Venido al mundo en 1927 en la entonces Ciudad Libre de Danzig, fue testigo de cómo su ciudad natal se convertía en el casus belli de la invasión nazi de Polonia, y la génesis de la Segunda Guerra Mundial. Enrolado en edad aún adolescente en las Waffen SS, producto de la “fascinación” -según su propia confesión en ‘Pelando la cebolla’- que la ideología hitleriana ejerció sobre los jóvenes de la época, se transformaría después en un escritor comprometido con una visión de la literatura como elemento de crítica en la Alemania del ‘milagro económico’ de posguerra. Identificado con las posturas socialdemócratas -colaboró con Willy Brandt-, su denuncia de la herencia nazi entre las jerarquías conservadoras y empresariales de la RFA, y su oposición a una reunificación exprés le valieron la oposición de los elementos más reaccionarios de la sociedad germana, incluso a pesar de merecer el Premio Nobel de Literatura en 1999.

Günter Grass fue todo eso, además de un aficionado al fútbol. Seguidor del Friburgo, Grass admitía en 2006 su tardía relación con el balón. “Ya a los 50, empujado por la afición de mi hijo pequeño, disputé un encuentro. Acabé exhausto, y no pude mover la rodilla durante cuatro días. Pero mi hijo estaba orgulloso, y eso me bastaba. Incluso puse algún centro digno, al más puro estilo de Lahm”, recordaba en esta entrevista para el Süddeutsche Zeitung. ¿Su posición en el terreno de juego? Cómo no, extremo izquierdo.

Además del Friburgo, Grass seguía con regularidad los encuentros del Sankt Pauli, el club más alternativo y antifascista de Alemania. El escritor llegó a colaborar en 2004 con la precaria economía del equipo hamburgués al realizar una lectura pública de su libro Mi siglo en el Millerntor Stadion ante unas 2.000 personas. “El acto tuvo el formato de un partido: 45 minutos, pausa y otros 45 minutos. Y al final yo mismo di el silbatazo final… sin prórroga”, bromeaba.

Durante aquella lectura pública, Grass recuperó los tres relatos futboleros que incluyó en sus 100 piezas sobre el siglo XX: la primera final del campeonato alemán, en 1903, entre el Leipzig y el Deutscher de Praga -el conjunto de la minoría germana de la capital checa-; la sorprendente y catártica victoria de la RFA en el Mundial de Suiza ’54 ante los húngaros mágicos de Puskas, que tuvo un efecto moralizador entre la deprimida población alemana de la época; y el simbólico triunfo de la RDA ante la RFA en 1974, en el único partido que enfrentó a las dos Alemanias durante la Guerra Fría. “Este partido lo relato desde el punto de vista de Günter Guillaume, un agente de la RDA que espió al canciller Willy Brandt hasta que fue descubierto. En el momento del partido, Guillame estaba en prisión: me lo imagino sin saber a cuál de las dos Alemania debía animar”, recordaba.

Con el tiempo, Grass lograría reconciliarse con su país, del que que salió a finales de los 80 para vivir un año en la India. Casi extrañado, reconocía que en los últimos tiempos había llegado a cantar el himno germano antes de los partidos de la ‘Mannschaft’ (“habla de una Alemania unida, pero unida en libertad y justicia”) y a insultar al árbitro, “voz en grito, un gesto que convierte a los estadios en una válvula de escape”. En su pasión por el balón colaboró la reconversión estilística del fútbol alemán, personalizada en una figura que venció resistencias e inmovilismos: Jürgen Klinsmann. “Es una de las pocas figuras del deporte que se ha negado a colaborar con el Bild [el diario más vendido de Alemania, de carácter sensacionalista y conservador]. Por eso le han criticado. Los peores ataques contra él han venido desde sus páginas”.

El siglo XX, con sus macabras idas y sus cínicas vueltas, ha perdido hoy a un afilado narrador desde su esquina alemana. Y el fútbol, a un inquieto observador.