EURO SIN CORTE – Vol.6 – Veranos y mayordomos


 

La nostalgia es la única distracción posible para quien no cree en el futuro. Jep Gambardella

 

Sorrentino tiene un peinado fantástico y fuma mejor que cualquier amigo de Frank Sinatra, pero si por algo es admirado es por su cine. En concreto, por su manera de hacer cine. Ese modo acompasado de narrar en la pantalla, solo comparable al estilo de algunos futbolistas geniales, que con un simple gesto lo precipitan todo. En una ocasión, un periodista le preguntó por el sello distintivo de sus películas, esa cadencia entre somnolienta y avasalladora en la que se desarrollan las escenas, y el director respondió dando un golpe en la mesa, aunque sin inmutarse. “Cuando me acusan de hacer cine lento, lo tengo claro: sois vosotros los que vais demasiado deprisa”, zanjó. “El problema es del mundo, no mío”.

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Chiellini no ha tenido prisa por hacer nada en su vida pero no ha dejado de querer hacerlo todo. Así, con 36 años, la frente despoblada y una chepa inquietante, se ha proclamado campeón de la Eurocopa. Hasta ayer, todavía no había ganado nada con Italia. Más de 100 internacionalidades, cinco grandes torneos a sus espaldas, y los bolsillos más vacíos que una finca abandonada a las afueras de Pisa. Sin embargo, nadie sufrió porque se le agotara el tiempo. Es curioso. Nadie lo meditó. Cualquier pensamiento racional debería habernos avisado de que, a estas alturas, lo más probable era que cerrara su etapa en la selección sin ningún trofeo. Aún así, nunca nos paramos a analizar esa posibilidad. Ni siquiera la contemplamos. ¿El culpable? El propio Giorgio. Su manso caminar por el campo. Sus nervios de acero. Su fe silenciosa. Su cordialidad teatral. Su pose antigua. Su esfuerzo tajante. Su fútbol crudo, anacrónico. El cabrón paró los relojes. Distrajo a la gente. Urdió la estafa. Y ahora sonríe con el botín en la mano. 

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Bonucci espera a Chiellini recostado en las termas de un balneario de los Alpes suizos. Imaginémoslo. Allí fue donde Sorrentino juntó a Michael Caine y Harvey Keitel para rodar Youth. Allí, en ese lugar, donde los relojes también se detienen a su manera, para que la decadencia de los cuerpos gastados y los recuerdos perdidos se abra paso, y la juventud irrumpa como un tesoro añorado. Caine y Keitel observan a una joven entrar en el agua desde una esquina de la piscina; la pareja de centrales de la Juventus ocupan otra, pero no la miran a ella. No hay nostalgia en sus ojos. Tampoco descreimiento. Más bien los dirigen hacia ellos mismos, enfocando su orgullo. “De qué servía ser unos chavales”, le dice uno al otro, “si entonces no ganábamos como ahora”. 

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Roberto Mancini es un tipo atractivo, a ratos. La americana gris plateado le sentaba peor cuando todavía no era campeón de Europa. Perder es más literario, pero ganar tiene sus ventajas. Parecer más guapo, por ejemplo. Que el resto solo repare en tus virtudes. 

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Hace unas horas asistimos a un suceso realmente increíble. Como su rival era una Inglaterra atiborrada de talento pero rácana y defensiva sobre el campo, Italia vio como, de repente, casi todo el mundo se ponía de su lado con tal de que triunfaran “los que mejor juegan al fútbol”. Quien iba a decírselo hace unas décadas. En 1967, un Celtic coral barrió al rocoso Inter de Helenio Herrera en la final de la Copa de Europa, y aquella victoria de los escoceses fue digerida por muchos como un acto de justicia. Segurola ha llegado a describir el encuentro alguna vez como “la destrucción poética del catenaccio. La historia del fútbol, sin embargo, es una enredadera, con giros bruscos e inesperados. Y esos mismos que durante décadas fueron apestados por su propuesta conservadora, ahora asaltan Wembley con el pase y la alegría por bandera. Un poco como lo que ya había intentado Prandelli en 2012, aunque sin la agradable aprobación del resultado. 

La historia del fútbol es un sinsentido, pero qué sinsentido. 

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Donnarumma tiene un nombre tan largo que parece que no se acabe nunca. También tiene 22 años. Y un cuerpo extraño, poco estilizado para ser guardameta. Y unos brazos pesados, pero a la vez milagrosos: llegan a todas partes, como a los disparos de Sancho o Saka, que ya no se los van a sacar de la cabeza. Y una forma bastante curiosa de reaccionar a los triunfos históricos, como si sus compañeros de retaguardia le hubieran contagiado la templanza de la veteranía y en un verano hubiera envejecido de golpe. 

O rejuvenecido. 

Cómo saberlo. 

Donnarumma tiene un nombre tan largo que parece que no se acabe nunca, pero a partir de hoy habrá que aprendérselo de memoria. 

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Insigne ha alcanzado el mayor hito de su carrera con una cara de Maradona tatuada en la pierna. Un napolitano celebrando una Eurocopa con un argentino grabado en su piel. El fútbol es inmenso. El fútbol es océano. Una fuerza que viene y va, que deshace fronteras, que se expande sin impedimentos, que todo lo alcanza y que todo lo mancha y que todo lo explica, cerrando el círculo del entendimiento. Se suele decir que al arte, como al monte, no hay que ponerle vallas. Con el fútbol es mejor ni intentarlo, porque no se puede. Por eso le debemos tanto. Entre muchas otras cosas, un verano como este. Divertido, emocionante, cómico, cinematográfico. Si lo olvidamos, que sea por algo que merezca la pena. 

 


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Fotografía de Imago.