Mientras espera a que dé comienzo la gala de los Premios Panenka 2016 en la Antiga Fàbrica Estrella Damm, Miguel Pardeza (La Palma del Condado, Huelva, 1965) da sorbos a una cerveza fresquita. Encantado de la vida. Sonríe y tiene las mejillas ligeramente coloradas, como si este febrero fuera de mentira y en la calle campara a sus anchas el verano. De aquel futbolista que una vez fue quedan los ojos. Muy vivos, quizá esperando un último rechace. Ah, y los libros. Porque en eso tampoco ha habido cambios. Pardeza sigue leyendo con disciplina, de la misma manera que ya lo hacía cuando jugaba.

La novedad es que ahora escribe novelas y las publica. Hace unos meses Malpaso sacó Torneo, su debut literario, una biografía elegante con préstamos de ficción. El autor habla de ella con naturalidad. Parece un padre presentando al crío, mientras le atusa el pelo y le coloca bien la camisa. Sigue sin prestarle mucha atención a la etiqueta que le han ido colgando desde siempre. ¿Un intelectual del fútbol? No sabe de quién le hablas.

Antes de que arranque el acto, en el que acabará recogiendo el premio a Mejor Libro del Año, me permite que le haga otras cinco o seis preguntas.

¿Cómo esperabas que fuera la acogida de Torneo entre la gente del fútbol?

Sinceramente no sabría decirte, porque he pretendido hacer sobre todo un libro de literatura. Digamos que el motivo futbolístico solo está ahí porque el texto tiene una ligazón autobiográfica evidente. De alguna manera ya lo digo en el prólogo: este es un libro que navegaba entre dos aguas muy complicadas de conciliar. Hay gente de la literatura que me ha felicitado, otra que lógicamente me ha puesto algunas objeciones, porque los libros nunca son perfectos… Y luego personas del fútbol a las que también les ha sorprendido, puesto que es un mundo, este segundo, que quizás sabía más de mis inclinaciones, pero que al leer la novela se ha encontrado con revelaciones sobre cosas mías que eran más desconocidas. El origen de cualquier profesión te lleva a zonas un poco tenebrosas y oscuras, por así decirlo, que pertenecen sobre todo al que las vive y que no siempre son fáciles de comunicar para que la gente las entienda.

Del césped al teclado de un ordenador. ¿Como ha cambiado tu manera de relacionarte con el público?

Escribo como jugaba. Es decir: escribo pensando en que lo que escriba salga de la mejor manera. Lógicamente, cuando uno escribe y cuando uno juega lo que quiere es que la recepción sea la mejor posible. Yo jugaba para que la gente me dijera lo bien que jugaba, igual que ahora, cuando escribo, lo hago para que a la gente le guste. Pero indudablemente partiendo de la base de que nunca vas a conseguir unanimidad.

¿Eres más autocrítico ahora como escritor? 

Sí, creo que soy más duro conmigo mismo como escritor de lo que fui como jugador. Pero es que el fútbol tiene una gran coartada: la colectividad. Uno se puede amparar, justificar o disculpar por muchas circunstancias que no están bajo su control. Esa es la realidad. Es fácil culpar al que está a tu lado en un terreno de juego. Es más, creo que es humano. En cambio escribiendo no puedes señalar a nadie. Escribir es un acto solitario, silencioso. Estás tú con tus demonios y con el desafío permanente del lenguaje. Ahí no hay más. Lo que das es lo que das, lo que eres es lo que eres.

Seguro que el futbolista, por mucho que lo aparente menos, también tiene su reverso solitario.   

Jugar al fútbol es una aventura. Una aventura que, más allá de toda la parte anecdótica que te he comentando sobre el despojo de responsabilidad, te obliga a mirarte en el espejo. Sobre todo al principio y al final de tu carrera. En esas fases tienes que establecer un diálogo íntimo contigo mismo, tienes que ser sincero. Porque uno no siempre está dispuesto a aceptar lo que es. Empiezas jugando al fútbol pensando que vas a ser el mejor del mundo, y luego el tiempo y la realidad te van situando en el escalafón que te corresponde. Y al acabar pasa algo parecido. Llega un momento en el que uno empieza a notar síntomas de desgaste, pero le cuesta reconocerlos como tales. Esa frase tan famosa de que el futbolista es el último que se da cuenta que está acabado es real.

 

“El problema no es que los futbolistas no lean, sino que la sociedad no lee en general”

 

¿Cómo llevó su final Pardeza? 

Precisamente sobre esto estoy intentando hacer algo ahora. Sobre el momento de enfrentarte al vacío. Vacío es la mejor palabra que define el día después. Porque claro, te tienes que enfrentar a muchas cosas. Primero a la pérdida de los hábitos, que ya te genera un cierto estrés, pues dejas de hacer algo que te ha acompañado desde tu infancia. Después está la disolución absoluta de la que ha sido hasta ese momento tu identidad. Te tienes que reinventar de nuevo, y muchas veces desde cero. Es tan traumático que ha habido muchos exfutbolistas que no han sido capaces de readaptarse al nuevo tiempo. Además, estamos hablando de un abandono muy temprano, porque cuando cuelgas las botas todavía te queda toda la vida por delante. Y por otro lado tienes una serie de vicios y de malas costumbres adquiridas por tu profesión que también representan un gran obstáculo.

¿En qué sentido?

Bueno, eres un chico joven, has ganado dinero, no has trabajado mucho, te has dedicado a entrenar, a divertirte, a ser reconocido, a que la gente por ser famoso te lo haya puesto mucho más fácil… Y todo eso desaparece. La metáfora de los teléfonos callados es perfecta. Cuando te retiras, deja de sonar el teléfono.

Yo, por lo menos, tenía claro por dónde seguir. No hay nada peor para un jugador profesional que terminar y al levantarse no saber por dónde empezar.

¿Y qué papel ha jugado la literatura frente a ese vacío?

La literatura ha sido mi permanente compañera de viaje. Me ha salvado en muchas ocasiones y me sigue salvando. Por eso es algo tan recomendable. No solamente para la gente del fútbol. Es recomendable para la sociedad en general. Una sociedad leída, culta, es una sociedad con un punto de vista más preparado para afrontar la realidad. A mi cuando me dicen que los futbolistas no leen, les digo que el problema no es que los futbolistas no lean, sino que la sociedad no lee en general.

¿En qué estado se encuentran las relaciones entre fútbol y cultura? 

Creo que la cosa se ha ido normalizando. Pero no es fácil. El deporte históricamente se ha visto como la antítesis de la cultura. Por muchas razones. Y el fútbol ha arrastrado una serie de connotaciones que, a su vez, también le han perjudicado. Pero ha habido periodos en los que esta tendencia se ha roto. Por ponerte un caso sobre el que he estado investigando últimamente: Pasolini. Década de los 70, época de los años de plomo en Italia, los democristianos en el poder… Era un momento muy poco indicado para que un intelectual homosexual, comunista y católico al mismo tiempo se manifestara con un amor tan abierto al fútbol. Él era un tipo combativo, un tipo comprometido, y sin embargo defendió esa postura. Eso lo que demuestra es que el fútbol y la cultura, de alguna manera, se han ido dando algunos abrazos a lo largo de las últimos tiempos. Aunque los intelectuales más reaccionarios sigan pensado que este deporte nuestro es ajeno a la condición humana.

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