“Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”, Eduardo Galeano.

 

Incluso más que por el deporte en sí, el balompié nos atrae por todas aquellas historias que se esconden detrás del balón. Como la de Japhet Sakala, un chaval, de apenas 12 años, al que ni siquiera la más áspera pobreza ha sido capaz de borrarle la sonrisa, de acabar con su sueño de ser futbolista. Sakala continúa residiendo en un barrio marginal de Lusaka, pero su vida cambió para siempre cuando, hace poco más de un año, Jordi Rovira llegó a la capital de Zambia para empezar una nueva aventura como director de la Barça Academy que abrió sus puertas en el país africano el 1 de abril. “Yo llegué solo diez días después. Venía de hacer de entrenador en la academia de Dubái. Allí los niños tienen todo lo que quieren. Tan solo les falta jugar en el Barça para acabar de cerrar el círculo, el perfil. Si tienes dinero puedes llegar a la luna, aunque futbolísticamente cuesta todo mucho más porque les falta compromiso. En Zambia es muy diferente. Cada día es una lección de vida. Venía de un mundo irreal, y aterricé en el mundo real. Aquí el nivel es altísimo, pero tienen muchas dificultades. Muchísimas. Hay mucha pobreza. Al principio me costó adaptarme, asimilar esta realidad tan dura”, reconoce Rovira el máximo responsable de un centro que tiene dos fórmulas para incorporar a jóvenes talentos: “Pagando la cuota mensual, como en el resto de las academias que el club tiene por todo el mundo, o a través de un patrocinio que nos permite dar la oportunidad a muchachos con muchos problemas económicos2. Así fue como una veintena de niños humildes llegaron a la academia azulgrana. Entre ellos estaba Japhet Sakala. “Empecé a ir por las barriadas pobres de Lusaka, buscando a jugadores. Y fue entonces cuando me encontré con Japhet, que viene de un barrio muy pobre. Jugaba descalzo, pero pronto vimos que tenía mucho talento, así que le seleccionamos. Para él, entrar en la academia ya era como un sueño. El fútbol es su pasión. Es la oportunidad de cambiar su vida, la de toda su familia”, continúa Rovira.  

Pero los problemas no tardaron en llegar. “Desapareció de repente dos semanas después de haber empezado los entrenamientos. Siempre había venido solo, así que no sabíamos cómo contactar con su familia. Volvió dos semanas después. Llegó a la academia cuando tan solo faltaban 30 minutos para terminar la sesión. Al acabar vino a la oficina. Me costó muchísimo sacarle las palabras para descubrir lo que había sucedido. Tenía miedo. Miedo a perderlo todo. Al final me contó lo que pasaba: tenía que caminar casi dos horas y media para poder llegar a tiempo de poder hacer la segunda mitad del entrenamiento. Y tenía que hacer el camino corriendo. Su madre, además, no quería que viniera, sobre todo porque después del entreno tenía que caminar dos horas y media más, de noche, para regresar al compound, el nombre con el que se conoce a los campamentos en los que malvive gran parte de las familias pobres que habitan en Lusaka, donde la pobreza extrema es del 80 o del 85%. Me lo contó un viernes. Los sábados por la mañana siempre jugamos partidos contra equipos locales, así que le di dinero para que pudiera venir en autobús. ‘Ven mañana. Después de los partidos iremos a comer y a hablar con tus padres'”, rememora Rovira, que el día después descubriría la pobre realidad de Japhet, el segundo de los seis hermanos de una familia que vive sin baño en casa y con el agua a unos 25 minutos de distancia y que había perdido al padre por culpa de la malaria, “una enfermedad que, por la falta de recursos, acaba teniendo las consecuencias que tiene”. “Le pregunté si existía la posibilidad de hacer el viaje desde el compound hasta la academia en transporte público y me dijo que sí, pero que no podían permitírselo. Eran unos seis euros semanales. ‘Me haré cargo yo. Cada lunes le daré el dinero’, respondí. Entonces atacamos el segundo problema, el tema de la escuela. Para llegar a la academia a la hora de empezar el entreno tenía que salir de clase una hora antes, pero la escuela no se lo permitía. Su madre había intentado reunirse varias veces con el director, pero no la recibían. ‘¿Quieres que vaya yo?’, le pregunté. Y entonces rompió a llorar. Es que imagínate la situación. Yo era un hombre blanco al que no conocían de nada que intentaba ayudarles en todo aquello que podía. Vestí a Japhet con la indumentaria del Barça, subimos al coche y nos fuimos, con él y su madre, a ver al director de la escuela, que nos recibió sin ningún tipo de problema. En diez minutos lo habíamos solucionado todo. Podría salir antes de clase. Podría continuar viniendo a la academia”, apunta, emocionado, Rovira, de 29 años.

“Quedamos en que les iría a visitar una vez al mes y que les llevaría comida, porque tan solo comían una vez al día. Por la noche, así que Japhet caminaba cinco horas para entrenar sin haber comido nada. La segunda vez que fui allí empezamos a escuchar gritos y golpes. Era un hombre que estaba muy nervioso. Estaba delante de la casa, tirando cosas al suelo. Salí a hablar con él. Me dijo que le debían dos meses del alquiler, que no podían quedarse ahí, que tenían que irse. Supongo que había venido cuando estaba yo expresamente. Me dijo que le debían 100 euros. La madre lloraba. Los niños también estaban ahí, viéndolo todo. Lo pagué yo. Y continúo haciéndolo”, continúa el director de la Barça Academy de Lusaka, que también ayuda a la familia con la ropa, además de la comida, el alquiler y el transporte de Japhet, un menudo jugador que tiene “muchas posibilidades de llegar a la primera división de Zambia. Le cambiaría la vida. Porque se ganan unos mil euros, un sueldo que aquí es una fortuna”.

¿Qué cuál es el secreto de la relación entre Japhet y Jordi? “La lección de vida diaria que me está dando Zambia se personifica en Japhet. Siempre sonríe, siempre hace broma. La forma que tiene de afrontar los problemas, la vida, es un ejemplo diario. Una lección, sí. Y no lo sabe, pero me ha ayudado muchísimo. Yo también he estado viviendo una situación tan difícil como lo es perder a un padre. El mío falleció el 22 de noviembre. Y esto me ha hecho cogerle mucha empatía. Nos ha unido mucho. Nos ha hecho construir una unión que difícilmente se romperá. Para mí está siendo una cosa brutal. La experiencia de mi vida. No lo tenía muy claro cuando vine aquí, pero es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Y gran parte de todo lo que estoy viviendo es por él. Gracias a él”, enfatiza Rovira, seducido por la sonrisa de un Japhet que a mediados de abril salió por primera vez de Zambia para participar en la Barça Academy World Cup, un torneo que reunió a más de 2.000 niños de las diferentes academias azulgranas en Barcelona. Ha cogido por primera vez un avión. Ha podido hacer tres comidas al día por primera vez. Ha podido fotografiarse con Leo Messi, Luis Suárez, Gerard Piqué, Marc-André ter Stegen o Philippe Coutinho. Con todos sus ídolos. Se ha emocionado al descubrir la inmensidad del mar. Ha visto de cerca lo que sería hacer realidad el sueño que persigue: jugar en el Barcelona. Ha vivido cosas que ni siquiera podía imaginarse aquel día en el que Jordi Rovira le descubrió jugando, descalzo, en un compound. Y lo ha hecho junto a su entrenador, ese hombre que hace 13 meses ni siquiera conocía y que ahora es su gran e inseparable amigo. La vida les robó a su padre. Pero el balón les ha dado un hermano.