Una vez. Una sola vez. Lo juro. Si alguien me otorgara un deseo no pediría más que eso. Sería suficiente para retenerlo en mi memoria toda la vida. Saltar al césped vistiendo los colores que fluyen por mis venas. Ojalá. Recibir un balón de mi ídolo. Dárselo. Devolverle una mirada cómplice después de una jugada antológica entre ambos que se quedó a las puertas de pasar a la eternidad. Porque son más bonitas, más románticas, las historias imperfectas. Celebrar un gol. Que me lo anulen. Quejarme al árbitro por sus decisiones. Lo haría igual desde la grada, pero mola más sobre el pasto. Que me saque una amarilla. Saborearla. Parece imposible que este sueño se dé en esta vida, y lo es. Lo es, sí, a no ser que se alineen los astros, los cables del entrenador sufran un extraño cortocircuito y salgas en el segundo acto bajo el escudo de un nuevo apodo que te acompañará para siempre: Tittyshev.

Corría el verano de 1994. Harry Redknapp iniciaba su primer proyecto al frente del West Ham después de un año como asistente de Billy Bonds. Y una tarde de aquel julio los ‘Hammers’ visitaban el vetusto y coqueto campo del modesto Oxford City, el Court Place Farm, en uno de esos partidos de pretemporada de antaño. Nada de giras transoceánicas con el único objetivo de llenarse los bolsillos; un stage cerquita de casa era suficiente para preparar un curso que asomaba a la vuelta de la esquina.

Lo que sucediera en el primer tiempo de aquel encuentro entre Oxford City y West Ham poca relevancia tiene en esta historia. Los londinenses se fueron al descanso con ventaja, pero con una plaga de lesiones que obligó a Redknapp a disparar todas las balas que tenía en la recámara. Se quedó sin suplentes. Y lo único a recordar de aquellos primeros tres cuartos de hora, más allá del tuerto que había mirado a los jugadores del West Ham, que se desplomaban cual hilera de fichas de dominó, fue el pesado de detrás del banquillo que no paraba de dar la turra.

Tal y como cuenta el árbitro de aquel duelo, Dermott Gallagher, para un documental de Informe Robinson, un aficionado, de nombre Steve Davies, desplazado hasta Oxford por no tener nada mejor que hacer aquella tarde, “estuvo metiéndose con Lee Chapman durante toda la primera parte. Había poca gente y se oía todo”. Una detrás de otra, cada vez que el delantero ‘hammer’ entraba en acción, Steve Davies le ponía a caldo. Si caía contra el defensa, si fallaba un pase, si no definía bien, por encima de las 2.000 voces presentes aparecía la del hooligan del West Ham para meterse con un delantero que, como reconocía su amigo ‘Chunk’ en el mismo reportaje, “nunca le gustó, ni siquiera el día que le ficharon”.

 

“¿Crees que podrías jugar mejor que Chapman?”, preguntó Redknapp. La respuesta fue rotunda: “Por supuesto que sí”

 

Para colmo, al regresar de los vestuarios, justo en el arranque del segundo tiempo, se lesionó otro futbolista del West Ham. Era Lee Chapman, el ‘amigo’ de Davies. Redknapp echó la vista atrás, miró al banquillo y no encontró soluciones. Ni uno disponible. ¿Qué hizo? Se acercó al pesado de la grada con una consulta en mente. “¿Crees que podrías jugar mejor que Chapman?”, preguntó. La respuesta, probablemente la misma que hubiera dado la humanidad entera, fue rotunda: “Por supuesto que sí”. El utillero le acompañó al vestuario, le dio una camiseta y unos pantalones de su talla, y unas botas de su número de pie. Llegó al banquillo ya uniformado y Redknapp le preguntó que de qué jugaba. Él era defensa, pero se la coló. Por un día que iba a jugar con el West Ham, mejor hacerlo lo más cerca posible de la portería rival. “De delantero”, respondió. Y de delantero saltó al césped en el minuto nueve del segundo tiempo.

Nadie en todo el campo sabía quién era el tipo que sustituía a Lee Chapman. Sus amigos se jartaban. El árbitro, confundido, suponía que sería del filial. Los rivales alucinaban con sus pocas pintas de futbolista. Y el speaker del Court Place Farm, que no sabía cómo anunciar la sustitución, fue corriendo hasta el banquillo del West Ham para preguntarle a Harry Redknapp quién era aquel tipo que acababa de ingresar en el partido con el ‘3’ a la espalda. “¿No has visto el Mundial?”, le cuestionó el técnico. “¡Es Tittyshev, el búlgaro!”, sentenció justo después. Así le presentaron por la megafonía; y así arrancaba la Leyenda de Tittyshev.

Steve Davies, un aficionado cualquiera que se enamoró del West Ham tras la final de la FA Cup del 75, estuvo durante más de media hora sobre el terreno de juego compartiendo fatigas con sus ídolos, sobrellevando como podía las birras bebidas y los pitis fumados antes de entrar en escena. A su lado, Mike Marsh, Joe Beauchamp, Alvin Martin y compañía. Una locura. Surrealista. Casi tanto como lo que ocurrió en el minuto 71, con el marcador 0-4 a favor de los ‘Hammers’. Dentro del área, escabulléndose entre dos defensas rivales, Steve Davies se encontró con el balón, lo controló y lo envió a la escuadra, lejos del alcance del portero. Gol. Salió corriendo como un loco, había marcado el tanto de sus sueños, no era para menos. Pero el banderín del juez de línea se alzó y después se mantuvo firme, con el brazo tenso mirando adelante. Era fuera de juego. Y también demasiado bonito para ser real. El tanto no subió, aunque qué más da, él logró meterla entre los tres palos para el equipo de su vida.

Ahí concluyó la Leyenda de Tittyshev. Porque, como es lógico, aquella fue la primera y última vez que Steve Davies vistió la camiseta de su querido West Ham. Qué envidia; no lo neguemos. Porque todos, absolutamente todos, hemos soñado con ser algún día como aquel búlgaro que lo petó en el Mundial de Estados Unidos’94. Todos hemos querido ser Tittyshev.

 


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