ARSENAL FC 4-2 LIVERPOOL FC (09/04/2004)
7.6Notable
IMPORTANCIA6.5
EMOCIÓN8
TÁCTICA7.3
ESPECTÁCULO8.7
Puntuación de los lectores 17 Votos
6.2

El 9 de abril se acercó al Arsenal dando saltitos sospechosos, como si fuera una trampa miserable. Con el trofeo de campeón de la Premier League de 2004 ya casi empaquetado tras una trayectoria perfecta, el Liverpool aterrizaba en Londres en un momento propicio para hacer estallar las previsiones. Los ‘gunners’ acababan de caer eliminados en menos de una semana de la FA Cup (semifinales) y de la Copa de Europa (cuartos de final). Highbury todavía olía a fantasías chamuscadas. La Liga estaba tan encarrilada que era imposible no suponer que también saltaría por los aires.

Pensar que un partido dura lo que quiere un árbitro es una absoluta estupidez. Un sinsentido. Un partido empieza a disputarse mucho antes de que los futbolistas hundan la bota en el verde. Para dar con su inicio tenemos que remontarnos unos días, unos meses, tal vez unos años en el tiempo. El primer balón pinchado. Los domingos, tu abuela y el cuadro que rompes con un derechazo que todavía es muy zurdo. La tarde en la que tuviste tres remates claros y todos murieron en el poste. Los cigarrillos ingenuos que nunca tuviste que encender. La gomina, la chica y la resaca. La firma del contrato. El todo funciona hasta que deja de hacerlo. Los empates de lata y los tropiezos de mierda. Las dudas. El runrún en el autocar, en el vestuario y en la grada. La prensa y los malos augurios. El castañeo coral, de tacos y dientes, cuando subes los últimos escalones del túnel. Y los destellos cegadores que se inventa el sol sobre el césped mojado.

El Arsenal compareció en Highbury en el Good Friday de 2004 atenazado, como si jugase con miedo a que la cartera le cayese del bolsillo. Ya era el líder destacado de la competición, pero eso a menudo solo es un decir, un saludo burocrático que pronto queda desfasado con el avance de la conversación. El caso es que una nueva derrota podía no significar nada o arruinarlo todo.

Eso y que el Liverpool supo cómo estrujarle los nervios en el primer tiempo. Los ‘reds’ arrancaron como si fueran una manada de ratones enfurecidos, envueltos en llamas, poca calma pero mucho orden, asaltando cada palmo de campo y volcando los ataques una y otra vez sobre el carril izquierdo, el que custodiaba Lauren, el eslabón más blando de la retaguardia local. Al camerunés no le dejaron ni comprobar con qué pie se había levantado. Harry Kewell le desbordó en tres ocasiones y arañó tres córneres. En cada uno de ellos apareció Sami Hyypiä, uno de esos camareros que recolecta propinas hasta que se olvida de los clientes y empieza a servirse las copas él mismo. En el primero se colocó a escasos centímetros de Jens Lehmann, para estorbarlo, a lo que este reaccionó con un empujón. En el segundo insistió con el método, y tal fue la queja del cancerbero alemán que el colegiado tuvo que congelar el envío para pedirles calma a ambos. Y en el tercero encontró lo que buscaba. La pizarra de Gérard Houllier se lo puso en los morros. Kewell lanzó desde la esquina un globo al segundo palo, por ahí apareció Steven Gerrard, que conectó otro centro con la testa directo al bulto, y entonces el finlandés, tozudo como las moscas, pudo finiquitar a su gusto, sin estilo.

 

“El Arsenal era un animal herido y Henry marcó la diferencia”, dijo entonces Gérard Houllier

 

En aquella época, existían diversas fórmulas para intentar neutralizar al conjunto de Arsène Wenger, aunque ninguna de ellas te aseguraba el éxito. La más lógica, por ser la más transportable a la práctica, fue la que empleó el Liverpool durante la primera media hora de ese duelo, y pasaba por atacar directamente la circulación de pelota de los ‘gunners’ en el centro del campo, forzando a que estos no pudieran masticar durante más de cinco segundos las jugadas. El plan era taponar la catalizadora figura de Patrick Vieira en el pivote hasta dejarla difuminada, contener el avance de los laterales para que los extremos se quedasen sin auxilio y no pudiesen mudarse a los carriles interiores, y dejar con más aire al segundo mediocentro, Gilberto Silva, el tipo con menos tacto en los pedales. Resumiendo: había que mangarle la posesión al conjunto londinense durante el máximo de minutos posibles y, cuando este la tuviese, dinamitarle los mecanismos que normalmente lo conducían a conectar con sus dos goliates de delante (Thierry Henry y Dennis Bergkamp).

Pero ni por esas se esfumaba la posibilidad de acabar sucumbiendo ante ‘Los Invencibles’. Frente a motes así, a cualquiera la entraban ganas de salir corriendo. Más teniendo en cuenta que aquel equipo no encajaba en un único molde. El Arsenal actual sufre el mismo defecto de los escritores que abusan tanto de los párrafos espesos en sus novelas que, tratando de anestesiar al lector para luego sorprenderle, acaban adormilando a sus propios personajes. Pero esa banda que más tarde igualaría el récord del Preston North End como únicos clubes en levantar una liga en las Islas sin perder un solo encuentro era algo distinto. Esa banda también se ganaba los aplausos del auditorio soltando únicamente un par de versos, con triangulaciones sueltas pero fulminantes. Lo comprobó el Liverpool que, tras ponerse por encima, vio peligrar la ventaja con dos sacudidas repentinas de los locales. En medio de la niebla, Fredrik Ljungberg emergió en la mediapunta y, mientras Bergkamp fijaba a Hyypiä al borde del área, filtró un pase picado a la espalda de Jamie Carragher que Henry definió en fuera de juego. Instantes después, misma escaleta pero roles cambiados: el francés se dejó caer en tres cuartos y con apenas dos toques se perfiló y asistió profundo al sueco para que este soltara el latigazo. El cuero acabó repelido por las palmas de Jerzy Dudek, que para el siguiente embiste ya no tendría una respuesta tan firme.

De Henry, en la última década, se han hablado maravillas sobre las dotes que tenía para deslumbrar llevando el balón a cuestas. Esa manera de desplazarse tan suya, como si se paseara en patines por el pasto, y esa forma de tratar el cuero tan pulcra, como si limpiara cubiertos de plata, lo hacían inconfundible. Pero en cambio poco se ha elogiado su inteligente capacidad para moverse sin la pelota, tirando desmarques y aclarando los mapas del juego. Así se ganó el primer gol de la tarde, volviéndose invisible entre los zagueros, y cazando un envío de Robert Pirès que en menos de lo que dura un suspiro ya había convertido en el prólogo de una obra de arte. Control y pase a la red. Delicadeza y acierto. Se puede ser un superclase en cuestión de segundos.

Aunque ni esas muestras de agitación puntuales lograron amansar al Liverpool, que se mantuvo soldado a su idea inicial, hurgando en el costado zurdo y con la línea de presión adelantada. Robar en zonas sensibles y explotar la carrera de Michael Owen, greyhound de marcas nobles, se iban asentando como argumentos sólidos para mancillar el honor de los futuros campeones. La fe de dar la campanada se fortaleció aún más al filo del descanso, cuando Gerrard encontró al ‘10’ en los últimos metros con una asistencia medida que el delantero hizo buena prolongándola hasta el corazón de las mallas.

Ya en el segundo tiempo, el Arsenal reapareció en la pista de baile con los tobillos frescos, como si hasta ese momento todo lo hubiera estado siguiendo reclinado en la barra. El simple movimiento de una pieza resultó demoledor para que la velada diera un vuelco aterrador: Henry permutó su posición con la de Pirès, se arrimó a uno de los costados e inmediatamente su lucidez pasó actuar como disolvente. El cañón se desobstruyó. Con el galo reclamándola más atrás, los ‘gunners’ recuperaron sus constantes vitales. Dio el pistoletazo de salida a la combinación con la que Pirès alcanzaría el empate. Y él mismo se adjudicó la autoría del tercer tanto, tras una carrera en cámara lenta en la que los adversarios fueron cayendo como bolos sin suerte, consumidos, cerrando los ojos para no ver el esperpento. El último de ellos, Carragher, retrocedió de golpe hasta el parvulario, desplomándose ante una finta que parecía sacada de un tebeo imaginario.

 

“Ese fue el mejor partido de mi carrera”, comentó recientemente Thierry Henry

 

Resuelto el acertijo y con los humos saneados, el Arsenal se sentó en el porche de su finca con la escopeta apoyada en el hombro, mientras observaba mansamente como los bandidos huían hacia el bosque. Remontar un partido loco en tu estadio da un placer indescriptible, solo comparable al de meter la mano en un saco de grano o al de oler la ropa recién lavada. Así se quedaron los de Wenger tras sus espasmos geniales, conservando la pelota en el círculo central, sosegados, sumando medios al banquete (entró Edu) y arrojándose al gusto de ver cómo no sucedía nada. El Liverpool siguió pinchando de vez en cuando, con más anhelo que otra cosa. Pero cuando el miedo ya ha desaparecido, incluso los remates clarísimos del rival te parecen disparos lejanos.

La sensación de invulnerabilidad que desprendieron los londinenses en esa segunda parte se hizo extensible a muchos de los compromisos que despacharon durante la impoluta campaña de 2003/2004. Aquel Arsenal lo resolvía todo en silencio, sin despeinarse. Sabiéndose bien sujetado en la cúspide de la tabla, y esperando a que el viento huracanado acabara con todo lo demás.

También los rebotes estaban de su parte. Henry se aprovechó de uno para marcar el cuarto tanto del duelo y el tercero de su cuenta personal. El enésimo golpe nació en el olfato de Bergkamp, ariete con neuronas de mediocentro, que catapultó el balón que acabaría en el gol definitivo con un desplazamiento en largo desde su casa. Ya se sabe. Cuando la temporada marcha como la seda, da igual que se altere el orden de los acontecimientos. No hay mal fario que se cargue el destino cuando este ya hace unos días, unos meses, tal vez unos años que está escrito. Lo mismo hubiera dado que un joven José Antonio Reyes hubiese sido el portero titular durante el curso. El Arsenal habría ganado la Liga de todos modos.