Escribo este post con la intención de que no sea el último que hago aquí en Goa. El martes 15 tenemos la vuelta de las semifinales y toca remontar en casa el 1-0 de Delhi. Espero que no sea el último porque la cita del 20 aquí en Goa para la final de la ISL 2 es muy golosa. Aun así, he reservado este texte para el final. Quería otorgarle un lugar especial, y sea o no el último en Goa, sí será el que escribo con más gratitud.

Arthur Antunes Coimbra, el ‘Pelé blanco’ o el galinho de Quintino, Zico, entrenador del Goa, ha sido una pieza clave en el éxito del equipo en esta temporada, y para que yo regrese de mi segunda experiencia en este país con un recuerdo imborrable para siempre. Presentar las credenciales de Zico está de más en un texto escrito por semejante mindundi. Mi intención no es alabar su trayectoria. Solo menciono que ha sido uno de los mejores en el fútbol para destacar más aún todo lo que es aquí ahora.

Estando a diario con él, compartiendo vestuario, charlas, comidas y viajes, me pregunto constantemente qué nos ha pasado. Qué hemos hecho para que jugadores que nunca le llegaron a la suela del zapato se comporten con actitudes tan narcisistas y, además, todo el mundo les admire. Cómo hemos podido llegar todos a confudirnos tanto.

No llego a considerarle humilde, no creo que sea la palabra más adecuada para definirle. Cuando uno es lo que él ha sido, por mucho que no quieras o por mucho que intentes evitarlo, la gente te recuerda en cada momento tu pasado y, en su caso, aún tu presente. Es como el pobre de Djukic, al que tuve en Pucela, que no da dos pasos sin que le recuerden el penalti. O a Schuster -a él lo tuve en el Levante-, con la ‘butifarra’ en el Bernabéu.

Pero Zico sale de la burbuja que es el fútbol y se convierte en Arthur, o en Juan, o en Miguel. A menudo parece como si no hubiese tomado consciencia de lo que es para sus seguidores. No es humildad, es pura discreción. Alguien como él, que sí tendría, al menos, excusa para tener un comportamiento distante y/o pedante, para dirigirse a sus jugadores con aires de “hacedme caso a mí, que yo sí sé de esto”, como unos cuantos que he tenido; que podría dárselas de estar de vuelta de todo en el mundo del fútbol y codearse con las más altas esferas, resulta que ha renunciado a la presidencia de la FIFA precisamente por no tener esos apoyos que suelen ir acompañados de elementos oscuros, por hacer demasiado hincapié en que su camino solo era la transparencia.

Resulta que no ha levantado la voz a ningún jugador en los cuatro meses que llevamos juntos; que no ha hecho ninguna declaración fuera de tono o suculenta para la prensa amarilla, rosa o color mierda; que no pierde la sonrisa mable ni en la foto número 87 que le piden, que no solo se las piden los seguidores -aunque aquí, repito, lo de las fotos va por doquier, se las piden todos los rivales, los propios jugadores (yo mismo) y todo vecino que pase por allí. Resulta también que sigue viviendo los partidos con la intensidad que requiere la competición, que disfruta de cada entrenamiento, que aún no ha tirado a puerta ni una vez sin que vaya entre los tres palos, que siempre que puede es el que se encarga de lanzar los balones en la estrategia lanzada por el rival, o en los ejercicios tácticos de contras y balones al espacio. Ya comenté en uno de mis primeros textos que le sigue pegando de lujo. Es un año más joven que mi padre, casi de la misma quinta, pero cuando su gemelo le deja, no necesita ni siquiera calentar. Su grandeza se le escapa por ahí, con el balón. El otro día avisó de que el rival lanzaba muchos córners directos al primer palo. En el primero centró para que nuestro portero perdiera la atención en eso, y al siguiente se la metió directa. Gol olímpico al palo corto. El Arthur.

Mi gratitud, además de por considerarme un afortunado por haberle conocido, va por haberme hecho sentir el futbolista que fui y el que he querido ser desde que corría por los pasillos de casa con dos años. Qué recompensa tan grande es que alguien como Zico, siendo quien es Zico y siendo como es Zico, pronuncie un “oh, Jofre, beleeeeeeesa” cuando lanzas una falta o cuando tiras a puerta. Qué fuerte te hace sentir que un entrenador, que además es Zico, te considere importante, te dé responsabilidad, te agradezca esfuerzos. Qué bien haber vuelto a la India. Y qué suerte haber vuelto de la mano de Zico. Qué envidia -de la buena- deberíais tenerme.

¡Gracias Zico!