Los niños se acercan a mí y me preguntan si tengo un Ferrari“. John McClelland trabaja 31 horas a la semana repartiendo facturas y postales. Pero, de tanto en tanto, esquiva los miradas de aquellos que aún le reconocen. “Me preguntan si mi mujer es alta y rubia… Pues tampoco“. Cuando vacía la saca de correo, John completa su sueldo guiando las visitas turísticas por el estadio del Leeds. “Lo logramos. Nosotros subimos al Everest. Fuimos el último equipo en conseguirlo; ahora las ligas se compran“. El de McClelland no es un plural mayestático sino que con justicia reclama una parte de aquel título: él jugó 16 partidos junto a la modesta plantilla que se alzó con la liga inglesa hace ahora 30 años. Hoy es el único cartero del Reino Unido que tiene una medalla de campeón de la First Division.

Porque en el momento en que los hombres de Wilkinson levantaron el viejo trofeo el 26 de abril de 1992 en casa del Sheffield United, agitaron el banderazo definitivo de una revolución en el depauperado fútbol británico. Una revolución, como todas, gestada en la clandestinidad y bajo un ideólogo: Greg Dyke, ejecutivo de deportes de la cadena ITV. Un año y medio antes, en el restaurante de un rascacielos sobre el Támesis, los representantes de los entonces cinco equipos más importantes de Inglaterra (Manchester United, Arsenal, Liverpool, Tottenham y Everton) habían acudido a la invitación de Dyke para compartir mesa, mantel e intrigas. En el menú, la creación de una nueva competición liguera que potenciara el reparto televisivo entre los grandes clubes y que se aprovechara de la liberalización de los derechos audiovisuales.

A pesar de su militancia izquierdista en la facultad de York, en 1990 Dyke ya había comenzado a enfriar sus ideales. Co- rrían los años del turbocapitalismo, cuando después de doblegar a mineros y funcionarios, Margaret Thatcher se atrevía a proclamar que no existía “esa cosa llamada sociedad, sólo individuos“. Privatización, cuentas de resultados, cotizaciones de bolsa, deslocalización… Términos a los que Michael Douglas puso cara en la película de Oliver Stone Wall Street. “La codicia es buena, la codicia es correcta, la codicia funciona“, pregonaba interpretando a Gekko, un especulador bursátil que simbolizaría esa época junto a los tirantes, la coca, la gomina y los enormes beneficios que esperaban a los menos escrupulosos.

“Howard Wilkinson, el técnico de aquel Leeds de 1992, sigue siendo el último entrenador inglés que ganó la liga de su país, con jugadores que no ganaban infinitamente más que los aficionados que les animaban. Fue el último título ganado por personas comunes. Y el final de una época” ha escrito el periodista Dave Simpson

El plan de Dyke parecía inmejorable. Sabía que en 1992 se habría de negociar un nuevo contrato televisivo, porque cuatro años antes había firmado el anterior. También era consciente de la inminente guerra con las nuevas operadoras por satélite, que empezaban a brotar, sedientas de contenidos con tirón entre el público. Por eso Dyke comenzó a urdir su plan con antelación y secretismo. Aquella cena sobre el Támesis el 16 de noviembre de 1990 excitó la codicia de los representantes de los Big Five. “Nos hizo ver que, si creábamos una nueva liga, no repartiríamos el dinero de la televisión con las divisiones inferiores“, admitió después Irving Scholar, el representante del Tottenham en aquella velada. “Ya estábamos hartos y sabíamos que lo que hacíamos era lo correcto“, ha rememorado el entonces vicepresidente del Arsenal, David Dein. “El fútbol se había visto minado por algunos desastres. Algo había que hacer, pero la estructura de voto no permitía cambios reales. Así que los grandes clubes tuvimos que actuar“.

Aliados para una traición

Durante los siguientes meses, mientras el Leeds de McClelland comenzaba su sorprendente camino hacia el campeonato, se sucedieron los contactos para captar nuevos aliados en la ruptura con la Football League, un sistema competitivo que abarcaba cuatro divisiones y databa de 1888. Dein, hábil conspirador, acudió a la Football Association, la Federación inglesa, enemistada con la Football League tras varios conflictos de intereses. “Para su vergüenza, la FA traicionó su histórico papel como regulador y freno de los desequilibrios. Con el visto bueno federativo, los dueños de los clubes importantes consiguieron un respaldo esencial“, ilustra el periodista David Conn en su obra The football business.

Pero aún estaban por aparecer en escena dos empresarios con muchos parecidos con Gekko y peso sustancial en la creación de la nueva liga: Rupert Murdoch y Alan Sugar. El australiano Murdoch ya poseía un enorme holding de empresas periodísticas, entre las que se contaban los diarios sensacionalistas News of the World y The Sun, y la cabecera conservadora The Times. Pero su última aventura, a pesar de un nombre celestial, se había convertido en un infierno financiero: Sky, la recién nacida televisión por satélite, generaba unas pérdidas de hasta 10 millones de libras a la semana. En 1990, una fusión con su competidora BSB le permitió es- quivar momentáneamente la ruina pero Murdoch se puso a la tarea de encontrar un gancho -más allá de ‘Los Simpson’- capaz de generar suscripciones masivas a su canal. Su jefe de deportes, australiano como él, se lo presentó: “El deporte más importante en el Reino Unido es el fútbol. Y el segundo. Y el tercero“.

“Cuando llegué, en 1988, sólo unos pocos equipos raseaban el balón: Liverpool, Tottenham, Forest, quizá West Ham… ¿El resto? Kick and rush, balón a la olla y mucha presión”, evoca Nayim, el único español que disputó la temporada inaugural de la Premier

Por su parte, Sugar respondía al prototipo de emprendedor sin muchas inquietudes más allá de su propio éxito. De extracción humilde, a finales de los 80 personificaba la pujanza tecnológica gracias a Amstrad, su marca de ordenadores personales, hegemónica en toda Europa. A pesar de haber crecido en el norte de Londres, en el seno de una familia judía y a la sombra de un hermano habitual de White Hart Lane, Sugar jamás manifestó el menor interés hacia el Tottenham ni al balompié en general. Al menos, no hasta que en 1991 se convirtió en máximo accionista de los Spurs, lo que le permitiría participar decisivamente en la transición de la First Division a la Premier. “Era un tío muy serio al que básicamente no le gustaba el fútbol“, recuerda el ceutí Nayim, único español que actuó durante aquellos años en el fútbol inglés, precisamente en las filas del Tottenham.

Así que el 18 de mayo de 1992, un mes después de que el Leeds se proclamara campeón liguero, Sugar acudió invitado al Royal Lancaster Hotel de Londres. Los propietarios de los 22 equipos de la First Division se habían citado para abandonarla en masa. Aquella jornada había de definir la subasta definitiva: o se aceptaba la propuesta de ITV o la de Sky. Ambas operadoras habían aumentado sus pujas en las últimas jornadas, azuzadas por el miedo a perder el fútbol: Dyke lo necesitaba si quería enviar a la ruina a Sky y Murdoch si aún podía evitarlo.

La mano derecha de Dyke en la ITV, Trevor East, paseaba tranquilo por el hotel. Su oferta ascendía a 262 millones de libras por los siguientes cinco años, y la promesa de retransmitir preferentemente partidos de los Big Five. Pero a las 9:45 de la mañana, East escucha una conversación desde un teléfono público en el hall. “¡Me parece que no te enteras!“, grita Sugar, “estas son las cifras. Supéralas. Más te vale hacer algo, manda a alguien aquí a arreglar esto. ¡Hay que reventarlos!“. Unos minutos después, Sky eleva su oferta hasta los 305 millones y consigue que en la votación final se imponga su candidatura. Cuatro de los cinco grandes clubes optan por la ITV, a la que también escogen Aston Villa y Leeds; el único que vota a Sky -junto a los equipos modestos- es el Tottenham de Sugar. Tal vez un detalle le ayuda a tomar la decisión: Amstrad fabrica las antenas parabólicas que captan la televisión de Murdoch. Gekko en el fútbol. Cientos, miles de Gekkos en los palcos VIP. “Se ha inaugurado la Liga de la Codicia“, formula en esos días el veterano articulista Brian Glanville.

Sólo 500.000 telespectadores contemplarán el Nottingham-Liverpool que inaugura la temporada 1992-93 y, con ella, la historia de la Premier. Un año después, Sky habrá reducido a 47 millones sus pérdidas, y en 1997, con seis millones de abonados, registrará unos ingresos de 1.300 millones. Sugar sólo aguantará hasta el año 2000 como dueño del Tottenham, un periodo gris y convulso para los Spurs en el que su equipo nunca se clasificará entre los seis primeros. Dyke, por su parte, flirteará con la ‘tercera vía’ de Tony Blair como preludio a su colaboración con el Partido Conservador. Tras dirigir la BBC, no desaprovecha ninguna ocasión de censurar las prácticas empresariales del tipo que le quitó su invento televisivo-futbolístico: “Murdoch me considera un enemigo“, ventila en cuanto puede.

Ha (re)nacido una estrella

En cierta forma, los primeros años de la Premier League tienen algo de aventura regeneradora en la que sus principales actores expían pecados anteriores. Una empresa en ruinas como Sky rompe a crecer gracias a un deporte desprestigiado como el fútbol inglés. Y viceversa. Algo parecido ocurre con la estrella que definitivamente otorga a la nueva competición una globalidad insospechada e irreversible.

“En aquellos años, el fútbol inglés era un desastre. Pero se reinventó a sí mismo y Cantona hizo lo mismo a nivel personal. Él solo no define la Premier League pero esta competición es lo que es gracias a Cantona”, recuerda el periodista francés Philippe Auclair

El 16 de diciembre de 1991, cuando el Leeds ya lideraba la última edición de la First Division, un joven Éric Cantona colgaba las botas al otro lado del canal de la Mancha. Acababa de protagonizar un escándalo arbitral de proporciones desconocidas en el fútbol francés. “Su carrera se había estancado tras malas experiencias en Marsella y Nimes. Aquella polémica le llevó a retirarse del fútbol, a pesar de no tener pasta“, explica a esta revista el escritor y crítico musical Philippe Auclair. “Entonces Platini y Houllier se comprometieron a hacer algo para salvar su carrera: por él, pero sobre todo por el fútbol francés. Se habló del Inter y el Milan, también del Barça, pero pronto se vio claro que debía ir a Inglaterra. Gracias a Platini, Cantona aceptó la idea de volver al fútbol. Y volvió, pero diferente, más callado. Había sufrido mucho“, indica Auclair, autor de The rebel who would be king, la biografía del futbolista francés.

Cantona desembarca en febrero de 1992 en una isla de fútbol grisáceo. Pasa una semana a prueba en el Sheffield Wednesday, pero sólo participa de un torneo indoor. Entonces, el Leeds de Wilkinson se fija en él y se adelanta al emisario del otro club interesado: el Manchester United de Alex Ferguson. “No jugó demasiado al principio ni fue decisivo en el título del Leeds, pero se convirtió en el favorito de la afición“, apunta Auclair. Aquel Leeds, como ya sabemos, gana la First Division, pero las malas relaciones de Cantona con su técnico le pondrán en Manchester a los tres meses de comenzar la Premier. “Llegaba tarde a los entrenamientos, aunque luego se esforzaba más que nadie. En cambio, Ferguson sí que entendió cómo manejarle. Allí se sintió, finalmente, como en casa“.

Son meses altamente simbólicos. El interregno de una competición a otra, el desembarco de las televisiones por satélite… todo el decorado exige una estrella a la altura. Y la elección casi natural de esta figura revela mucho del cambio de época operado en los estadios ingleses. El candidato obvio a ese rol protagónico se llamaba Paul Gascoigne, un working class hero integral, un tío con el que el cualquier hooligan podía sentirse identificado, el George Best del fin de siglo. Gascoigne ficha en 1988 por el Tottenham después de que este equipo le compre una casa nueva a su arruinada familia. Allí explota a las órdenes de Terry Venables, con Nayim como compañero de vestuario. “Lo tenía todo para convertirse en el mejor futbolista de la historia del Reino Unido. Pero le rodeaban las personas equivocadas“, valora el ceutí. ‘Gazza’ se corona en Italia’90, después de conducir hasta el cuarto puesto a una selección por la que nadie apostaba. Sus lágrimas tras ver una amarilla en semis que le hurtaba la hipotética final, enamoran a Inglaterra; el resto del país llorará minutos después, cuando Stuart Pearce y Chris Waddle fallen sus penaltis en la tanda ante la RFA. “Lo mejor de Paul es que no le daba importancia al rival. De hecho, muchas veces ni lo conocía. En aquel Mundial le hablé de Rijkaard; él pensaba que era un país”, ha confesado después Waddle.

Pero en 1991, Gascoigne se destroza la rodilla tratando de lesionar a un rival en la final de la FA Cup. La temporada siguiente, la última de la First Division, la consagra a recuperarse en las discotecas de Newcastle.Y el verano siguiente firma por la Lazio, una decisión que termina de descarrilar su trayectoria. Mientras, Eric Cantona gana la First División con el Leeds y el curso siguiente conduce al Manchester United a su primera liga en 25 años. Cantona supone la némesis de Gascoigne. El enfant terrible francés, con su glamour y su charme, personaliza la nueva era de la Premier tanto como el bad boy de ‘Gazza’ simboliza la vieja, herrumbrosa y adorable First Division. “En aquellos años, el fútbol inglés era un desastre. Pero se reinventó a sí mismo y Cantona hizo lo mismo a nivel personal. Él solo no define la Premier League pero esta competición es lo que es gracias a Cantona“, proclama Auclair. Incluso su incidente de 1995 con aquel aficionado ayudó a la internacionalización de la nueva marca. “Fue la primera imagen verdaderamente global de la Premier, que paradójicamente -pese a tratarse de un gesto violento- colaboró en la creación de una renovada iconografía“, apostilla el biográfo del marsellés.

Precisamente la violencia había arruinado en la década precedente el prestigio de Inglaterra como inventora del fútbol. El fenómeno del hooliganismo y unos estadios antediluvianos extendieron durante los 80 una pátina de inseguridad y descrédito sobre el fútbol inglés. Los tres hitos más conocidos de aquel descenso a los infiernos -el incendio de una tribuna de madera en Bradford, las avalanchas de Heysel y el drama de Hillsborough- se cobraron 196 víctimas mortales sentre 1985 y 1989. La UEFA castigó a los equipos ingleses con seis años de marginación europea y una comisión gubernamental -el informe Taylor- impuso la necesidad de transformar las viejas terraces de pie en gradas de asiento. Más de la mitad de los estadios del curso 1992-93 se habían construido en el siglo XIX, y ninguno se había inaugurado después de la Segunda Guerra Mundial.

La Premier hizo suyas todas estas medidas: modernización y seguridad, como premisas obligatorias para vender, dentro y fuera de las islas, un producto limpio. Se construyeron nuevos recintos, convertidos en multicentros de consumo, y se reformaron y ampliaron otros, incluido el icónico Wembley. Así, a los siete años de protagonizar un desastre que aún esperaba resolución, Hillsborough albergó una de las sedes de la Eurocopa’96; en el dossier oficial de la organización no se mencionaba ningún accidente. El fútbol, lejos de lo que cantaba la Hermes House Band, no volvía a casa; se estaba construyendo una nueva. Y no quería que le recordasen las grietas de la anterior.

Desde entonces, los contratos televisivos -cada vez más globales- alimentan un gigantesco circuito. Si el sueldo medio del futbolista de la First Division multiplicaba por cuatro el de un trabajador británico, actualmente esa relación se ha elevado hasta las 42 veces. Cada vez más figuras mundiales aceptan fichar por equipos ingleses, incluso -a decir de algunas de ellas- a pesar de su clima y sus ciudades. Dinero, en cualquier caso, que explica por qué la Premier ostenta desde 2007 el primer puesto de las ligas europeas según el coeficiente UEFA y en cambio la selección inglesa apenas ha cruzado la barrera de los cuartos de final en Mundiales o Eurocopas (en categoría masculina). El periodista John Carlin no está de acuerdo en la influencia nociva de los cracks extranjeros sobre el combinado nacional. “El incremento de los jugadores no británicos en la Premier es un éxito, la calidad del espectáculo ha mejorado mucho. Combina la pasión y la velocidad inglesas con la calidad de los foráneos“, opina para Panenka. “En España el juego es más bonito, pero se incide demasiado en lo estético y se desprecia ese punto más rudo de dramatismo. Y el fútbol tiene que ser una mezcla de ambas: un ballet impredecible“, señala el autor de El factor humano.

Nayim ratifica la mejoría: “Cuando llegué, en 1988, sólo unos pocos equipos raseaban el balón: Liverpool, Tottenham, Forest, quizá West Ham… ¿El resto? Kick and rush, balón a la olla y mucha presión“. La globalización enriquece el estilo futbolístico pero también alcanza a los palcos -jeques pérsicos, oligarcas post soviéticos, magnates indios del ramo de la pollería…- y altera la composición social de otros sectores de la grada. En la última First Division, el ticket más barato en Old Trafford costaba el equivalente a 6,20 libras actuales, el mismo que ahora no baja de las 28 sin que ello haya mermado la asistencia; al contrario. “La población aficionada el fútbol se ha ensanchado hacia las clases superiores y las mujeres“, abunda Carlin.

Ante esa transformación algunas aficiones sonríen -Chelsea y Manchester City, los triunfadores de esta era, ejemplifican el poder de una buena chequera- y otras aprietan los dientes. En Anfield tardaron tres décadas en levantar una liga con la nueva denominación, mientras grandes de ayer -Sheffield Wednesday, Nottingham Forest- desaparecen durante lustros de la elite. Los problemas económicos de algunos clubes de dimensión media como Southampton o Portsmouth -y muchos otros más modestos- ya no son camuflables. Sin embargo, sólo una de estas instituciones ha originado una expresión popular. En inglés, ‘hacer un Leeds’ equivale a perder pie financiero por culpa de una mala gestión en un club mediano. No es ficción: el último campeón de la First Division sumó 16 años -entre 2004 y 2020- fuera de la misma competición a la que entró en 1992 como defensor del título.

Aquellos jugadores del Leeds no sólo fueron campeones; fueron los últimos campeones antes de que la Premier trajera la televisión por cable, los estadios con asientos, las estrellas extranjeras, los fichajes millonarios y los dueños billonarios“, resume el periodista Dave Simpson en su libro The last Champions. “Howard Wilkinson, su técnico, sigue siendo el último entrenador inglés que consiguió la liga de su país, con jugadores que no ganaban infinitamente más que los aficionados que les animaban. Fue el último título ganado por personas comunes. Y el final de una época“. O el comienzo de otra que, en cualquier caso, llegó demasiado tarde para cierto cartero de Leeds.

Artículo publicado en la revista Panenka número 10, cuyo dossier estuvo dedicado a la Premier.