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Maradona, debut de nota

Charlamos con el primer periodista que entrevistó a Maradona, una vieja conversación que estaba cargada de profecías que se iban a cumplir

Este reportaje está extraído del #Panenka112, un especial sobre Maradona que publicamos en noviembre de 2021

 

Horacio Pagani (Buenos Aires, 1943) se jacta de ser el “más viejo” de Clarín. Los números no engañan: cumple 78 años este mes de noviembre y 52 los ha pasado en su redacción. Tampoco miente la hemeroteca del diario más leído de Argentina, que en su edición del 17 de noviembre de 1976 albergó la primera entrevista con Diego Armando Maradona, fruto de la intuición del hoy veterano periodista, que, asegura, tuvo una revelación: “Supe que ese pibe sería figura. Lo sentí nada más verlo jugar”. Nos atiende por videollamada desde una habitación donde se observan, colgadas, decenas de acreditaciones. Menos visible, pero a todas luces manifiesto, es el dolor que se percibe en cada uno de los recuerdos que lo unen al ‘Diez’. “No me voy a marear”, le dijo Diego en aquella conversación, su debut en los medios. Pero Pagani cerró el artículo con otro sentir: “Lo esperan todos los peligros”.

Maradona

¿Por qué fue usted primero?

Sentí algo. Recuerdo el partido: Argentina contra Perú, en la cancha de Vélez. En el preliminar jugaban unos juveniles, y ahí estaba Maradona deslumbrando. Había todavía poca gente, porque los hinchas iban entrando gradualmente para ver a la selección, pero yo ya estaba ahí y supe que ese pibe sería un superdotado, un fenómeno. En ese momento tenía 15 años. Un mes después debutó en Primera con Argentinos Juniors: Montes lo puso un ratito contra Talleres y tiró un caño. Y bueno, luego vinieron un par de partidos más entrando en el segundo tiempo. Con 16 años recién cumplidos se fue a jugar un partido a Mar del Plata y le dije al diario: ‘Quiero hacer nota con este pibe’. Salió de suplente y le marcó dos a San Lorenzo. Al día siguiente había quedado con él.

¿Qué recuerda de aquel día?

Llegué al Club Comunicaciones, cerca de la cancha de Argentinos Juniors, en mi Fiat 600. El fotógrafo vino en camioneta y lo primero que hizo fue preguntarme quién era el pibe a retratar. ‘El de rulos’, le dije yo. ‘Ese que anda dando vueltas’. El fotógrafo lo inmortalizó encima de la pelota, riendo, como se aprecia en la nota, pero se enojó porque Diego no paraba quieto: ‘¿Este quién se cree que es? ¿Pelé?’. ‘¡Es un pibe, viejo’, le tranquilicé. El fotógrafo se fue y me quedé solo con él. Después de la charla lo llevé con mi auto hasta la casita que le había puesto el club en Villa del Parque. Cuando lo dejé en la puerta estaban los dos hermanitos, que eran chiquitos, jugando en la vereda, y me soltaron: ‘Los tres vamos a jugar en la Primera de Boca’. ‘Andá la concha, ¿sí?’. Y entonces le dije a Diego algo de lo que no tengo pruebas, porque no hubo testigos, pero que jamás olvidaré: ‘Vos vas a ser una estrella del fútbol mundial y algún día me vas a negar una nota’. Diego se rió: ‘¿Y por qué te voy a negar una nota?’. ‘¡Porque así serán las cosas cuando seas figura!’.

 

Maradona concedió su primera entrevista a Clarín, una charla con tintes proféticos e impropia de un chico de 16 años recién cumplidos. Hablamos con su autor

 

¿Y así fue?

Al principio no. Por haber sido el primero, me gané cierta preferencia en el trato. Tanto es así que, un mes y medio después de esa página en Clarín, el diario me encargó una segunda, más táctica, para tratar de responder a la pregunta ‘¿Qué le dice don Victorio Spinetto [técnico de Argentinos] a Maradona?’. Invitamos a Diego a comer a un restaurante y se presentó con Jorge Cyterszpiler. Jorgito era su amigo del alma, vivía cerca de su casa y tenía dos años más que Diego. También citamos al propio Spinetto. Mientras charlábamos noté que Jorge no probaba nada. Lo veía apurado: ‘¿Pero por qué no querés comer, querido? Dale que esto lo paga Clarín‘. ¡Y entonces empezó a comer de todo! Cyterszpiler había perdido a un hermano de chico y tomó al Diego casi como otro hermano. Maradona comía, dormía la siesta en casa de los Cyterszpiler… Eran inseparables.

En mi tercera nota con Diego, de hecho, también apareció Jorge. Y esta vez no tuve ni que desplazarme. Fue al cabo de un año: aparecieron los dos en el diario. Venían a oficializar, orgullosos, que Cyterszpiler sería el agente de Maradona. ‘En la comida te dije que venía en calidad de amigo. Ahora soy su representante’. ‘¿Pero no sois muy jovencitos?’, me alarmé. En el fondo les daba igual. Le hice dos notas más a Diego hasta que su figura empezó a tomar altura, que es cuando pasó a Boca en 1981. Antes me había invitado dos veces a su casa. La primera, en la calle Lascano de Villa del Parque, para festejar su 17º aniversario. La segunda, para celebrar los 18, en una quinta en Moreno. Ahí, en el inicio de todo, en el arranque de su grandiosa carrera, tuvimos una gran relación. Es de lo que más orgulloso me siento.

Volvamos a aquella primera nota. Se tituló Un sueño de barrilete. Aclárenos el significado de barrilete, inmortalizado también por Víctor Hugo Morales.

Bueno, Víctor Hugo utilizó la palabra diez años más tarde, ¿eh? Sueño de barrilete es un tango muy conocido en Argentina, compuesto por Eladia Blázquez. Yo estaba pensando en el titular y un compañero me sugirió el nombre de esta canción. Me pareció bárbara la interpretación, realmente cuadraba en espíritu, porque la nota quería transmitir esa ensoñación, esa ilusión. Víctor Hugo lanzó lo de ‘barrilete cósmico’ porque antes del Mundial Menotti había usado varias veces este concepto de forma despectiva hacia Diego, ya que acá también puede definir a alguien imprevisible, poco centrado… Barrilete es una cometa y en mi época era común ver a muchachos tratando de remontar barriletes con hilos eternos y colas en el aire.

Maradona

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¿Fue una suerte de revelación la suya con Diego?

Algo pasó en mí para que creyera ciegamente que un chico de 16 años podía ser la próxima estrella mundial. Todo nació en aquel partido preliminar, aunque mucho antes, con 14 años, Maradona ya salía en los entretiempos de los partidos de Argentinos Juniors y hacía jueguitos con la pelota. Los hinchas festejaban cada pirueta, algunas incluso levantaban más ovaciones que los partidos. Lo he pensado muchas veces: creo que me invadió una especie de tentación, un ‘quiero conocer a este pibe a toda costa’.

¿Le sorprendió su personalidad? Un chico que contaba los caños y al que no le asustaba recibir patadas…

Cuando me dijo que le hizo un caño a Cabrera en su debut me quedé loco. ‘Los caños son fundamentales’, defendía. Y los contaba, claro, así me lo confesó en aquella entrevista: llevaba tres en Primera. Era lo que completaba la ilusión superlativa de lo que podía llegar a ocurrir con aquel jugador. Él era un elegido, en todas las circunstancias. A pesar de venir de los niveles sociales más bajos no era un negado intelectual. Era muy rápido con las respuestas. Un jugador que jugaba como jugaba no podía ser lento en las reflexiones, tenía salidas impresionantes. La irrupción de Diego fue muy rápida. Antes de los 20 ya había sido cuatro veces máximo goleador del campeonato. Tenía una carrera impresionante antes de recalar en Boca. El tiempo me dio la razón. Lo que nunca vi venir fue su triste final. Me queda el consuelo de haberlo tratado de muchacho, luego de grande también, claro, aunque se enojó conmigo y con el diario.

No me lo diga: le acabó negando la nota.

En 1986 Clarín vivía una situación delicada con la selección. No nos gustaba cómo jugaba el equipo de Bilardo. Creo que ese Mundial lo ganó fundamentalmente Maradona. Fue el eje de todo y produjo el contagio necesario para levantar el título. Pero no nos perdonó la crítica. Años después viajé a Arabia Saudita a seguir a Argentina en la Copa Rey Fahd, la antecesora de la Copa Confederaciones. En esa selección jugaba Simeone, compañero de Diego en el Sevilla. Maradona seguía enojado con Clarín, porque además había tenido un problema en Argentina con la droga, que yo traté de suavizar con una nota semifavorable a él que se llamaba Evitemos la hipocresía. Porque acá todo el mundo sabía que Diego se drogaba pero ningún periodista tomó la valentía de decirlo públicamente. Entonces hubo muchos programas de televisión donde todos se ponían las manos a la cabeza y se escandalizaban y se lamentaban. Todo mentira, todos lo sabíamos. Cuando volvimos de Riad le dije a Simeone si Diego me recibiría en Sevilla. Me quedé en un hotel en Madrid a esperar el veredicto, hasta que me llamó el ‘Cholo’: ‘Diego dice que con vos no tiene ningún problema’. Lo entendí como una aproximación, así que volé a Andalucía y me planté en el hotel de Sevilla donde el equipo estaba concentrado para jugar al día siguiente. Llegué al hall, me tomé un café y apareció Bilardo, el entrenador sevillista. Por razones obvias hizo ver que no me había visto pero luego quiso meter cucharada: ‘Diego no habla antes de los partidos’, se me acercó. ‘No quiero hacer nota, solo aclarar las cosas’. Finalmente tuve que esperar siete horas a Maradona. Mi idea era decirle: ‘¿Te acordás cuando te dije que un día me negarías una nota?’. Pero me olvidé. Porque nada más bajar, me abrazó y me dijo: ‘Contigo no tengo ningún problema, Horacio, pero con Clarín no hablo’. Y empezó a retroceder para el ascensor, se metió en el interior y se fue. Pensé que ya no me daría nunca más bola, la verdad. Pero en el 94 volvió a la selección, y en Estados Unidos, detrás de una reja, le grité. Vino, nos saludamos y nos reconciliamos. Clarín publicaría en exclusiva un especial con las horas posteriores a su positivo. Se había levantado el veto.

 

“Con 16 años recién cumplidos se fue a jugar un partido a Mar del Plata y le dije al diario: ‘Quiero hacer nota con este pibe’. Salió de suplente y le marcó dos a San Lorenzo. Al día siguiente había quedado con él”

 

‘No me voy a marear’, también le dijo en aquella primera entrevista. ¿Cuándo perdió el norte Maradona?

En Barcelona. Ahí se produjo el vuelco anímico. Cuando se peleó con Cyterszpiler, en Nápoles, por un tema de plata, al parecer, Jorge me llamó para que fuera el mediador entre Maradona y él. Fue ahí cuando me reconoció que él era muy pibe para llevar las cosas de Diego. Una cosa era ser representante de Diego en Argentina y la otra participar en los pases al Barcelona o al Nápoles. Tanto es así que se fueron de España sin dinero, arruinados. ‘Fui un mal administrador, porque él me superaba. Pasábamos por un concesionario y me decía que quería ese coche. Y yo iba y se lo compraba. Luego se encaprichaba de otro auto y también, iba a comprárselo’, se lamentaba. Se lo fundieron todo. La droga empezaba su funcionamiento…

¿Lo advirtió alguna vez de los peligros de aquella deriva?

No era sencillo. En mi primer viaje a Nápoles para hacerle una nota ya vi que estaba siempre rodeado de chupamedias y adláteres que le decían a todo que sí. Nunca eran los mismos. Para salir a la calle se escondía en la parte trasera del auto, tanta era la presión de la gente. Fuimos a comer a un restaurante en lo alto de una colina y en medio de la comida, él estaba a mi lado, traté de picarlo. Y utilicé a su hermano, Hugo Maradona, que despuntaba en un juvenil que jugaba en la cancha de Vélez y que se llenaba cada fin de semana.

‘Vos debés estar celoso, Diego, por Hugo, ¿no? Ahora en Argentina nadie habla de vos. Todo es Huguito. Pasaste al olvido, estás lejos’. En la mesa saltaron todos, se pusieron como locos. ‘¿Me estás hablando en serio?’, me dijo Diego, encendido. Fue una anécdota para colorear la nota, porque luego me invitó a su casa. Le pregunté si tenía Chivas y me dijo que sí. Llegamos con Cyterszpiler, Guillermo Blanco [su jefe de prensa] y Fernando Signorini [el preparador físico]. Estuvimos hasta las cinco tomando whisky. Me levanté a las nueve, muerto, pero él seguía despierto, ‘tac’ ‘tac’ ‘tac’, dando toques a la pelotita. Ahí tomé conciencia de su nueva y peligrosa realidad.