El encuentro no puede empezar con otra pregunta. “Roberto, ¿te gusta el fútbol?”. “Sí, claro!”. Responde Roberto Saviano con una entusiasta sonrisa, mientras repasa velozmente el dossier del #Panenka04 dedicado al fútbol soviético. El fútbol y el marco en el que se desarrolla el encuentro, la librería La Central – “estar en una librería es como respirar”, diría esa misma tarde en Twitter- hacen que el escritor napolitano se sienta cómodo. Definitivamente nota que regresa al territorio inviolable de la infancia, la verdadera patria de todo aficionado. El recuerdo del fútbol evade el amargo presente, y el sombrío futuro, de haber vivido muchos años bajo protección por la permanente amenaza de muerte tras la publicación de Gomorra. La nostalgia del Nápoles de Diego Armando Maradona, en estas circunstancias, es un pedazo de libertad.


 

Mis primeros recuerdos de fútbol son con Diego Armando Maradona en el equipo de mi tierra, el Nápoles. No olvidaré las lágrimas de mi padre con el primer Scudetto en 1987. No vi nunca llorar a mi padre hasta que ganamos aquel campeonato.

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Hubo un episodio increíble, probablemente el momento más bonito de mi vida. Fue en el Mundial de Italia’90. Argentina se clasifica para las semifinales y debe jugar contra Italia, en Nápoles. Fui con mi padre a ver el partido. Yo era muy pequeño, aún no había cumplido los 11 años. Los dos llevábamos una bandera italiana. Nos adelantamos con gol de Schillaci y exultamos. Después empató Caniggia para Argentina. Nos quedamos quietos, en silencio. Entonces todos los aficionados no napolitanos que estaban en el estadio comenzaron a insultar a Diego, a increparlo y silbarlo. Pero en ese momento toda la curva, la napolitana, arrancó las banderas de las astas, y comenzó a gritar: “Diego!! Diego!! Diego!!!”. Y empezamos a animar a Argentina. Fue algo increíble. Que yo sepa, jamás ha sucedido en la historia del fútbol que una afición local animase contra su propia selección. Festejamos la victoria de Argentina y nos desilusionó mucho que le robaran luego la final contra Alemania.

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El Nápoles representó a un equipo simbólico. Para mi significó muchísimo. En un momento en que era sólo un niño, significó un sur diverso. Se pudo ver en la final de Copa de la UEFA, contra el Stuttgart, en Alemania, en una ciudad con gran concentración de inmigrantes del sur de Italia, que trabajan en el sector textil. Se contaban por miles. Luego, vencimos a la Juventus. Un equipo grande, la institución de los Agnelli, de la Fiat, la inmensa mayoría de sus trabajadores procedían del sur.

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También hemos sido un equipo corrupto. Vendimos un Scudetto por las apuestas, Maradona cayó en la cocaína y se relacionó con la Camorra. Aquel Nápoles no fue, por desgracia, solamente un episodio virtuoso.

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En todos lados, donde haya dinero, hay organizaciones que buscan un camino más rápido para llegar a las fortunas de una manera más simple. En el caso de los Scudetto, todo es más fácil: no es necesario corromper a todo un equipo. Sobornas a uno de allí y dos de allá. A veces los entrenadores se dan cuenta de esas conductas, pero no tienen pruebas, no pueden demostrarlas. Hoy ya no es como hace un tiempo, en el cual la corrupción involucraba a un equipo entero y llegaba al mismo presidente. Ahora hace falta poquísimo. Hay apuestas en el mismo desarrollo del partido, es decir, la primera parte termina de una manera y se apuesta por el cambio en el marcador final.

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En el caso de ‘Calciopoli’ se descubrió todo el monopolio de Moggi con la Juventus. Aquel escándalo sin embargo no ha sido derrotado del todo. El fútbol es para muchos algo divino, y a un religioso no le puedes decir que su Dios es un corrupto y que ha estado siempre corrupto y que es falso. Por lo tanto, los aficionados no creerán nunca que los partidos están amañados, que los jugadores son corruptos. Su religión es intocable.

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Berlusconi ama el fútbol, aunque no tenga el consenso de los aficionados, y ha transformado la política en tifoseria. Él mismo usa la terminología del fútbol. Afirma que hay que ‘scendere in campo’ [bajar al césped] para decir ‘quiero hacer política’. No es algo propio de él, ahora lo hacen todos, ¿eh?

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Llegados a ese punto, los electores ya son aficionados. Berlusconi ha creado eso: la hinchada. Es una de las cosas complicadas de vivir en Italia. El fútbol se ha convertido en modelo de gestión. Es decir, las elecciones parecen un partido de fútbol en el que no debes convencer, sino vencer, que es distinto. Lo simplifica todo. El mensaje político es más sencillo de asimilar. En Italia se ha perdido completamente la batalla de pensar que con las instituciones no se pueda discutir, y en esto ha colaborado en cierto modo parte de la izquierda. O estás a favor de las instituciones o en contra. No existe la idea de que aunque no formes parte de un consejo de ministros o de un partido no puedes debatir u obtener algo. En Italia esta idea es imposible.

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Ver los partidos en los cuarteles es muy agradable, la verdad, en compañía de los carabineros y la escolta. En estos últimos años solo una vez logré ver un partido en directo, uno del Barcelona. Me impresionó aquel momento porque pude reunirme con Messi. Cuando me vio me preguntó: “¿Pero eres un mafioso de verdad?” Y entonces yo le dije: “No, no, estoy en la otra parte”. “Aaaah”, me contestó, un poco contrariado.

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Messi es el heredero de Diego. Hay una gran diferencia entre ambos. Maradona jugaba con la cabeza levantada y Messi mira siempre el balón. Pero Messi es más veloz. Para aficionados como mi padre sería imposible comparar a un ser inmortal como Maradona con alguien mortal como Messi. Pero debo reconocer que quien más se asemeja a Diego es Messi.

 


Estas reflexiones están extraídas del interior del #Panenka07, un número que sigue disponible aquí