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El día que la vida de Andrea Orlandi cambió para siempre

Lo que leerás a continuación es el prólogo de 'Dieciséis minutos', el nuevo libro de Ilie Oleart, en el que el autor rememora una llamada que paró el tiempo

Orlandi

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Ilie Oleart

 

Cuando sonó el teléfono estaba preparando la maleta para irme a esquiar al día siguiente. Llevaba tiempo esperando aquella escapada a la montaña, aprovechando las vacaciones de Semana Santa, que en ese 2024 cayó a finales de marzo. 

—Imaginarás que si te llamo un sábado por la tarde no es para darte buenas noticias. 

Había cruzado bastantes wasaps con Alberto Edjogo en los últimos meses, entre otras cosas porque había empezado a aparecer en algunos vídeos en el canal de YouTube de La Media Inglesa, el medio de comunicación sobre fútbol inglés que creé en 2010. Incluso habíamos salido a cenar por Madrid en alguna ocasión. Pero no recordaba haber hablado nunca por teléfono con él. Así que me preparé para lo peor.

—Andrea ha sufrido un ataque al corazón mientras jugaba a tenis. Está en coma, en la UCI. 

Conocí a Andrea Orlandi en febrero de 2013 en Wembley. Àngel Rangel me regaló un par de entradas para presenciar en directo la final de la Copa de la Liga entre su club, el Swansea, y el Bradford. En el asiento de al lado me encontré con Iñigo Calderón, jugador del Brighton, al que había entrevistado meses atrás. Al verle, le saludé y nos pusimos a comentar la temporada de su equipo, que iba viento en popa. 

—Oye, el que está jugando bien es Orlandi, ¿no? —le dije yo. 

—Pues aquí le tienes —contestó Iñigo mientras se hacía a un lado y señalaba a un tipo que estaba sentado en el asiento contiguo al suyo, hecho un ovillo y abrigado hasta las orejas. 

 

“Andrea estaba jugando un partido de tenis en su club cuando, de repente, perdió el conocimiento y se desplomó”

 

Resultó que Àngel había invitado también a los dos futbolistas del Brighton al partido, así que vimos juntos cómo el Swansea aplastaba a su rival por 5-0 y conquistaba el primer título importante de su historia. Durante el choque, apenas pude intercambiar un par de frases con Andrea, porque Iñigo estaba sentado entre ambos y porque tampoco me pareció un tipo especialmente hablador. Meses después, durante nuestro segundo encuentro, cambiaría de opinión. 

La temporada siguiente volví a Brighton para entrevistar al entrenador del equipo, Óscar García Junyent, y de paso también mantuve una charla con Andrea en la que me habló abiertamente del calvario que había sufrido con las lesiones y de cómo por fin había logrado asentarse en el césped. Años más tarde, cuando se retiró, le entrevisté en Barcelona por segunda vez, y confirmé que tenía unas dotes comunicativas poco comunes en los futbolistas profesionales. Así que, poco después, le propuse que colaborara regularmente con La Media Inglesa. Enseguida aceptó y, de vídeo en vídeo, nos acabamos haciendo buenos amigos.

Por eso, esa tarde, tras escuchar a Alberto, me quedé paralizado, incapaz de reaccionar. Por desgracia, conocía esa sensación, porque fue exactamente la misma que sentí unos años antes cuando recibí una llamada similar un sábado por la mañana. 

—He encontrado a tu madre en el suelo de su habitación, creo que ha fallecido. 

De repente, las dos llamadas se fusionaron en mi cabeza y apenas fui capaz de comprender lo que Alberto me decía. Andrea estaba jugando un partido de tenis en su club cuando, de repente, perdió el conocimiento y se desplomó. Su rival alertó rápidamente de la situación y unos tipos que estaban disputando un partido de dobles en la pista más próxima se acercaron para ayudarlos. El personal del recinto acudió con un desfibrilador mientras alguien llamaba a una ambulancia para trasladarlo al hospital. 

 

“Me quedé paralizado, incapaz de reaccionar. Conocía esa sensación, porque fue exactamente la misma que sentí unos años antes cuando recibí una llamada similar”

 

Alberto me contó que las primeras cuarenta y ocho horas eran fundamentales para su recuperación en caso de que saliera de la UCI. Me prometió que me mantendría informado de cualquier evolución y nos despedimos. 

Me quedé varios minutos con la mirada perdida, acordándome de las hijas de Andrea, de su esposa, de mi madre. Y me puse a llorar.

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