Juan Román Riquelme lo ha visto casi todo. El Barça despedazado de la era pre-Guardiola, el sueño europeo del Villarreal y ese penalti marrado, las eliminaciones crueles en los Mundiales, las polémicas con Maradona… pero también las victorias con el club de su corazón: Boca Juniors. Cabeza gacha, mirada triste y boca cosida, lo ha visto casi todo pero no ha hablado de casi nada. Ahora que escribe el epílogo definitivo de su carrera, el diez  abandona su voto de silencio. [Entrevista publicada en junio de 2013, en el Panenka #20]

– Se te ha etiquetado como el último diez del fútbol. ¿Tú también lo crees?
Sinceramente, no lo sé. Es cierto que la posición de diez se utiliza cada vez menos, pero tanto como el último… Yo sólo puedo decir que para mí es una responsabilidad preciosa defender este puesto. El fútbol siempre depende de lo que hacen los números diez. Cuando el equipo funciona, todos lo han hecho bien; cuando el equipo juega mal, la culpa es del diez. Es una responsabilidad magnífica y yo la adoro porque es lo que la gente viene ver a los partidos. Si preguntas, seguro que el aficionado contesta que va a ver a Zidane o a Iniesta. Jamás he visto a un hincha pagar una entrada para ver a un portero o a un central.

– ¿Qué tienen estos jugadores que no tenga el resto?
Zidane no era el más rápido ni Iniesta es el más fuerte, pero son ellos los que deciden los encuentros. Los equipos juegan a lo que ellos quieren y el balón va al ritmo que ellos deciden. ¿Por qué? Porque son ellos los que tienen el mando. El fútbol es sólo eso: pase y control. Si no dominas esos gestos estás perdido. Para mí, el mejor de los últimos 20 años es Zidane. No creo que volvamos a ver muchos jugadores que controlen la pelota como él lo hacía. Era increíble. Cuando Beckham cambiaba el juego de izquierda a derecha en el Madrid para Zidane, que controlaba la bola, era un maravilla. En su último partido como blanco, en 2006, cambió su camiseta conmigo y puedo decir que es una de las joyas más preciadas en mi casa.

– En aquella época jugabas en aquel Villarreal que convertiste en un equipo muy argentino: toque y control…
[Asiente] Antes el equipo jugaba para no bajar de categoría, sumar 42 o 43 puntos lo antes posible y no sufrir demasiado. Cuando llegué, en el Madrigal había argentinos, uruguayos, bolivianos, brasileños y teníamos muy buena relación con Pellegrini y el presidente Roig. Tenían mucha confianza en los sudamericanos y en nuestra manera de jugar y los resultados llegaron: semifinales de la UEFA y de la Liga de Campeones, y un subcampeonato de liga.

– Era el Riquelme que llegaba de Barcelona peleado con Van Gaal.
Él tenía una enorme confianza en su manera de ver el fútbol. Me acuerdo todavía del día en que llegué a Barcelona. Justo después de la presentación me convocó en su despacho. Estaba rodeado por un montón de cintas de vídeo y todas eran de mis partidos. Me dijo: ”Cuando el equipo tiene el balón, eres el mejor jugador del mundo. Pero cuando lo pierde, jugamos con uno menos”.

“Jamás he visto a un hincha pagar una entrada para ver a un portero o a un central”

– ¿Tenía razón?
No lo sé [sonríe]. Honestamente, siempre he respetado la decisión de los entrenadores, siempre tienen algo que enseñarte. Y eso es lo que pasó con Van Gaal. Guardo un buen recuerdo de él. Seguramente no piensa mucho en la manera en la que dice las cosas pero siempre va de cara.

– Pese a todo, al principio te ponía en el once, aunque retirado en el lado izquierdo.
Sí, pero luego pasó algo extraño. Fue en un partido contra el Racing de Santander, creo. Ganamos 2-1 y di las dos asistencias para Kluivert. Al día siguiente, Sport y Mundo Deportivo coincidían en que había hecho un gran encuentro. Estaba feliz. Llegué al entreno y Van Gaal nos reunió para hablar con nosotros. Nos felicitó, pero de inmediato explicó que yo no había hecho un gran partido como todo el mundo decía porque había dado las dos asistencias desde el centro y él me había dicho que tenía que quedarme en la izquierda. Y ahí se acabó todo. A partir de ese momento no volví a jugar.

– En cierto sentido Van Gaal tenía razón. Cuando tienes a Riquelme en tu equipo estás obligado a jugar a la manera de Riquelme.
Sí, pero cuanto más tiempo tengas la pelota más posibilidades tienes de ganar el partido. Para empezar, te aseguras el 0-0 porque a esto se juega con un solo balón. Además, cuantos más jugadores técnicos tengas más opciones generas para llegar a la zona de gol. Y por encima de todo, es la manera en la que me gusta jugar: controlar el balón, tocarlo siempre y no correr detrás del adversario. Es lo que practica desde hace tiempo el Barça y todos coincidimos en que es el equipo que mejor juega al fútbol del planeta. Xavi e Iniesta quieren siempre la bola, conducirla, tocarla 300 veces por partido. Así es como los diez nos sentimos bien.

– Cuando evocas el juego del Barça el primer nombre que citas es el de Iniesta.
Messi es evidentemente el mejor jugador del mundo. Pero yo siempre digo lo mismo: cuando Messi se toma diez o 15 minutos en los que parece que piense en otra cosa, ¿quién se ocupa de divertir al público y al equipo? Ese es Iniesta. Le dice a Messi: ”Estate tranquilo”, y se pone a pensar. Elige por dónde se ataca y por dónde no. Iniesta es el auténtico diez del Barça. Durante ese rato Messi se pasea y, cuando recuerda que está jugando un partido, mete dos o tres goles.

– ¿Tú nunca te aburres viendo jugar al Barça?
Jamás. Y cuando el Barça juega veo que gana casi siempre, que en el fondo es de lo que esto se trata.

– Siempre has tenido un ritual muy divertido: besas el balón antes de tirar una falta o un penalti. ¿Por qué? 
¿Y qué sé yo? Es algo que siempre he hecho de manera natural. Muchos pensarán que estoy loco porque cojo la pelota y le hablo y le doy caricias y besos. Pero es que en mi vida sólo hay tres cosas: mi familia, mis amigos y el balón, que me lo ha dado todo. Y si tratas bien a la pelota, con cariño, ella te lo devuelve.

– ¿Tu partido perfecto fue aquel 6-0 contra Serbia en la Copa del Mundo de Alemania de 2006?
A veces, cuando un choque empieza tú ya sientes que va a ser un gran partido. Tocas el balón las primeras dos o tres veces y todo te sale. Ese día, todos teníamos esa sensación así que sólo teníamos que aprovecharlo. Fue una locura. No es nada fácil meter seis goles en un Mundial. Tuvimos el balón todo el encuentro y la guinda fue aquel famoso gol de Cambiasso, el tanto con el mayor número de pases que se ha marcado en un  undial. Fueron más de 20, creo [25 exactamente].

– Eres un gran fan del fútbol brasileño, algo extraño para un argentino.
Es que siempre están ahí. Romario desaparece y sacan a Ronaldo. Ronaldinho es una maravilla durante tres años y cuando se engorda surge Kaka. Ahora es Neymar. No se cansan nunca. Por eso me gusta Brasil, y porque juegan al fútbol como viven.

– Tú también juegas como vives.
Jamás he abandonado el barrio en el que nací. Todavía vivo allí, con mis amigos de la infancia y mis nueve hermanos y hermanas, de los que soy el mayor. Pasamos mucho tiempo juntos, jugando y viendo fútbol, y haciendo asados. Fue allí donde nació tu fútbol. Empecé a los 14 años. Mi padre tenía un equipo en el barrio y jugábamos torneos para ganar dinero. Cuando fiché por Boca continuaba yendo con ellos. Incluso hoy en día, cuando estoy de vacaciones, sigo jugando en el barrio.

– Muchos de esos partidos acabarían a palos…
Siempre. Sistemáticamente. Era de los más jóvenes así que no me peleaba, a mí me defendían. Y a veces yo era la causa del conflicto. Cuando me daban demasiadas patadas sobre la cancha mis compañeros se solían enfadar. Luego cuando jugaba con un árbitro que no permitía las faltas era un auténtico lujo. Cuando debuté en el mundo profesional, era casi demasiado tranquilo.

– Hubo un medio de Palmeiras que juró romperte en dos partes en una Libertadores en el año 2000, ¿no?
Se llamaba Galeano. Yo no tenía miedo, sabía que nada malo iba a ocurrir sobre el terreno de juego. Al final, me dio un puñetazo en un labio, pero nada grave. Era algo normal para mí. Siempre me he tomado las cosas con mucha calma. En el vestuario estoy bebiendo mate hasta 20 minutos antes del partido. Y cuando salgo, tengo las ideas claras y sé perfectamente lo que debo hacer.

– Cada vez hay menos potreros en Argentina, ¿te preocupa?
Sí, porque si aprendes a ser bueno ahí, si puedes controlar el balón en un terreno lleno de agujeros y piedras, luego sobre el césped todo es mucho más sencillo. La tradición del potrero se está perdiendo. Ya casi no hay partidos por la calle. Cuando voy con el coche, no veo a los chicos jugando de sol a sol.

– Tú jugabas con tu padre, pero además él te obligaba a ver muchos partidos por la tele.
Todo el tiempo, y hoy en día todavía lo sigue haciendo. Vemos los partidos siempre juntos y no se pierde un choque en la Bombonera. A veces, todos dicen que he jugado bien pero él no lo cree así. Nunca está contento, pero está bien porque eso me ayuda a ser más exigente.

– ¿Y con tus compañeros miráis juntos los partidos?
Se ha convertido en algo complicado. Hoy, si le preguntas a un joven dónde juega Lampard te dice Chelsea. Pero si le preguntas cómo juega, no tiene ni idea. Sólo lo conoce de la Playstation. Los futbolistas de hoy son diferentes. Nosotros bebíamos mate y sólo hablábamos del siguiente partido, ellos están más pendientes del teléfono que del fútbol.

“En el vestuario estoy bebiendo mate hasta 20 minutos antes del partido. Y cuando salgo, tengo las ideas claras y sé perfectamente lo que debo hacer”

– ¿Se puede jugar bien al fútbol sin ver partidos de fútbol?
Yo pienso que mirando fútbol es como se aprende. Necesitas saber cómo juega tu rival, qué jugador te va a marcar, etc… Además, yo miro los partidos de Europa porque ahí juegan los mejores del mundo y siempre aprendes algo. Me encanta por ejemplo ver al Bayern y a la selección alemana porque quieren dominar el partido, ser protagonistas. Pero aquí un chico debuta en Boca y todo el mundo ya le conoce. Sale a un restaurante o a una discoteca y no le dejan pagar la cuenta. Montones de chicas guapas se pelean por estar con él. Somos los viejos los que tenemos que enseñarles que deben vivir sólo para el fútbol.

– Tú eres un ejemplo para muchos, pero tampoco te han faltado los críticos.
Si juegas en Boca Juniors la mitad del país te quiere y la otra te odia. Me he acostumbrado a vivir con esta presión y, es más, es algo que se echa de menos cuando juegas en Europa. Yo, por ejemplo, era hincha de Boca antes de ser jugador. Argentinos se puso de acuerdo con River Plate para venderme, pero les dije que yo allí no podía irme. Si hubiera aceptado no me hubiesen dejado entrar en mi propia casa. De hecho, mi padre estuvo dos meses sin hablarme cuando me marché a Barcelona. Él hubiese querido que jugase en Boca toda la vida. 

– Tras varios meses fuera de los terrenos, has regresado a Boca por tercera vez junto a Carlos Bianchi. 

Para mí es el mejor. Me ha enseñado mucho, tanto en el fútbol como en la vida. Y además me dejaba jugar esos partidos con mi familia y amigos de los que hablaba. Durante la temporada 2000-01, Bianchi ponía a los titulares los miércoles en la Libertadores y a los suplentes los domingos en el campeonato. Yo estaba libre el fin de semana, así que me iba a jugar con mi padre y mis amigos por dinero, porque ellos lo necesitaban. A veces, los lunes venía con las piernas rascadas por culpa de la hierba sobre la que había estado jugando todo el domingo, pero Bianchi no me decía nada. Me daba libertad, siempre y cuando el miércoles estuviese a tope pasase lo que pasase.

– ¿Te arrepientes de algo en tu carrera?
Quizá el día que le dije que no al Manchester United. Fue antes de las semis de Liga de Campeones de 2006 ante el Arsenal. Ferguson me vino a ver al hotel y le pregunté al presidente si me querían vender. ”Vendería a todo el Villarreal menos a Riquelme”, me dijo. Así que mi respuesta al United no pudo ser otra que: ”No, gracias”.

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