En Marsella hay dos verdades paradójicas pero complementarias. Una es que no a todo el mundo le gusta el fútbol. La otra es que todo el mundo es del OM. 23 años después de que Deschamps levantara la única Champions de la historia del fútbol francés, la ciudad sigue enamorada de su club. De sí misma. Viajamos allí para conocer desde dentro este reducto de pasión futbolera.

“Allez l’OM”

Marsella tiene fama de ciudad cabrona. Algo de eso debía saber Luis XIV cuando, tras ocupar militarmente la urbe, no se le ocurrió otra cosa que girar los cañones de los fuertes que la presidían. Lo que antes apuntaba a los peligros del mar Mediterráneo, pasó entonces a encañonar a los marselleses. Eran las maneras con las que la monarquía trataba de decir “no nos fiamos un pelo de vosotros, macarras”.

Hay cosas que marcan. Sentirse apuntado permanentemente debe ser una de ellas. Bajo tan severa vigilancia todo se hace un poquito más humano. En Marsella la vida se reconcilia con la vida. El ruido y el olor se reivindican a cada paso. En sus calles se juega al fútbol pateando latas. Algunas ratas que apenas pueden correr de lo gordas que están hacen de espontáneas. Se grita gol y se grita mierda. Salgo de mi apartamento y hay un hombre y dos mujeres esperando a alguien. Enseguida llega su dealer de cabecera con la dosis exacta de evasión. ‘¿Cuánto?’ ‘Dame diez’. Soyez les bienvenus, ici c’est Marseille.

Marsella es, como decimos, una ciudad donde se juega al fútbol en la calle. Un padre y su hijo. Papá, camiseta de la selección de Brasil; el pequeño, del Real Madrid. ‘Vámonos’, dicen solo con su mirada la madre y la hija, ‘llegamos tarde’. La pequeña lleva una camiseta de Leo Messi. ¿Dónde está el Olympique de Marsella? Entro en un supermercado y veo que Nivea comercializa un gel de ducha con los nombres de jugadores del PSG Sirigu, David Luiz e Ibrahimovic. ¿Alguien en Marsella puede comprar esto? Quizá sea un excedente de producción desde la innombrable capital. Vago por el centro de una ciudad en la que Heineken controla tu sed y cuando estoy pensando que esto podría ser cualquier otro rincón europeo sin luz me asusta un adolescente en chándal con una máscara de Halloween. Me pilla tan tranquilo, tan relajado, que le jodo drásticamente la broma. Me giro y leo en letras bien grandes Yankee Nord Marseille.

 

Están enamorados de su ciudad. Del OM. Viven para ello. Su patria es Marsella, no Francia, repiten

 

Los Yankee Nord llevan haciendo hervir el fondo norte del Vélodrome desde 1987. Estoy rodeado de chavales de quién sabe qué generación de migrantes del norte de África. Todos están enamorados. De su ciudad. Del OM. Viven para ello. Me enseñan su local, la barra, las teles, la sala de las pancartas, su preciada PlayStation. Están orgullosos, esa es la poco original pero precisa palabra. Su patria es Marsella, no Francia, repiten. En París, cuentan, “van al fútbol como el que va a la ópera” y cuando sin querer menciono al presidente de la UEFA, Michel Platini, casi me echan. Bielsa tampoco les gustó. “Se pensaba que estaba por encima del OM y eso es imposible”, dice uno de los chicos, enervado con el carácter del ‘Loco’.

CUANDO ÉRAMOS LOS MEJORES

Casi ninguno de estos chavales había nacido cuando Deschamps levantó la Liga de Campeones en 1993. Entra en escena Michel Tonini, un mito viviente de los supporters europeos. El fundador, junto a su hermano Lionel, de la Yankee Nord. Los chavales le dan dos besos como se le dan dos besos a un padre, con más respeto que afecto. Tonini tiene 50 años, es de un trato exquisito y comenzó todo esto cuando Bernard Tapie llevaba solo un año de presidente. El problema, asegura, está en el palco. “Míchel tiene el equipo que tiene. No puede hacer más. El mejor entrenador del mundo lo pasaría mal aquí este año. Al OM lo que realmente le falta es un presidente con ambición”. Como Tapie, aquel empresario que antes de quedar mal en los juzgados, cogió al Olympique y vio cómo Marsella se hizo la capital del fútbol europeo.

Todo el local de la Yankee Nord está empapelado con fotos de aquellos primeros 90. Tras ver de blanco a Skoblar, Jairzinho, Trésor, Giresse, Tigana o Cantona, al público marsellés le fue subiendo el ritmo cardiaco. Los Francescoli, Sauzée, Papin o Waddle cogieron el testigo y acabaron haciendo brillar todas las bengalas del Vélodrome. En 1990, tras ser mejores que el Benfica, solo la mano de Vata -uno de los mayores escándalos arbitrales de Europa, búsquenlo en YouTube y comprendan a todo marsellés que le pegó un puñetazo a la pared aquel día- les privó de la final de la Copa de Europa. Un año después, el repaso se lo llevó el Milan. Una volea de Waddle sellaba el pase a la final cuando se fue la luz. Berlusconi ordenó dejar de jugar a sus chicos para forzar la suspensión. No coló. El OM había acabado con el Milan de Sacchi. La noche de Bari, un atentado al fútbol, acabó en gatillazo con el penalti fallado por Amorós y la copa rumbo a Belgrado. Finalmente, en el 93, un cabezazo de Boli dio a Marsella la tan buscada Champions.

‘DROIT AU BUT’

Aquello fue un antes y un después. “Aquí los chavales de 20 años no necesitan haber vivido eso”, me dice Tonini. “Cuando yo tenía su edad el club estaba en segunda división. Siendo marsellés, el OM se lleva en el corazón”. En aquel año, puntualiza el capo, su equipo y el Barça tenían el mismo número de Copas de Europa. Los problemas extradeportivos fueron carcomiendo por arriba a una entidad que nunca ha sido abandonada por los marselleses. Y esto no les gusta a muchos, suelta por fin Tonini. “Desde fuera ven el Vélodrome lleno, ven todo nuestro apoyo al equipo y no lo entienden. Es más, quieren acabar con nosotros, diciendo que somos nefastos para Marsella y para el fútbol. El presidente de la liga, Platini y todos los demás son unos corruptos, pero claro, los malos somos nosotros”.

 

Zazou me dice que para ella el OM es como una relación de amor con una persona: se cabrea cuando la otra parte, el equipo, no responde

 

A la conversación se apuntan Zazou y Lolo, dos chicas treintañeras El Vélodrome, con la Notre-Dame de la Garde de fondo, en una imagen de 2007. Actualmente el estadio cuenta con un techo gigantesco, fruto de las obras para albergar la Euro’16. 90 La fama, para París de la Yankee Nord. Zazou me dice que para ella el OM es como una relación de amor con una persona: se cabrea cuando la otra parte, el equipo, no responde. La presencia de mujeres en el Vélodrome está normalizada. “Existe igualdad a la hora de cantar, animar o tocar el tambor”, apunta Lolo. Los tres coinciden en un sentimiento común en la ciudad: puedes encontrar marselleses a quienes no le guste el fútbol, pero son del OM.

En el Vélodrome coexisten seis grandes grupos de supporters. Yankee Nord, Marseille Trop Puissant, Fanatics y Dodgers en la curva norte, y Commando Ultra 84 y South Winners en la sur. No hay rivalidades entre ellos, más allá del lógico pique por demostrar quién es más apasionado. El lema del club, Droit au but, directo al gol, parece actuar como un mantra pacificador. No es raro que los medios de comunicación hablen del Vélodrome como si de un reducto violento de la prehistoria del fútbol mercantilizado se tratara. Especialmente cuando en septiembre el exídolo Valbuena volvió allí con la camiseta del Lyon. El OM había retirado su dorsal, el 28, y muchos aficionados vieron en su vuelta con el uniforme del rival del Ródano un insulto a toda la ciudad. ‘Traidor’ fue lo más suave que le gritaron. Cada entrada dura que sufrió -y fueron unas cuantas- fue ovacionada de inmediato. Hubo lanzamiento de botellas y, sobre todo, un muñeco ahorcado de bastante mal gusto simulando ser Valbuena. Las tertulias y los editoriales ardieron contra los ultras marselleses. “Los medios nos despedazaron y el presidente Labrune no nos ha defendido”, dice Zazou. Su amiga Lolo ajusta el tiro. “La Ligue nos odia y resulta que nosotros tenemos un presidente 100% parisino, con su despacho en la capital. Necesitamos otro Pape Diouf, otro Bernard Tapie que vuelva a defender nuestros intereses y nuestra ciudad”.

ESTO NO ES FRANCIA

“Marsella no es Francia”, interviene Tonini. El problema es que ese concepto no parece gustar mucho en el resto del país, extremadamente centralizado. “Las ideas parece que tienen que surgir en París, la moda, la moral, la inteligencia. Pero esto es de mucho antes que el fútbol”. Entonces ambos recordamos a Luis XIV girando cañones contra los marselleses. Incluso el asedio de Julio César a Massilia. “Marsella ha estado siempre considerada un peligro por reyes y presidentes. Y el OM es nuestro equipo nacional”, resume Tonini.

Todos los marselleses a quienes he preguntado apuntan al mismo origen del mal actual del club: la horrible gestión del empresario Vincent Labrune, actual presidente a través del holding Louis-Dreyfus. Un caso más de pasión popular en manos de millonarios. El mayor deseo de aficionados como Tonini es la ruptura con el modelo de sociedad actual: “Mi sueño es que los aficionados tomemos el control del club o que al menos los marselleses podamos elegir a nuestro presidente”. Sueños de accionariado popular que convergen con el aroma del inconformismo. Las palabras “nos merecemos más” sobrevuelan todas las conversaciones sobre el OM. Una especie de orgullo de presente outsider hace que no suene a cantinela melancólica por un pasado difícilmente recuperable. No abdican. Me hablan de títulos esta temporada. Pero en el momento de redactar estas líneas, el PSG está más de 20 puntos por encima, el equipo ha pasado la fase de grupos de Europa League empatando cuatro partidos de seis y medio país se ríe del presidente Labrune por haber despreciado en verano el fichaje de Riyad Mahrez, el argelino del Leicester City que está revolucionando la Premier League.

NOS MERECEMOS MÁS

“Nos merecemos más”. Tres palabras que resumen la frustración que siente un hincha cuando sueña goles que después en la realidad paran los porteros rivales o cuando ese mismo aficionado intuye que dedica más tiempo y cariño a su equipo que quienes viven de él. Marsella tiene autoestima, se quiere y es especialista en reanimaciones. Lo saben bien en Noailles o en Belsunce, el barrio que asoló la Gran Peste de 1720 y cuyas callejuelas y comedores populares son de visita obligada si se quiere conocer la auténtica ciudad. Sus couscous infinitos, el bacalao con aïoli, así como el chándal y el rap de Keny Arkana, IAM, Bouga o Puissance Nord son el dorso de la postal, la cara B de las bouillabaisses y parrilladas de pescado en el puerto a 30 euros por cabeza.

Contraste parecido, aunque menos doloroso, que el de las cités -los barrios del norte de la ciudad calificados por el Ministerio de Interior como ZSP o Zonas de Seguridad Prioritaria- con los cruceristas y los yates o la contraposición entre los miles de descendientes de italianos, corsos, armenios, argelinos o el aproximadamente tercio de musulmanes que viven en la ciudad con el brutal 35% de apoyo a Marion Maréchal-Le Pen, del Frente Nacional, en las últimas elecciones regionales.

Marsella, la ciudad y el equipo, tratan hoy de encontrar su lugar entre esencias, orgullos heridos y duras realidades. Y siempre bajo vigilancia. Bajo la sombra de quienes aseguran liberar a los marselleses mientras giran contra ellos los cañones que antes daban al mar. Como una especie en extinción que se resiste a bajar los brazos.