La International Board que fija las reglas del fútbol es concisa. Define ataque prometedor como “una fase del juego caracterizada por su inminencia potencial de cara a la portería contraria”. La cosa va, básicamente, de posición y opciones. La que ocupa y las que tiene el atacante. A qué distancia está de la meta rival y si tiene espacio y posibilidad de chutar a gol o de pasar el balón a un compañero. Si estos últimos son más en número que los defensas rivales. Y, lo más importante: cómo se cumplen esas variables cuando el jugador en posesión del balón avanza hacia las redes y recibe una falta, porque de ello dependerá que el infractor reciba tarjeta amarilla o roja. El árbitro debe entonces interpretar con frialdad lo que para jugadores y público está clarísimo. Los futbolistas lo protestan. La afición atruena, grita, silba. Justo hacía nada se estaba levantando con el claclaclac de los asientos para no perder comba. A todos ellos les une o bien la fe o al menos la performance de la fe. Ahí, quien no cree, al menos cree en creer.

Hasta los ateos creen. En esta vida. En mejorarla. En el reloj que marca que se acaba el tiempo para conseguirlo. Carpanta, con más hambre que siete, confiaba siempre en que esa sería la buena, en que el pollo asado esta vez le tocaba a él. Y qué es la meritocracia si no pura fe. Aquí quien más quien menos vive agarrado a algo aunque sea por instinto, porque si no apaga y vámonos. Los hay también que han decidido creer solo en ir apagando todas las luces de la esperanza. Y ahí están, a oscuras y buscando los interruptores de los demás con la excusa de que la bombilla es cosa de tontos. En su propia guarida no necesitan ni estar a tientas porque quien no se mueve no se choca con nada. Son los descreídos a los que no les alcanza con serlo, sino que hacen de ello apostolado. Los que te dicen que como especie nos merecemos todo lo malo que nos pase. Son los que de pequeños al tardar el profesor diez minutos en llegar aseguraban, sentados juzgando el creciente runrún ilusionado del resto, que acabaría viniendo. Son los que te recuerdan cada puto lunes que es lunes.

Si tanto nos irrita un lunes es porque existe ese material del que están hechos los sueños que llamamos fin de semana. La autoayuda individualista y las sectas de la felicidad productiva merecían un descrédito como el que han recibido en los últimos años, pero quizá ha sido al precio de dar un bandazo al otro lado, ese lugar oscuro ya sin neones fosforitos ni arneses, donde manda hacerse el muerto y habita la languidez, el autodesprecio y síndromes de impostor que exceden el sano y funcional pudor. Allí donde el desapego se confunde con refugio y la derrota con resistencia, esa isla de habitantes nunca defraudados porque nunca esperan nada. Un lugar donde acechan vampiros emocionales que disfrazan de pretendido espíritu crítico, maduro y realista el chup chup chup de tu energía. Exacto, son esos que te apoyan su palma en el hombro y te dicen que de prometedor poco tenía ese ataque. Que no iba a ser gol. Sin entender que a ti lo que te da la vida es simplemente la esperanza de que podría serlo.

 


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Fotografía de Imago.