En 2009, el escritor y periodista holandés Simon Kuper publicó junto al economista Stefan Szymanski uno de esos libros capaces de capturar el espíritu de los tiempos. En Soccernomics, Kuper reflexionaba acerca de la creciente influencia de la economía y la estadística en los resultados de los equipos de fútbol. Muchos quisieron ver en él la versión balompédica del célebre Moneyball -el libro, y después película, que describía el inesperado éxito de Billy Beane al frente de una franquicia de béisbol, los Oakland Athletics, gracias al empleo del análisis estadístico-. En Soccernomics, entre muchas otras tesis, Kuper reflejaba la incidencia de tres factores en el rendimiento de un determinada selección: la demografía, el bienestar económico del país y la experiencia internacional de su fútbol. “En esa teoría general encontramos algunas excepciones, como los Estados Unidos, que obtienen resultados mucho peores de los esperables en una nación de su tamaño y riqueza, o Iraq, que ha logrado éxitos por encima de lo que dictaría su demografía y las guerras que ha sufrido”. Como toda ley general, la tesis de Kuper y Szymanski tiene sus excepciones. Y quizá una de las más llamativas sea la que lleva sorprendiendo a la Europa futbolística en los últimos meses, y especialmente, desde que comenzó la Eurocopa de Francia: ¿cómo una isla del Atlántico Norte, con la población de Alicante, puede haber plantado a su selección en los cuartos de final de una Euro?

Tres años después de la publicación de Soccernomics, la modesta selección de Islandia conoció su clasificación más baja desde la creación en 1993 del ranking FIFA. En abril de 2012 había en el planeta 132 selecciones más competitivas que la islandesa -y por lo tanto, sólo 70 peores-. Nada demasiado sorprendente para un país de demografía escasa -equivalente a ocupar toda Castilla León, La Rioja y Cantabria únicamente con los habitantes de la ciudad de Valladolid- repartida sobre un territorio incómodo aunque bellísimo, que además trataba de recuperarse del hundimiento de su economía especulativa, arrasada tras el colapso de los tres principales bancos del país en 2008. Sin embargo, Kuper ya apreciaba una evolución invisible a ojos de casi todos:

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Tabla de Soccernomics con las selecciones que obtuvieron mejores resultados en relación a su potencial entre 1980 y 2001

Esa tendencia subterránea -evitaremos en este punto cualquier metáfora con volcanes, géiseres y otros fenómenos propios de la naturaleza islandesa, aunque la tentación es fuerte- ha acabado por eclosionar un lustro después. Porque el periodo estudiado por Kuper (1980-2001) se quedaba justo a las puertas del comienzo de una auténtica revolución en el fútbol de la isla. Una revolución de los medios pero sobre todo de las maneras con los que una pequeña nación forma a sus jugadores, hasta el punto de exceder con creces los límites de la lógica y la tradición. Una revolución que arranca en 2002 con la llegada de Siggi Eyjólfsson, un futbolista de 29 años perfectamente olvidable, a la dirección formativa de la federación islandesa, la KSÍ.

Dos claves se han apuntado para tratar de explicar el milagro islandés: la reciente profusión de campos cubiertos que permiten entrenar durante todo el año a pesar de las inclemencias meteorológicas y la elevada cantidad de técnicos con titulación UEFA. Eyjólfsson, promotor de aquel cambio de modelo hace ahora 14 años, no duda cuando Panenka le pide la receta del éxito: “Hay muchos países que tienen buenas instalaciones y clima adecuado para entrenar todo el año. Pero no vas a conseguir buenos jugadores solo porque tengas campos y sol: necesitas tener entrenadores bien preparados y futbolistas dispuestos a trabajar duro. Esto último siempre lo tuvimos; ahora tenemos todo lo demás”. Arnar Bill Gunnarsson es el continuador de la labor iniciada por Eyjólfsson como heredero de su cargo en la KSÍ. Y coincide en el diagnóstico: “Seguro que ayudan, pero los campos cubiertos no son la razón principal. Para mí el cambio real equivale a que cada menor de edad en Islandia tenga hoy un entrenador bien preparado (no un padre, o un voluntario), sin importar si es niño o niña, o si juega mejor o peor al fútbol. Todo el mundo recibe el mismo trato: todo el mundo puede jugar al fútbol en Islandia, sin importar lo bueno que seas”.

LA REVOLUCIÓN DE LOS ENTRENADORES

Estamos, por tanto, ante una nación que ha llevado al extremo esa vieja máxima española de que en cada habitante se esconde un entrenador en potencia. La ha llevado al extremo, y sobre todo al aula: le ha dado método. En los últimos 15 años, la revolución de los silbatos, los conos y las pizarras ha ido ganando batallas en la esquina más remota del Atlántico europeo. El buen papel de las selecciones islandesas en categorías inferiores, tanto masculinas como femeninas, anunciaban -y al mismo tiempo reforzaban- el curso de esta sublevación de los banquillos que el domingo plantará su bandera en Saint-Denis.

“Siempre tuve una opinión diferente a la de otros directores de formación europeos. Pienso que la calidad de los entrenadores es importante pero aún lo es más la cantidad, para ayudar al mayor número de jugadores a desarrollar sus cualidades en las edades más cruciales del aprendizaje, entre los 6 y los 12 años. En otros países se tiende a pensar que los niveles UEFA son solo para los escalones más altos de competición y se centran mucho, quizá demasiado, en la calidad de esos entrenadores”, resume. Así, al acceder a su cargo en la KSÍ, Eyjólfsson impulsó un ambicioso plan de formación de técnicos: cursos numerosos y de horarios compatibles con las jornadas laborales, que incentivasen el conocimiento del juego y el espíritu didáctico de los entrenadores. Hoy Islandia, con 330.000 habitantes, convoca tantos cursos anuales de nivel UEFA A como Noruega, con 5,3 millones.

“Me sorprendió cuando visité las instalaciones del Manchester United. En sus categorías inferiores había entrenadores que ni siquiera tenían el nivel B”.
Siggi Eyjólfsson

Dado el tamaño del país, la KSÍ imparte los niveles A y B de la UEFA, pero el más alto -el Pro- se realiza en coordinación con la Football Association inglesa. Y no deja de ser paradójico, no solo por la sorprendente eliminación de los Three Lions a manos islandesas en octavos de la Eurocopa, sino sobre todo por el enorme contraste entre la formación de un país y otro. En enero de 2016, más de 180 entrenadores islandeses disponían del nivel A y casi 600 del B: uno de cada 500 habitantes de la isla cuenta con una formación homologada por la UEFA. Sin embargo esa proporción en Inglaterra es de un entrenador por cada 10.000 ciudadanos. “Me sorprendió cuando visité las instalaciones del Manchester United. En sus categorías inferiores había entrenadores sin ni siquiera el nivel B. Y el club solo les ayudaba a financiarlo si el técnico se comprometía a continuar un mínimo de tres temporadas en la entidad. Eso no ocurre en Islandia: todos los equipos están implicados en la mejora formativa del país”, valora Eyjólfsson. “Si quieres tener buenos jugadores necesitas buenos entrenadores, y para tener buenos entrenadores necesitas una buena formación. Y este es un punto débil, no solo de Inglaterra sino de muchos países grandes”.

“Resulta que es más fácil y barato ser técnico en Islandia que en otros países”, valora el actual responsable de formación en la KSÍ, Arnar Bill. “Las instalaciones las sufraga el gobierno, así que los clubes pueden destinar parte de sus fondos a pagar a los entrenadores”. La aprobación por parte de la FIFA de los terrenos de juego sintéticos permitió el florecimiento de una veintena de canchas de dimensiones oficiales, y hasta 120 de tamaño más reducido para los niños, muchos de ellas en pabellones cubiertos. “En principio no estaba prevista la construcción de tantos campos pero en cuanto vieron lo exitosos que resultaban, las instituciones se lanzaron a ello”, afirma el periodista Alexander Freyr. “Los que más se han beneficiado son los que eran jóvenes en 2002; es decir, la generación que hoy está en Francia”, apostilla Eyjólfsson, que tras colgar las botas en 2006 compatibilizó su cargo federativo con el banquillo de la selección femenina. Allí consiguió los primeros logros mayores de Islandia: la clasificación para el Europeo de 2009, reeditada e incluso superada en 2013, con una premonitoria presencia en cuartos de final. “La selección femenina fue la avanzadilla. Consiguió buenos resultados antes que los chicos; mucha gente empezó a pensar entonces que quizá logros similares serían posibles en el fútbol masculino. La igualdad de género es un rasgo muy asentado en la sociedad islandesa”, valora Siggi.

En paralelo, las inferiores también comenzaban a bullir. En 2011 la sub21 se coló por primera vez en un Europeo de la categoría, en Dinamarca. Sólo la diferencia de goles -de un gol, de hecho- les impidió acceder a semifinales, pero el fútbol de la isla sacó de aquella experiencia algo más valioso que la posibilidad de ganar un título: la mejor generación de futbolistas de su historia se blindó con un espíritu de equipo a prueba de balas. En aquel vestuario ya se cambiaban Kolbeinn Sigþórsson, Gylfi Sigurðsson, Jóhann Berg Guðmundsson, Birkir Bjarnason, Aron Gunnarsson o Alfreð Finnbogason, puntales del actual desembarco islandés en Francia. Sólo faltaba que a la revolución de los entrenadores se le sumara un viejo legionario de los banquillos internacionales.

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UN CAMBIO SIN DOGMAS

De los tres requisitos de Kuper para explicar el éxito de una selección (demografía abundante, potencia económica y tradición futbolística), en Islandia solo se da la segunda. Las duras condiciones de vida en la isla y su estratégica posición durante la Segunda Guerra Mundial retrasaron la afiliación de la KSÍ en la FIFA hasta 1946. Aún tardaría otras tres décadas en comenzar a participar regularmente en las fases de clasificación para los grandes torneos. Sin embargo, a pesar de esa tendencia a la autarquía futbolística, no pocos preparadores foráneos aterrizaron en Reikiavik para elevar el modestísimo nivel local. Durante décadas ingleses, escoceses, alemanes, daneses e incluso un soviético sucumbieron en la tarea. La llegada del sueco Lars Lägerback sí iba, en cambio, a surtir efecto. “Lars llegó en un buen momento, cuando ya teníamos una notable generación de futbolistas”, apunta Siggi, “y ahora es un héroe nacional”. Una verdadera historia de amor que comenzó, como ocurre a veces, entre reticencias. Lo explica Freyr, uno de los periodistas islandeses que en esta Eurocopa más llamadas está recibiendo desde las redacciones de medio mundo: “Lägerback siempre ha sido un entrenador pegado a un modelo, el 4-4-2. Y cuando llegó existían dudas acerca de cómo encajaría, porque nuestros jugadores se amoldaban más al 4-3-3. Pero lo ha logrado, gracias sobre todo a la predisposición de sus futbolistas”.

Es decir: en la revolución de los entrenadores no cabe el dogmatismo del sistema. “Algunas federaciones quieren que todos sus equipos usen un mismo sistema táctico. Yo siempre he estado en contra de eso, porque cuando eres un país pequeño a veces no cuentas con jugadores suficientes. Si en una generación sólo tienes un delantero de nivel no tiene sentido forzar un sistema con tres atacantes”, argumenta Eyjólfsson. “Los técnicos en las inferiores enseñan a usar diferentes formaciones, distintas ideas de juego, para fomentar la versatilidad. Creo que esa es la mejor educación posible para un jugador”. Coincide su sucesor en la federación: “En la sub 21 jugamos con otro sistema, depende del entrenador y sobre todo de los jugadores. No tenemos un abanico tan amplio donde escoger”, valora Agnar Bill.

“En la sub 21 no jugamos con el 4-4-2. El sistema depende del entrenador y sobre todo de los jugadores: no tenemos un abanico tan amplio donde escoger”.
Arnar Bill

Tampoco hay un criterio estilístico unívoco; más bien un inteligente eclecticismo que Eyjólfsson explica de maravilla: “si te interesa la faceta defensiva miras a Simeone; si buscas el mejor equipo en acciones de estrategia te fijas en el Midtjylland; si hablas de contraataques tendrás que repasar lo que ha hecho el Leicester esta temporada”. Buena organización táctica, predisposición a ayudar al compañero, fortaleza en los duelos individuales, manejo del balón aéreo y aprovechamiento de la segunda jugada… Esas son las claves de la mayor sorpresa contemporánea del fútbol de selecciones. “No tenemos a un Cristiano Ronaldo, ni gozamos del nivel táctico de los españoles; todo nuestro sistema gira en base a que nuestras bondades brillen y oculten nuestras carencias”, confiesa Eyjólfsson.

“Lars ha aportado una tremenda disciplina”, recupera Freyr, el periodista. “Él siempre dice que no tiene reglas pero sí líneas maestras. A partir de su llegada el equipo nacional pasó a ser algo aún más serio y respetado”. El sueco también incorporó su peculiar manera de entender el liderazgo técnico. Él, que ya trabajó en dupla con Tommy Söderberg entre 2000 y 2004 en su país natal, ha promovido a su asistente, el islandés Heimir Hallgrímsson, al cargo de co-seleccionador. “Heimir es un especialista en el análisis de los rivales”, indica Freyr. Y es en este punto del relato cuando la revolución de los entrenadores islandeses se sube al ferry rumbo al pequeño archipiélago de las islas Vestmann.

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EL ARCHIPIÉLAGO ESPECIAL

De las 15 islas que componen el archipiélago de las Vestmann solo la principal, Heimaey, está poblada. Buena parte de sus 4.000 habitantes basan sus ingresos en la pesca y sus manufacturas derivadas. Pero la auténtica pasión de los isleños es el fútbol: eso explica que la mayor parte de las celebridades nacidas en las Vestmann hayan alcanzado su fama con un balón pegado al pie. El más llamativo, Ásgeir Sigurvinsson, fue uno de los primeros islandeses que triunfó en el fútbol continental: en 1973 salió del IBV local para enrolarse primero en el Standard de Lieja, luego en el Bayern de Múnich y finalmente en el Stuttgart. Allí mereció en 1984 el galardón al mejor extranjero de la Bundesliga. “Hay algo especial en esa isla. Siempre han tenido al IBV en primera división porque trabajan muy bien la cantera, nutrida únicamente por los talentos locales: no hacen fichajes porque realmente se trata de un archipiélago un tanto remoto”, abunda Eyjólfsson. Cuando el tiempo es bueno el ferry tarda algo más de 30 minutos en unir Heimaey con la isla de Islandia; en épocas de mar revuelto, el trayecto exige tres horas y un cargamento de biodraminas. Él lo sabe bien: entrenó brevemente al IBV de las Vestmann tras abandonar el doble cargo de seleccionador femenino y director de formación de la KSÍ.

“Quería entrenar en clubes masculinos, me vino bien para coger experiencia”, recuerda ahora. Siggi cogió en 2014 la misma tiza que cuatro años antes había soltado Heimir Hallgrímson para asistir a Lägerback al frente de la selección. “Lars es muy bueno con la táctica pero sobre todo destaca por sus capacidades comunicativas. Por su parte, Hallgrímson es excepcional analizando el juego de los rivales”, sopesa Freyr. El pasado verano, el periodista Axel Torres estuvo con él; testimonio de aquel encuentro queda un delicioso artículo en la #Panenka53: “¿No vendréis a preguntarnos también cuál es nuestro secreto, no? Me han hecho esa pregunta millones de veces”, le espetó a Torres “con cierta condescendencia”.

Hallgrímson, que ha compaginado los banquillos con la odontología -es el dentista de la isla-, constituye un nombre esencial en esta revolución: suyo será el cargo de seleccionador cuando acabe la Eurocopa y Lägerback se retire. Suya será, por tanto, la herencia más preciada del fútbol islandés, que deberá gestionar en un grupo difícil (junto a Croacia, Turquía, Ucrania, Finlandia y Kosovo), camino del Mundial 2018. “¿No has visto cómo es esto? Hay que haber nacido aquí. Somos gente especial”, le confesó a Axel Torres. Es el mismo término que escoge ahora Alexander Freyr para definir las Vestmann. “Ese sitio es especial, es como una versión diminuta del propio país”. Y no hace la comparación en vano, como comprobaremos al hablar sobre la liga islandesa.

UN FÚTBOL CON DOS CARAS

Como ocurre con otras dos selecciones de esta Euro (Irlanda del Norte y República de Irlanda), ninguno de los convocados islandeses disputa la liga nacional. El fútbol en Islandia tiene dos caras: la de una selección formada por los mejores jugadores nacidos allí, pulidos en clubes británicos, holandeses o escandinavos; y la de una liga semiprofesional en la que quedan atrapados los futbolistas de segundo nivel. “Son dos mundos diferentes, pero aún así la liga juega un cierto papel porque sirve para foguear a edades muy tempranas a los futbolistas, antes de que den el salto a clubes europeos”, expone Freyr.

Sin embargo -y aquí es donde viene el contraste con las Vestmann- en Islandia cada vez hay más incidencia del futbolista extranjero. Mientras en las Vestmann siguen cultivando de forma casi obligada al futbolista de kilómetro cero, en la liga nacional abundan los ingleses, los croatas y también los españoles: cuatro de ellos disputan la Pepsideild, o primera división, y hasta 14 participan en conjuntos de segunda categoría. Alexander Freyr reflexiona sobre este guiño de la globalización: “Hay voces que expresan preocupación ante la llegada quizá excesiva de jugadores extranjeros, que no siempre mejoran el nivel local. No falta quien cree que en la liga se debería primar el carácter formador por encima del mercadeo internacional con una mera intención competitiva”.

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Freyr defiende que el influjo extranjero está minando la tradicional paciencia con el futbolista nacional. Eyjólfsson refrenda la importancia de una actitud que suena a chino en el fútbol hiperprofesional de otros lares: “Nosotros estamos obligados a ser pacientes, porque debemos maximizar los pocos recursos que tenemos”. Y menciona dos ejemplos: el del portero titular, Hannes Halldórsson, que no fichó por un club del continente hasta hace tres temporadas (ya con 29 años, una edad considera avanzada para salir de Islandia) y el de Alfred Finnbogason, “que en edad juvenil ni siquiera era titular en su equipo”. Pero además, esa paciencia mejora el nivel de los jugadores menos dotados; y aumentando el nivel competitivo, indirectamente se mejora la capacidad de los que sí destacan. “Aunque si eres muy bueno en edad juvenil y comienzas a viajar con las selecciones de tu categoría, lo normal es que fiches por un club extranjero, como es el caso de casi todos los convocados en esta Eurocopa. Tenemos un contingente de unos 100 futbolistas en conjuntos europeos”.

La misma cifra resuena orgullosa en la voz de Arnar Bill.

– Tenemos unos 100 jugadores profesionales en el extranjero.
– ¡Vaya, no está nada mal en un país de 330.000 habitantes!
– Bueno, estamos en cuartos de final de la Eurocopa, ¿sabes?. Esto del fútbol no se nos da mal…

Una respuesta que descoloca. No es solo lo que dice, sino sobre todo cómo lo dice. Es comprensible que un responsable de una federación de pequeño tamaño (“la mitad de todo nuestro personal está en Francia”, es la primera frase que pronuncia la telefonista de la sede de la KSÍ en Reikiavik) se muestre desbordado por un éxito como el de Islandia en esta Eurocopa. Sin embargo, el tono de Arnar Bill no transmite molestia por atender a un medio español; ni siquiera por repetir respuestas parecidas a las idénticas preguntas que todos los periodistas le deben formular. No, no es hartazgo: es otra cosa únicamente descifrable a partir de una reflexión de Alexander Freyr.

“A veces pensamos que somos mejores que los demás, lo cual puede ser bueno -como ahora con la selección- pero también bastante malo, como se demostró con la crisis bancaria de 2008”
Alexander Freyr

“Además de los entrenadores y las mejores instalaciones para desarrollar el talento, no hay que menospreciar nuestra férrea determinación como país”, señala. Habla de los primeros pobladores, con el renegado noruego Ingólfr Arnarson al frente. Y de las repetidas colonizaciones posteriores, primero noruega y danesa después. La nación islandesa lo soportó todo durante un milenio, como parte de la naturaleza abrupta y la climatología adversa de la isla, hasta que logró su independencia en 1944. “Nunca hemos dejado de luchar y eso deja una cierta impronta. Por alguna razón eso nos lleva a pensar que somos mejores que los demás, lo cual puede ser bueno -como ahora con la selección- pero también bastante malo, como se demostró con la crisis de la banca en 2008”, rememora Freyr. “Estamos centrados en ganarle a Francia, no estamos celebrando nada. Dicho de otra manera: aún no estamos satisfechos”, redondea Arnar Bill. “Esa es una de las propiedades de los islandeses: siempre pensamos que podemos vencer a cualquiera, aunque seamos un país pequeño”, refrenda Eyjólfsson, que hace 14 años comenzó una reconversión técnica y ahora, como segundo entrenador del Lillestrom de Noruega, tendrá que contentarse con ver la culminación de su obra por televisión.

“Espero que esta campaña ponga a los entrenadores islandeses en el mapa. Y algunos puedan acceder a banquillos de equipos europeos”, formula como si él mismo se estuviera postulando. Uno se lo imagina en Noruega, abriéndose una cerveza mientras los Strákarnir okkar (nuestros chicos) se alinean al compás del himno nacional. Y es lógico pensar en un íntimo y legítimo orgullo, no solo como ciudadano islandés sino como promotor directo de una revolución que este domingo tomará su Bastilla particular. “Bueno, creo que hice mi papel como mucha otra gente en la federación, en los clubes… ¡Un trabajo en equipo!”, desliza con modestia.

 


CRISTIAN MARTÍNEZ | PORTERO | VIKINGUR OLAFSVIK

Estaba jugando en Tercera División en España cuando un amigo me dijo que el Vikingur de Islandia lleva años sin tener suerte con los porteros. Pues nada, envié mis vídeos, y me ofrecieron un contrato de un mes. A las dos semanas me querían renovar para el resto de temporada. En el equipo no hay ningún profesional. En nuestro contrato pone que trabajamos tres horas diarias. Ahora mismo estoy en un campus con chavales, entrenando a porteros, cortando el césped o lavando la ropa. Vivo a dos horas y media de la capital, por lo que no me compensa ir hasta allí -las carreteras son como las nacionales españolas, aunque reventadas por el frío y llenas de ovejas)-. La liga se juega de mayo a octubre. De octubre a febrero estoy en España. En febrero lo paso mal. Entrenas, y te vas a casa. No puedes salir a la calle porque todo está nevado. Los islandeses son de mentalidad muy fuerte, muy suyos y poco habladores. Pero es que tienes que ser un tipo duro para vivir aquí durante el invierno. Yo no sé si quiero volver otro año más. Eso sí, si llega una oferta de la capital posiblemente la aceptaría.

 


EDU CRUZ | DEFENSA | GRINDAVIK

Vine aquí gracias a la gestión de ‘Rodri’, con el que había compartido equipo. Le pidieron un central y me llamó. Llevo dos meses en Grindavik, pero mi primera sensación es muy buena. Cualquier equipo tiene sus campos para jugar tanto al aire libre como bajo cubierto. Las infraestructuras de aquí están a la altura de las de los equipos de Segunda y Segunda B en España. Justo ahora el fútbol empieza a despegar en Islandia. Trabajan bien el aspecto físico y poco a poco también van evolucionando en el táctico. Son vikingos, gente que vive y juega al fútbol con mucha pasión: meten la pierna. Pero con el trabajo que están haciendo, técnicamente irán mejorando con los años. Lo bueno de haber venido a este equipo es que nuestro entrenador tiene una visión diferente al resto: la mayoría de equipos juegan al pelotazo y nuestro técnico quiere mantener el balón y salir bien de atrás. Eso se adapta a mis características, por eso se me está dando bien la experiencia. Si me sale una oferta en España, la valoraré, pero estoy a gusto y me gustaría quedarme aquí más tiempo.

 


RODRI GÓMEZ | MEDIO | GRINDAVIK

Un compañero me dijo me dijo que un equipo islandés necesitaba a un jugador de mis características. Estaban haciendo la pretemporada en Campoamor, así que hice la prueba y ya llevo aquí tres años. Quieren a jugadores de España sobre todo desde que la selección ganó las Eurocopas y el Mundial. La fama del fútbol español ha aumentado. Les llama la atención la forma que tenemos de jugar y de luchar. Prefieren a los españoles como hace años preferían a los brasileños y los argentinos. Aquí hay desorganización técnica, practican un estilo inglés pero sin calidad. Luchar, pelear y luego correr para arriba. Los españoles aportamos rigor táctico, no vamos a lo loco, conservamos la pelota y eso en el campo se nota. Los técnicos islandeses buscan sacarse el nivel UEFA por si alguna vez tienen que entrenar a la selección, y lo sorprendente es que muchos entrenan a niños. Aquí a los niños los dejan disfrutar, les hacen jugar partidos para que disfruten. La formación es como un recreo en un colegio, no una estructura deportiva como nosotros la conocemos.

 


SITO SEOANE | MEDIAPUNTA | FYLKIR

Tenía ofertas de Estados Unidos, de Segunda en España y de Dinamarca. Pero los islandeses me vieron en un partido en el que marqué dos goles y me ficharon. Aquí me pagan más que en la MLS y la situación es mucho mejor, por ejemplo, que en la Segunda B de España, donde tengo amigos que cobran 1000 euros. No me preocupo del coche o la casa, de eso se encarga el club. La selección tiene mucha influencia a nivel táctico, también en nuestro equipo. El seleccionador es una persona muy respetada. Un 80% de los equipos utilizan la misma táctica: defender bien, ser aguerridos y correr. La Eurocopa se está viviendo con mucha pasión en Islandia. El país se paraliza, sobre todo la capital, donde una hora antes de cada partido se cierran los bares y los supermercados. Hay tanta gente que quiere ver el partido que han movido las pantallas a las afueras de la ciudad. El fútbol es el deporte número uno en Islandia, más que el balonmano, que se juega diez meses al año y tiene muchos aficionados. Incluso se enseña en las escuelas como asignatura obligatoria, por influencia de los padres y el ministro de deporte. El autobús recoge a los niños a las 5:45 de la mañana y los lleva a un campo cubierto. Juegan dos horas y, de ahí, los llevan al aula.

 


JUANMA ORTIZ | DELANTERO | GRINDAVIK

 

El entrenador quería un delantero y Edu le propuso que me ficharan. El técnico vio vídeos míos en YouTube y contactó conmigo, negociamos y vi. Todos hemos ido sin representante, Rodri abrió el camino. Llevo aquí desde mayo, estoy estudiando para ser bombero en Murcia y ya llevo tres goles. Me ha sorprendido el nivel que tienen varios compañeros que son de aquí de Grindavik. Hay una muy buena escuela. Mi rutina aquí es la siguiente: Me despierto sobre las 8, desayuno y estudio. Comemos sobre las 12:30, estudio un poco más y me preparo para entrenar, a las 17:30. La noche es algo loca; en esta época ya no anochece y hay solo dos horas nocturnas. A las 00:30 ya es de día. Como no he encontrado un antifaz, me pongo una braga en los ojos para dormir. Conforme avance el verano, habrá más luz. Y en invierno, al revés: 20 ó 22 horas de noche. Siempre había querido venir a Islandia, es un país maravilloso. Estamos disfrutando de la naturaleza, los paisajes. Es gloria bendita. Tanto en lo relativo a sus instalaciones como en su nivel económico, es mejor que España. Aquí podemos ahorrar algo de dinero.

 

Fotos de Edu Ferrer
Entrevistas editadas por Carlos Martín Rio e Iñaki Lorda