer y único partido de fútbol como espectador. La misma, por otra parte, que el Führer dejó para la historia en aquel búnker berlinés después de dispararse la cabeza con una Walther PPK.

 


Este reportaje está extraído del interior del #Panenka72, un número que sigue disponible aquí.