El fútbol es la magdalena de Proust de los aficionados. Basta con ver repetido un gol, oler un bocadillo de tortilla o ponerte la camiseta de hace años para transportarte a cualquier partido. Cuando uno lee Planetario, llega a la conclusión de que la vida de Julián López (El Provencio, 1978) está salpimentada de recuerdos futbolísticos. El protagonista es Jota, un alter ego que le sirve al actor para hilvanar una novela musical, vertebrada con canciones de Queen. Es un viaje a la infancia y a la adolescencia en el que Julián López homenajea a su abuelo, el bendito culpable de que un chaval de un pueblo de Cuenca, a casi 600 kilómetros de Bilbao, organice su agenda en función de los partidos del Athletic. 

Actor, cómico, músico, ahora también escritor. ¿Con cuál se queda?

Quizá lo englobaría todo en intérprete. La comedia y la interpretación ocupan un primerísimo lugar en mi día a día en cuanto a trabajo e influencia. Me considero músico de formación y de corazón. Y el lenguaje musical me ha ayudado en lo otro. En cuanto a la escritura, pensé que era el vehículo perfecto para contar lo que quería.

¿Con Planetario quería rendir homenaje a la música?

Sin que suene pretencioso, quería homenajear a la vida. Al paso del tiempo, a las relaciones personales y las decisiones que se establecen según cómo decidimos vivirla. Pero, obviamente, la música tiene un gran peso. Y especificaría: la música como lugar desde el que mirar lo que pasa alrededor.

Sin ser un libro de fútbol, tiene muchos detalles: una bota de vino con el escudo del Barça, una conversación en el patio sobre la selección, unos periódicos deportivos con goles del Athletic… ¿Su vida está ‘contaminada’ por recuerdos futbolísticos?

Totalmente. Desde niño el fútbol ha estado muy presente en mi vida. La ha impregnado, sobre todo, por su vertiente más pura, más humana. Especialmente en forma de diarios deportivos, dibujos, retransmisiones televisivas o radiofónicas… Cuando la pasión te aborda en esa edad, lo hace para siempre. Y a mí me ocurrió con los colores de mi equipo.

¿Con el libro también quería homenajear a sus abuelos?

Así es. Son los que han estado antes que nosotros, labrando el camino que ahora recorremos. Hay una frase muy bella que me dijo una vez un amigo: ‘Los padres enseñan por obligación, los abuelos lo hacen sin querer’.

Su abuelo es el responsable de que usted sea del Athletic.

Sí, porque él se encargó de transmitírselo a mi padre, y este, a mí. Heredar el ramalazo del hincha por vía familiar, transmitido entre generaciones, es una cosa preciosa. Se establece un paralelismo con lo que significa un club de fútbol con tantos años de historia: los jugadores cambian, pero la identidad, el escudo y los colores permanecen.

En comparación con su abuelo y su padre, es el que menos títulos ha visto del Athletic.

He tenido esa mala suerte [ríe]. Eso sí, desde 2009 he visto muchas más finales de las que imaginaba en los noventa, cuando era un chavalín. La pena es no haber levantado más trofeos.

¿Cómo vivió las dos finales de Copa del año pasado?

Quise dividirlas entre ver la primera en mi casa, con amigos y toda la parafernalia, y la segunda con mi padre y mi familia. Imagínate el cuadro en ambas citas [ríe]. Pero he de decir que en la final disputada contra la Real, la noche derivó en una fiesta con muchas risas. Había que acabarse el vino y el champán. Qué otra cosa podíamos hacer.

¿Le preguntan por qué un chaval de El Provencio es del Athletic?

Sí. Y hubo un tiempo en el que llegaba incluso a molestarme. Quizá porque con ello se excluye a que cada uno, en su vida, puede hacer lo que quiera, que es una de mis máximas premisas filosóficas. Hay un debate largo con este tema, pero mantengo una teoría que, cuando queráis, os expongo en una charla [ríe].

Jota, el protagonista de la novela, tiene celos de su primo porque se apellida Guerrero, como Julen. ¿Fue su primer ídolo?

Eso está inspirado en un hecho real. Junto a Freddie, fue mi primer ídolo. Aún hoy rememoro de vez en cuando goles y jugadas suyas. Es como volver a casa.

A Jota le dicen en el libro que la minoría es dura, pero también un motivo de orgullo. ¿Como ser del Athletic?

Quizá sí. Tengo la sensación de que los aficionados cada vez están más lejos de lo que representa su club en la actualidad, de su identificación. En un fútbol que ha perdido algo el norte, el Athletic Club de Bilbao se mantiene como la irreductible aldea de los galos, como en Astérix.

¿Es cierto que ha cambiado compromisos profesionales para que no coincidan con partidos del Athletic?

Cierto. Sigo apuntando en mi agenda el día y hora de partido para intentar que nada interfiera en ello. Incluso me divierte hacerlo.

Cierre los ojos y piense en un concierto en San Mamés. ¿Qué grupo actúa?

Es inevitable pensar en Queen. Pero con Freddie. Si tuviera una máquina del tiempo intentaría llevarlo a cabo hablando con varios promotores.

¿Va mucho a San Mamés?

No tanto como me gustaría. Pero procuro ir, al menos, una o dos veces por temporada.

¿El viejo o el nuevo San Mamés?

Yo he crecido con el viejo. La ligazón con ese templo mágico está llena de tantos recuerdos especiales, como lo son la mayoría de los que tenemos en la adolescencia, que es difícil no quedarme con él. Dicho esto, tenemos un estadio maravilloso en el que, poco a poco, se  van acumulando bonitas crónicas.

 

La nostalgia queda muy bien en documentales y programas de televisión con contenedores de imágenes de archivo, pero en el día a día es un lastre”

 

¿Siempre parece mejor lo que sucedió en el pasado?

Intento pensar que no. Aunque en muchos casos me lo parezca. Pero suelo hacer el ejercicio de poner todos los elementos sobre la mesa y ser justo en comparaciones.

¿Usted es nostálgico?

Pienso mucho en ello. Creo que, por suerte o por desgracia, sí lo soy. Y fíjate, creo que más por desgracia. La nostalgia queda muy bien en documentales y programas de televisión con contenedores de imágenes de archivo, pero en el día a día es un lastre que muchas veces no nos deja caminar con fluidez.

¿Odio eterno al fútbol moderno?

Hay dos cosas que me separan del fútbol moderno. La primera es la identidad de los equipos. Antes en el Sevilla o el Betis jugaban más andaluces, en el Valencia más valencianos, en el Manchester más ingleses… Eso conectaba con lo que viví de niño en mi pueblo, cuando jugaban ‘los de aquí con los de allí’. Y por otro lado, el drama de las equipaciones. Las segundas sobre todo. ¡Dónde están los colores de identificación con el equipo! En muchos casos es lo poco que queda para identificar a un club, junto al estadio donde juega. ¿Pero qué es esto?

Cito de su novela: “El hecho de ser conscientes de que ya no miraremos algo otra vez con los ojos vírgenes era lo que dotaba a ese momento de la chispa que recordaríamos el resto de nuestras vidas”. ¿Qué recuerdo futbolístico le gustaría vivir por primera vez?

Sin duda, la final del Mundial 2010 y el gol de Iniesta. Me volví tan loco que no recuerdo con exactitud mi reacción. No sé a quién abracé primero ni qué grité.

Raúl Cimas nos contó que usted era un gran aficionado del Athletic. ¿Se hablaba de fútbol en La hora chanante?

Sobre todo entre el propio Raúl (madridista), Joaquín (barcelonista) y yo. Fíjate, los tres equipos que nunca han bajado a Segunda representados en aquel programa. Carlos Areces y Ernesto Sevilla, sin embargo, no son nada futboleros. 

¿Qué futbolista no hubiera desentonado en La hora chanante?

Quizá los de un punto extravagante: los Spasic, ‘Mágico’ González, Paqui, René Higuita, ‘Loco’ Abreu, ‘Mono’ Burgos, Leandro, Djalminha… Hay donde elegir.

Nombra los capítulos con títulos de canciones de Queen. ¿Cuál de ellas define mejor al Athletic?

Me quedo con Now I’m here. Aparte del aroma eminentemente rockero y setentero que tiene, con tanto rollazo, el mensaje de ‘estar aquí, ahora’ es lo que más siento cuando, de repente, son capaces de doblegar al equipo más poderoso del universo o se plantan en finales.

 


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Fotografías cedidas por Julián López.