Referente histórico del Flamengo, fue protagonista de las grandes gestas de comienzos de los 80 del ‘Mengão’. Su pegada era delicada y letal, precisa y temible. Lo llamaron el ‘Pelé Blanco’, jugó tres mundiales (78, 82 y 86), anotó 52 goles en 72 partidos oficiales por la ‘verdeamarelha‘, fue elegido mejor de América también en tres ocasiones (77, 81 y 82) e igualmente estuvo sólo en una tríada de equipos: su Fla, el Udinese italiano y el Kashima Antlers japonés. En el #Panenka06 pudimos entrevistarle. Hoy que Flamengo vuelve a ser campeón de la Libertadores, recuperamos parte de esa charla con Zico que tuvo lugar en 2012. 


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¿Cómo está viviendo los 30 años de los títulos de Flamengo en la Libertadores y la Intercontinental?

Es muy significativo para nosotros recordar toda aquella época gloriosa. Como aficionado del Flamengo me hubiera gustado que existieran más glorias para poder evocar, porque llegando estas fechas se torna hasta desgastante la movida de noticias, entrevistas y eventos, porque todo remite a 1981. Fuimos una generación con muchos títulos, con mucha gloria, entre torneos brasileños, cariocas, más la Libertadores y el título mundial. Fue un proceso de cinco años en que conquistamos más títulos de los que hasta ese momento el Flamengo había logrado en toda su historia.

Ese año comenzó con algunos problemas para Fla y había dudas sobre el equipo, ¿ustedes creyeron desde el comienzo en que todo acabaría tan bien?

Nos exigían porque podíamos responder con algo grande. Conseguimos el primer campeonato brasileño en 1980, en el primer semestre, pero luego en el segundo quedamos afuera del título estadual. El año 1981 comenzó con algunos inconvenientes, muchos cambios de entrenadores e incluso fuimos eliminados en el torneo brasileño en Maracaná, perdiendo por 1-3 ante Botafogo. Todo eso derivó en el nombramiento de Paulo César Carpegiani, que recién se había retirado como jugador. Ahí apareció nuestro juego, hasta conseguir, en un mes, ganar tres títulos, que fueron el propio carioca, la Libertadores y después el Mundial. Recuerdo que fueron siete juegos decisivos, los tres para definir el carioca, los tres de las finales de la Libertadores, más la gran final mundial. Fue muy desgastante.

¿Usted llega a percibir que es una especie de Dios para los flamenguistas?

Yo no me considero eso, por supuesto que no. Sí me considero un jugador que fue importante. Además, me fascinaban los juegos decisivos y tuve la suerte de poder jugar en un buen nivel muchos partidos finales de certámenes estaduales, brasileños e internacionales.

Marcó ni más ni menos que cuatro goles en las finales de la Libertadores…

Sí, me fue muy bien en aquellas finales contra Cobreloa, pero mi preocupación no pasaba únicamente por marcar goles. Yo era igual de feliz dando pases para que otros pudieran anotar, como por ejemplo dando pases para Nunes en la finalísima contra el Liverpool.

El hecho de haber estado a diez minutos de ganar la Libertadores en Chile y que luego Cobreloa forzara un tercer partido, ¿les puso más presión para el desempate en el Centenario?

El desempate en campo neutral acabó valorizando más la conquista, porque se consiguió ganando y no empatando como hubiera ocurrido hipotéticamente en Chile. Sabíamos que el tercero iba a ser un partido duro, ya en el segundo ocurrieron cosas muy raras, con errores arbitrales decisivos. La forma en que se conquistó el título terminó evidenciando la capacidad de superación del Flamengo. Algunos jugadores nuestros se lesionaron en Chile y no pudieron jugar en Montevideo, pero los que entramos a la cancha intentamos agigantarnos.

La Libertadores les dio el pasaporte para la Copa Intercontinental, donde se exhibieron en Japón ante el Liverpool, dándose incluso el lujo de cantar y bailar samba un rato antes del pitido inicial en Tokio.

[Sonríe] Es que nuestro equipo era muy descontracturado, era alegre. Nosotros íbamos al campo pensando solamente en jugar al fútbol y en aquel plantel había mucha gente a la que le gustaba la música y principalmente el samba, entonces bailando también conseguíamos relajarnos para quitarnos la presión de encima. Es más, hacíamos eso en todos los partidos, no era una falta de respeto hacia el rival. No es bueno estar tenso en el hotel, tenso en el autocar hasta el estadio y tenso en el vestuario. Teníamos a Junior comandando el batuque y el resto íbamos atrás acompañando. Después nos poníamos la camiseta y hacíamos nuestro trabajo. Cuando uno se prepara bien para una competición, tiene una tranquilidad total, nosotros éramos un grupo sumamente profesional, con jugadores conscientes de los objetivos. Uno no tenía que preocuparse por si un compañero había salido de noche, se llegaba al entrenamiento y todos trabajábamos duro. Y luego en los partidos todo el mundo corría.

¿Presagiaban que podían propinarle semejante paliza al Liverpool, que venía de ganarle la final al Real Madrid?

Nosotros no esperábamos firmar un primer tiempo tan brillante, la verdad que no. Cuando quisimos acordarnos ya estábamos ganando 3-0 y supimos manejar el partido. Ojo, ellos fueron inteligentes, porque incluso perdiendo nunca salieron a la desesperada, porque sabían que podían caerle más goles. Se sorprendieron, tal vez no conocían tanto al Flamengo, en aquella época no había Internet y se daba muy poco fútbol internacional. Conocían sólo a un par de jugadores que actuaban en la selección, sin saber que nuestro equipo era muy fuerte.

¿Qué recuerdos tiene de los festejos de la ‘torcida’ del Fla tras aquel doblete internacional?

El que recuerdo perfectamente fue el de la Libertadores, que fue impresionante. Tuvimos un recibimiento conmovedor en Río. La vuelta a Brasil luego de Japón fue diferente, porque aquel fue el último partido del año y entonces muchos jugadores iniciaron desde allí sus vacaciones, no hubo un regreso grupal a Río. Yo me fui con mi mujer y otros compañeros con sus esposas a Estados Unidos, así que volví a Brasil 15 días más tarde. Si fuera hoy, creo que sería fiesta nacional el día de nuestro regreso. Fue una conquista especial porque no teníamos ahí a nuestra ‘torcida’, en aquel momento era muy difícil para cualquier aficionado trasladarse desde Sudamérica hasta Japón, creo que del Fla teníamos dos hinchas y después los japoneses, que todavía mucho no entendían cómo iba la cosa del fútbol. Vivimos la fiesta de Brasil a la distancia, gracias a las radios que nos ponían algo en directo, fue mucho después que tuvimos noción de la que se armó en Río con la conquista…

¿Qué significa para usted ser el mediocampista con más goles en la historia? Porque usted jugaba más retrasado que Pelé…

[Sonríe] Si en la cuenta ponemos todos los goles que di para mis compañeros, creo que llegaríamos como a 2.000, porque mi función era alimentar el ataque y procurar ayudar a mis compañeros a anotar muchos goles. Lo que pasa es que yo también tenía una capacidad importante de finalización, contaba con cierta facilidad para resolver dentro del área, entre otras cosas, porque había aprendido desde pequeño en el fútbol sala a resolver en una fracción de segundo. Si yo debía resolver a un toque, lo hacía sin problemas, porque uno así no le daba tiempo al portero a armarse, ni al zaguero a llegar a cruzar. No me gustaba andar amagando para acá y para allá, trataba de encontrar al portero siempre en mala posición. Yo hablaba con los entrenadores y pedía ciertas libertades para poder subir, porque sabía que podía aportar una cuota goleadora importante, lo que sucedía a menudo.

Le pido que nombre a los tres jugadores de fútbol que más le han gustado en la historia.

Pelé, Garrincha y Maradona, pero… ¿puedo poner dos más en la lista?

¡Por supuesto!

Cruyff y Beckenbauer, esos son los cinco mejores jugadores que yo vi en la historia del fútbol mundial.