TEXTO DE ARNAU SEGURA

 


Con motivo del 90 aniversario del nacimiento del inmortal líder de Burkina Faso; descubrimos un humilde club italiano que, fiel a su legado, lucha contra la intolerancia


 

En cuatro años de Ciencias Políticas no recuerdo haber escuchado ni una sola vez el nombre de Thomas Sankara (Uagadugú, actual Burkina Faso; 1949), el Che africano. “Mientras los leones no tengan sus propios historiadores las leyendas glorificarán una vez tras otra al cazador”, asegura un viejo proverbio africano, recogido en el genial e imperdible Indomable. Cuadernos del fútbol africano, de Alberto Edjogo-Owono (Panenka, 2019). Rebelde, insumiso, soñador, Sankara se alzó, precisamente, contra la realidad que retrata, que dibuja, el exfutbolista de Sabadell en su primer libro: la de un continente explotado, expoliado, saqueado, despojado, siempre sometido a los designios de un norte que se lo repartió, de forma unilateral, como si fuera un pastel, trazando líneas con escuadra y cartabón desde un despacho de Berlín; la de una tierra en la que “muchas, muchas, generaciones han vivido bajo el poder del hombre occidental; que, con el pretexto de la evangelización, sometió al autóctono en su propia casa y lo rebajó al papel de criado”.

El carismático líder africano alcanzó la presidencia de Burkina Faso, a raíz de un golpe de Estado, con tan solo 33 años, en 1983; antes de que el país fuera rebautizado así. Fue él, de hecho, quien cambió el antiguo nombre colonial del territorio (Alto Volta), antaño dirigido por los franceses, por el actual; que, en dos de los idiomas locales, significa tierra de los hombres íntegros. “En agosto de 1984 Burkina Faso, uno de los países más pobres del mundo, contaba con siete millones de habitantes, de los cuales más del 80% era campesinado. El analfabetismo era del 98% y la esperanza de vida era de unos 40 años. Contra este panorama penoso se opuso Sankara, un líder revolucionario que cambió el nombre del país como símbolo de una transformación social”, afirmaba el historiador argentino Omer Freixa, especializado en el continente africano, en un reportaje, publicado en el interesante blog África no es un país, de El País, en el que glosaba la figura de Sankara; un líder político, orgulloso abanderado del antiimperialismo, que “abogó por el respeto al medio ambiente, los derechos de la mujer, la condena enérgica de la pobreza, la autosuficiencia, el panafricanismo (un vocablo que no está incluido en el diccionario del Pages, a diferencia de panamericanismo; en una nueva muestra de la marginación de todo lo relacionado con África en el imaginario colectivo occidental). Apeló a la descolonización del pensamiento y la consecución de la felicidad fue insistente en su discurso. Ejerció como ‘presidente de un país pobre’, según dijera, predicando con el ejemplo, y actuó con dignidad, opuesto al culto a la personalidad”.

Nada más llegar a la presidencia; Sankara, siempre ataviado con una boina roja, vendió todas las limusinas del estado y elevó el modesto Renault 5 a la categoría de coche oficial. “Sankara tenía un modo ascético de vivir. En un momento declaró sus bienes: una motocicleta, libros y una casa pequeña de la que seguía pagando un crédito. A sus ministros les exigió el mismo tren de vida sencillo que se impuso a sí mismo”, asentía Freixa desde las páginas de El País; desde las mismas en las que, en el año 2014, en el 25º aniversario de su muerte, José Naranjo apuntaba que Thomas Sankara “inició una auténtica revolución en Burkina Faso: nacionalizó las tierras y se las entregó a los campesinos, estatizó las riquezas minerales, estimuló como nadie ha hecho nunca en África los derechos de la mujer (There is no true social revolution without the liberation of Women”, acentuó en una ocasión), prohibiendo los matrimonios forzosos, la mutilación genital femenina y la poligamia y empezando a colocar mujeres en los más altos cargos del Estado, puso en marcha campañas de alfabetización y vacunación y se enfrentó a los grandes organismos financieros mundiales promoviendo que no se pagara la deuda y la autosuficiencia para evitar vivir de la ayuda exterior”.

“¿Dónde está el imperialismo? Mira tu plato al comer. En estos granos importados de arroz, maíz y mijo. Ahí está el imperialismo. Vamos a consumir solo lo que nosotros controlamos”, asintió un día Sankara, convencido del potencial del continente. “Mi país posee concentradas todas las desgracias de los pueblos. Es una dolorosa síntesis de todos los sufrimientos de la humanidad. Pero, también, y sobre todo, concentra las esperanzas de nuestras luchas”, proclamó, en 1984, en una reunión de las Naciones Unidas. Persiguiendo un mundo mucho más justo, más libre, alzándose contra el abuso colonial, contra la dominación del imperialismo sobre el continente, consciente, como reza otro refrán africano, de que “la unión del rebaño obliga al león a acostarse con el estómago vacío”, se erigió en un elemento demasiado incómodo para Occidente, que anhelaba seguir gobernando el país desde la sombra, eternizando su hegemonía en el continente e ignorando los grandes progresos que estaba experimentando Burkina Faso.

 

“Debemos vivir de la forma africana. Es la única forma de vivir en libertad, con dignidad. Patria o muerte. ¡Venceremos!”

 

“Con su radical discurso se había enfrentado a poderosas fuerzas económicas y políticas que acabaron por matarle. El imperialismo que tanto peleó lo llevó a la tumba. Él mismo lo vaticinó varias veces. En 1987, en una reunión de la Organización para la Unidad Africana, en Addis Abeba, dio un recordado discurso ante los líderes africanos en el que reclamó la unidad de todas las naciones del continente para oponerse a pagar la deuda externa; que ahogaba y mantenía en la pobreza y la dependencia a los ciudadanos”, insistía en subrayar Naranjo. Sankara, que remarcaba que los explotadores, los ricos, no podían pedirle dinero a los a los explotados, a los pobres, pregonó: “Si Burkina Faso es el único país que rechaza pagar la deuda, yo no estaré en la próxima conferencia. Asegurémonos de que nuestro mercado nos pertenezca a nosotros, a los africanos. Debemos vivir de la forma africana. Es la única forma de vivir en libertad, con dignidad. Patria o muerte. ¡Venceremos!”.

Tres meses más tarde ya estaba muerto. Sankara, que, a pesar de intuir la guadaña justo detrás de su cuello, prefirió la muerte a una guerra civil que destrozara el país, siempre reacio al uso de las armas para solucionar las diferencias políticas, fue asesinado, junto a doce personas más, el 15 de octubre del 1987; seis días después de cumplirse el vigésimo aniversario de la muerte del Che Guevara. Pero el crimen, auspiciado por Blaise Compaoré, “desde el 1987 y hasta el 2014 presidente de Burkina Faso, quien rápidamente revocó muchas de las políticas de Thomas Sankara e hizo lo posible por borrar su memoria. De hecho, su cuerpo fue desmembrado y enterrado en una tumba anónima”, según rememora Naranjo en El País, le convirtió en eterno. En inmortal, infinito. Sus sueños de libertad, de emancipación, de democracia, trascendieron su vida; que se apagó demasiado pronto, a los 37 años. Porque, como él mismo aseguró, “aunque los revolucionarios puedan ser asesinados, nunca, jamás, podrán matar sus ideas”.

 

“Aunque los revolucionarios puedan ser asesinados, nunca podrán matar sus ideas”

 

“Yo, Sankara, estoy de paso. Lo que debe quedar es el pueblo”, aseveró, en otra ocasión, el líder político africano. Ha quedado el pueblo, ciertamente; pero también su legado, su recuerdo; imperecederos. Precisamente, con la ilusión de honrar, de dignificar, la memoria del burkinés, un apasionado del balompié, hace ya dos años, nació, en la ciudad de Viareggio, a apenas unos 30 kilómetros de Pisa, un club de fútbol modesto, autogestionado, que trata de aprovechar el gran potencial del deporte rey para gritar que ninguna persona es ilegal, para combatir el racismo y la intolerancia; tan presentes en un calcio desnortado. Formado a la vez por refugiados solicitantes de asilo e italianos con la intención de favorecer la integración de los recién llegados, “porque el sentido es unir, no dividir, no crear un gueto más”, el Sankara FC compite en una liga local de fútbol 7. Lo hace sintiéndose ya ganador de inicio. “Intentamos hacerlo lo mejor posible. Pero sentimos que ya empezamos con un triunfo en el bolsillo: haber hecho realidad un proyecto de integración real, del día a día”, proclama, orgullosa, la entidad desde su perfil de Facebook.

“Refugiados e italianos corriendo juntos detrás de una pelota, con una camiseta del mismo color. Esta es la idea que nos llevó a crear el que es el primer equipo de fútbol multicultural e interétnico de nuestra localidad. Estamos convencidos de que la integración de personas provenientes de países y culturas alejadas de nosotros se construye con paciencia, pasión y dedicación, día tras día, con trabajo. Pero también se construye con diversión. El deporte es un pegamento indisoluble y el fútbol, un idioma hablado en todos los rincones del globo. Seguimos atados a una idea romántica del calcio; lejos de los esquemas mercantilistas que hoy rigen el balompié. Aquí no importan ni el color de la piel ni el dios al que rezas”, afirman las líneas con las que se presenta ante el mundo el humilde Sankara FC; muy comprometido con la realidad social de Viareggio.

Vestido, al igual que el Clapton FC inglés, por Rage Sport, una marca, conocida por su logotipo, con tres flechas hacia abajo, que representan solidaridad, libertad e igualdad, que se autodefine como antifascista, antiracista y antisexista, alejada de las tendencias mercenarias del mundo del fútbol; el Sankara FC, que desde esta campaña luce el logotipo de Mediterranea Saving Humans y que también ayuda a los recién llegados a encontrar un trabajo y un hogar y a aprender italiano, se ha convertido, rebelde, insumiso, soñador, en un pez que nada a contracorriente. “El fútbol se vive, hoy, desde un punto de vista básicamente comercial. Con el Sankara FC queríamos volver a su dimensión original, al del fútbol practicado en los suburbios. Aquí, los partidos y los entrenos se transforman en una cosa que les ayuda a integrarse. Aquí, aprenden a sudar, a ganar y a perder juntos”, reivindicaba hace dos años Alessandro Bartolini; el presidente de una entidad que, bajo el lema Mil colores, un equipo, mantiene vivo el legado del olvidado Thomas Sankara; a la vez que apuesta, de forma decidida, por un fútbol sin fronteras. Sin barreras. Por un fútbol más digno; humano. Por un fútbol en el que quepan muchos mundos, unidos alrededor de una pelota.