Lo que hace gritar a estos simulacros no es la exigencia de una reparación de sus pérdidas, lo que les hace gritar es el horror ante el descubrimiento de que su dolor no tendrá compensación alguna, de que la historia carece de sentido y de justificación, de que la vida no compensa ni trae cuenta”.

José Luís Pardo, Esto no es música.

 

Es el 28 de mayo de 1969 y Madrid está de celebración: se juega, en el Santiago Bernabéu, la final de la Copa de Europa. Se enfrentan dos equipos tan opuestos que da la sensación de que, en realidad, se está jugando algo más; algo más importante que un trofeo, una medalla o un borrón en un palmarés. En un lado, el Milan de Nereo Rocco, que no en vano era apodado ‘il Paròn, il Padrone, aquel que domina absolutamente, el que toma todas las decisiones. La genialidad de Rocco y de aquel Milan consistió en perfeccionar –introduciendo a un líbero por detrás de la línea de cuatro defensas– y alzar a la cima lo que conocemos como catenaccio, el fútbol defensivo por excelencia, el fútbol de fortín y mazmorra, de destrucción y desprecio del balón. Enfrente, un Ajax de Ámsterdam que encabezaba un joven y peculiar jugador, Johan Cruyff, que con su melena y su estilo de juego parecía representar a toda una generación –con sus sueños y anhelos–: fluidez, movilidad, descaro y ansia de diversión.

Pero Madrid llevaba festejando, viviendo cantando, desde el 29 de marzo, cuando se celebró en el Teatro Real el decimocuarto Festival de la Canción de Eurovisión, que ganó Salomé –empatada junto a otros tres países– representando a España con la canción Vivo cantando, que terminaba con los siguientes versos: “solo quiero que me digas qué está pasando/ estoy temblando de estar junto a ti”.  Eso mismo que cantaba Salomé, envuelta por un pomposo mono azul cielo con flecos en el Teatro Real, es lo que debió pensar un joven melenudo de apenas 21 años –solo uno menos que Cruyff– a finales de enero de ese mismo año, cuando es detenido, interrogado y torturado por la brigada político social en la Dirección General de la Seguridad, en la Puerta del Sol de Madrid, acusado de repartir panfletos del Frente de Liberación Popular –organización obviamente antifranquista–.

El Ajax de Cruyff aspiraba a cambiar el paradigma futbolístico, a ponerlo patas arriba a base de principios que resultan tan evidentes como inobjetables. Pero ese tipo de cambios, paradójicamente, nunca son sencillos de implementar. Entre marzo y mayo, es decir, en abril, Bob Dylan sacaba nuevo disco: Nashville Skylines. Dylan, que siempre ha parecido ir un lustro adelantado –o atrasado– a los demás, volvía con más fuerza que nunca al country y al folk, a la música tradicional americana; se alejó del rock y las guitarras eléctricas que le habían supuesto el desprecio y los abucheos del público del festival de Newport en el 65, y de su papel de cantautor crítico y casi profético: en el disco versiona la maravillosa Girl from the north country pero no Blowin’ in the wind. Se alejó de la actualidad, tanto musical como políticamente, como si supiera, o intuyera, que los tiempos ya no van a cambiar; o, por lo menos, que no van a cambiar a mejor. Un mes más tarde se filtraba en el New York Times la Operación Menú llevada a cabo por el gobierno de Nixon, que suponía el bombardeo secreto e incansable de Laos y Camboya. Vietnam iba a arder, a partir de entonces, asediada por truenos y relámpagos aéreos, con más fuerza que nunca.

Mientras tanto, Miles Davis, perseguido por los fantasmas de la creatividad y el olvido, recorría el camino inverso a Dylan: ante la muerte del jazz como fenómeno de masas, Miles decidió abrazar al nuevo rey de lo pop, de lo popular: el sonido eléctrico del rock. Publicaba, así, en julio, su In a silent way, ese primer paso hacia la fusión jazz-rock que desembocaría, un año más tarde, en el mítico Bitches brew. ¿Fue eso una nueva conquista, prácticamente revolucionaria, de Miles en particular y del jazz en general? ¿O fue, acaso, todo lo contrario: una derrota, una claudicación ante los sonidos eléctricos de la música triunfante entre la juventud blanca? Una juventud blanca que, en ocasiones, se rebelaba en lo musical, se dejaba crecer el pelo y se sentía negra; como, por ejemplo, los Rolling Stones. Ese mismo mes de julio en el que Davis lanzaba su nuevo disco, Brian Jones, el cerebro que se escondía detrás de algunos de los temas pop más deliciosos y experimentales de los Rolling, otro joven melenudo que solo quería divertirse, con apenas cinco años más que Cruyff, aparecía muerto de sobredosis boca abajo en su piscina. Los Rolling Stones sacaron cinco meses después su primer disco sin él: Let it bleed. Deja que sangre. Que se desangre. Tal vez como broma macabra sobre lo sucedido, o tal vez como premonición: sólo un día después de la publicación del álbum se celebraba el Altamont Speedway Free Festival¸ un festival gratuito organizado por los Rolling que congregó a más de trescientas mil personas en el abandonado autódromo de Altamont, al norte de California. Los Rolling, quizá mal aconsejados, quizá enajenados por su simpatía por el diablo –ya saben: en el 67 se autodenominaron ‘satánicas majestades’ como respuesta al aura casi sagrada de los Beatles–, decidieron contratar a los ángeles del infierno, la terrible banda de moteros, como encargados de la seguridad. El resultado: Meredith Hunter, otro joven melenudo, esta vez negro y aún más joven que Cruyff, de 18 años, acabó muerto tras ser apuñalado cinco veces por un ángel del infierno. Mick Jagger, al ver lo que ocurría, detuvo inmediatamente el concierto, pero cuando se consiguió que llegase la atención médica, el joven ya se había desangrado. Let it bleed. Ambos murieron solos; solos en la multitud de la fama, como Brian, o en la multitud de un concierto, como Hunter. Nadie llegó a tiempo para salvarles.

Coincidiendo con la muerte de Brian Jones y el lanzamiento del disco de Miles, se estrenó en cines una película que se convirtió en el paradigma de lo que estaba ocurriendo: Easy rider. En ella, Peter Fonda y Dennis Hopper no son más que dos melenudos que buscan en sus vidas los mismo que Cruyff en un terreno de juego; por ello, se embarcan en un viaje a través del país en moto. La diversión es algo que parece simple, accesible, cercano; pero es algo que siempre perseguimos y nunca alcanzamos totalmente, es eso que experimentamos unos segundos hasta que la arruinamos, demolemos, cuando tomamos conciencia de ella. No hay ley ni receta para la diversión, sólo lugares en los que existe la posibilidad de hallarla; no hay dinero que la compre ni equivalente por la que intercambiarla, sino que ocurre espontáneamente en las propias acciones, sin ser capaz de ser prevista, sin ser capaz de ser predicha. Lo único que puede –y debe– ser garantizado es el derecho a buscarla sin entorpecer el derecho a lo mismo de los demás. El derecho a coger una moto, un balón, una guitarra; sin pinchar las ruedas, desinflar la pelota o romper las cuerdas del prójimo. Cuando parece que Fonda y Hopper han conseguido probar la diversión, cuando parece que han encontrado un espacio en el que, de vez en cuando, paladearla brevemente, los matan: son apaleados brutal y salvajemente en silencio, con sus asesinos como únicos testigos.

Pasar y ocupar el espacio. Jugar en equipo, intercambiar e invertir posiciones, cuidar la posesión del balón; en ello consistía el Fútbol Total del Ajax. El fin de las inamovibles jerarquías posicionales en virtud de la inteligencia y la generosidad: todos tienen el derecho de incorporarse al ataque, todos tienen la obligación de cubrir defensivamente las grietas que ello provoque. La posesión del balón como norma y principio: porque sin balón uno no juega, no tiene la posibilidad de dictar el sino del partido; está siempre a merced del contrario y sus caprichosos errores. Los melenudos por excelencia, los que habían convertido el pelo largo y descuidado en signo de una generación, ya no se soportaban entre sí. Ya no querían seguir jugando en equipo. Antes de dividirse y separarse, tras haber perdido, o desatendido, aquello que los mantenía unidos, deciden caminar juntos una última vez –cruzando aquel legendario paso de cebra en la portada–, y publican, en septiembre, Abbey Road. El último, y probablemente el mejor, disco de los Beatles. Irónico, quizá, que el disco comience con una canción titulada Come together, juntémonos, en la que Lennon exige, en el estribillo, una unión que olvide los egos y las individualidades cismáticas: “come together, right now/ over me”. Sin embargo, juntarse, o ligarse y emulsionarse como una salsa (la expresión come together también tiene esa acepción), ya no es posible por alguna razón; hay algo que les falta, algo que ya no encuentran por ninguna parte. A finales de 1969 se estrena la película They shoot horses, don’t they?, titulo traducido al español como Danzad, danzad, malditos. En ella, Jane Fonda ha perdido, o le han arrebatado, toda posibilidad de diversión; está derruida, desmoronada, destrozada, tanto física como emocionalmente. Por esa razón decide pedirle insistentemente a su compañero que la dispare para acabar con su padecimiento, como se hace habitualmente con los caballos –de ahí el título–; sin espacio para la diversión, la vida deja de tener sentido para ella, se pierde ese algo más que la hace digna de ser vivida. Ese mismo algo, ahora extraviado, que solía mantener unidos a los Beatles.

 

Jugar en equipo, intercambiar e invertir posiciones, cuidar la posesión del balón; en ello consistía el Fútbol Total del Ajax. El fin de las inamovibles jerarquías posicionales en virtud de la inteligencia y la generosidad

 

Minuto siete de partido, y el Milan marca el primero, que sería seguido de otro en el minuto 40. Dos goles como dos tijeretazos al desaliñado flequillo de los melenudos. Pero no todo está perdido: tras el descanso, en el minuto 70, el Ajax acorta distancias. Quizá sea posible remontar, quizá la situación sea reversible, quizá, y sólo quizá; con un poco de suerte, con una sonrisa del azar, con un guiño travieso de la historia. Una reacción, una sacudida; nos libramos de tristezas, melancolías y ansiedades: jugamos, nos divertimos y ganamos. Juntos, en equipo, simple. Pero delante hay un equipo que lo domina todo y no deja hueco para la fortuna, para el simple rodar de un dado; hay un equipo armado y entrenado para la disrupción; para bombardear en secreto, para apalear y apuñalar, para disolver y desintegrar. El 20 de enero de 1969 aquel joven tembloroso, tras haber sido interrogado salvajemente durante tres días seguidos, es trasladado a un piso de la calle General Mola –hoy Príncipe Vergara– de Madrid y, según fuentes oficiales –las mismas que lo detuvieron y torturaron, los únicos testigos de lo ocurrido–, se suicidó. Se tiró de un séptimo piso en un momento de despiste de los policías. Ese joven se llamaba Enrique Ruano y el franquismo –con Manuel Fraga a la cabeza– quiso hacer creer a toda la sociedad que aquel chaval que quería, simple y llanamente, tener la posibilidad de divertirse, se mató. Qué insultante soberbia, qué asqueroso dominio, qué desalentadora zozobra. En la canción que abría el Let it bleed de los Rolling, Gimme shelter, Jagger cantaba que hay una tormenta que se acerca amenazadoramente y que, si no encuentra refugio pronto, va a desvanecerse; va a desaparecer arrastrado y engullido por los truenos rodantes de la tormenta. Enrique no lo encontró.

El Milan marcó dos goles más, cerrando definitivamente el encuentro, ganando la Copa de Europa y rapándonos la cabeza. Y quién sabe si algo más: si, con el silbato del árbitro, se empezó a cerrar el espacio para ese algo, esa nada tan importante, tan vital, que es la diversión; quién sabe si, en ese momento, se perdió la copa y se perdió la guerra y, a partir de entonces, ya sólo nos quedaba el triste lujo de poder ganar algunos partidos sueltos, de vencer en algunas batallas aisladas.

All of those awful things that I have heard
I don’t want to believe them, all I want is your word
So darlin’, I’m countin’ on you
Tell me that it isn’t true”

(Todas esas cosas horribles que he oído
No quiero creer en ellas, sólo quiero tu palabra
Así que cariño, cuento contigo
Dime que no es verdad.)

Bob Dylan, corte octavo de Nashville Skyline.