TEXTO DE ARNAU SEGURA

 


Conmemoramos el centenario de la Unió Esportiva Figueres, que en la temporada 01-02 hizo historia al convirtirse en el primer equipo de Segunda B en alcanzar las semifinales de la Copa del Rey


 

El inalterable paso del tiempo se hace inequívocamente patente en las graderías del vetusto Municipal de Vilatenim, un estadio que, desde el silencio que ya tan solo rompe la tramontana que un día inspiró a Salvador Dalí, parece proclamar aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Tres episodios, demasiado lejanos en el tiempo, brillan por encima del resto en el libro de la historia de la Unió Esportiva Figueres, que este 13 de abril, instalada en el infierno de la Tercera División, celebra el centenario de su nacimiento. La brillante actuación del equipo en la Copa del Rey de la temporada 80-81, en la que, rebelándose contra la lógica, alcanzó los octavos de final, así como el ascenso a Primera División que aquel Figueres de los ‘Tito’ Vilanova, Pere Gratacós, Aureli Altimira, el ‘Lobo’ Carrasco o ‘Tintín’ Márquez, guiado por Jorge D’Alessandro, rozó en la 91-92; son el perfecto prólogo de lo que Vilatenim vivió hace 17 años, cuando la Unió, el gran referente futbolístico de la provincia de Girona en la segunda mitad del siglo XX, materializó la que sigue siendo la proeza más extraordinaria de su modesta historia.

El escenario fue, de nuevo, el torneo del KO. La aventura del Figueres, que en aquel momento competía en Segunda B, arrancó el 6 de septiembre del 2001, en Teruel. El 1-2 de la ida dejó la eliminatoria bastante abierta, pero en la vuelta el cuadro aragonés, de Tercera, fue un juguete a manos de los discípulos de Pere Gratacós, que, liderados por un José Luis Peña que, omnipresente, firmó hasta cuatro dianas en 45 minutos, se impusieron por un incontestable 8-0. El sorteo de la siguiente ronda, la primera de la competición, que por aquel entonces todavía se disputaba a partido único en el campo del equipo de inferior categoría, hizo que el camino del Figueres se cruzara con el del Futbol Club Barcelona, al que hasta el momento tan solo se había medido en dos ocasiones: en la inauguración del estadio de Vilatenim (1986, 3-1) y en los cuartos de final de la Copa Catalunya de la 94-95, cuando el conjunto ampurdanés eliminó al Barça en los penaltis. “Poder jugar contra el Barça ya era un premio, aunque es cierto que por aquel entonces la relación entre los dos equipos estaba muy viciada. Había mucho recelo. Porque en Figueres había la sensación de que el Barça B podía haber hecho alguna cosa más para que el equipo no descendiera a Segunda B en la 92-93. El Figueres ganó al Madrid Castilla por 2-3 en la última jornada, pero el Barça B perdió con el Athletic B (1-3), que se salvó y envió al Figueres a Segunda B. Pero, aun así, Figueres era del Barça”, empieza el periodista de la Cadena Ser Raül Muxach, que en aquel histórico partido contra el Barça se estrenó “como radiador de partidos de fútbol, como lo que soñaba desde pequeño”.

 

“Ya habíamos hecho historia al cruzarnos con el Barça, al llenar Vilatenim. Ya no podíamos pedir más. Allí tenía que acabarse la historia. Pero no. No”

 

Ciertamente, la visita del Barça despertó una enorme expectación en Figueres. Más de 9.000 aficionados abarrotaron el estadio de Vilatenim, repleto de niños con la elástica culé; tan teñido del blanquiazul del Figueres como del azulgrana del conjunto de Charly Rexach, que venía de perder en el Santiago Bernabéu (2-0) y que saltó al césped con Pepe Reina, Carles Puyol, Patrik Andersson, Fernando Navarro, Xavi Hernández, Fábio Rochemback, Gerard López, Marc Overmars (Roberto Trashorras), Geovanni, Alfonso Pérez (Thiago Motta) y Javier Saviola (Dani García Lara). A pesar del gris presente en el que vivía inmerso aquel Barça desnortado de Joan Gaspart (como lo constatan dos pancartas que aparecieron en las graderías: “Menos extranjeros. Más Masia”, “No tenéis vergüenza”), el duelo, dada la magnitud histórica de ambos conjuntos y las flagrantes diferencias en el presupuesto (un millón de euros; 150 millones de euros), se presentaba como un simple trámite para el Barcelona, como un paseo militar, como una exhibición ante una ciudad encantada de poder ver de cerca al que para muchos era el equipo de su corazón. “Se había superado al Teruel y nos había tocado el Gordo. Ya no podíamos pedir más. Ya habíamos hecho historia al cruzarnos con el Barça, al llenar Vilatenim. Aquello era una fiesta. Allí tenía que acabarse la historia. Pero no. No”, acentúa Jesús Navarro, que formó tándem con Muxach en los micrófonos de la Cadena Ser.

Convencidos de que la hazaña era impensable, pero posible, de que para hacerla realidad “tenían que darse dos circunstancias: que el Barça jugara muy mal y que nosotros hiciéramos un partido perfecto”, como les dijo Pere Gratacós en la previa, los futbolistas del Figueres demostraron un gran oficio, forzando al Barça a estrellarse una vez tras otra contra la rocosa, férrea, sólida, ordenada e infranqueable defensa local, la principal virtud de un Figueres que, con la ilusión por bandera, brillaba por su extraordinaria resiliencia. “Supimos aguantar. Nos lo dejamos todo en el campo. Y resistimos”, asevera ‘Kali’ Garrido, que saltó al césped en el minuto 67, cuando el Figueres, aprovechando la inoperancia ofensiva de un Barcelona incapaz de contrarrestar la asfixiante intensidad de los locales, ya había empezado a asomarse con peligro a las inmediaciones de Pepe Reina hasta el punto de disponer de las ocasiones más claras del encuentro. “Poco a poco nos lo fuimos creyendo. Fuimos creciendo, fuimos viendo que nuestras posibilidades eran reales. Sacamos fuerzas de la nada. Y la afición hizo lo mismo. Al principio animaban al Barça, pero la situación fue cambiando a medida que pasaban los minutos. Cada vez jugábamos más en casa”, rememora Gratacós, el guía espiritual de aquellos guerreros, de aquellos anónimos obreros del balompié, que dieron la sorpresa al forzar la prórroga. Lo que vino justo después, en el primer minuto del tiempo extra, no lo olvidarán jamás los 9.000 hinchas que acudieron el Municipal de Vilatenim.

“Entré al primer palo para rematar un centro lateral, pero Puyol se me anticipó y despejó el balón fuera del área. Al intentar rematar le golpeé un poco en el tobillo y se quedó en el suelo quejándose. Piti recoge el rechace. Me la pasa. La controlo. Le doy con el interior y el balón golpea en la espalda de Puyol, que salió a tapar a la desesperada, coge una parábola y Reina no puede hacer nada”, narra ‘Kali’ Garrido, el autor del que es el tanto más importante de la historia de la Unió Esportiva Figueres, como lo demuestra el hecho de que el club todavía guarda el balón con el que el delantero vizcaíno batió a Reina. La locura y el éxtasis se desataron en las graderías del estadio de Vilatenim, mientras Garrido desaparecía entre una nube de abrazos. “La pelotita, siempre tan dichosa, a veces no quiere entrar. Pero ese día sí. Ese día sí. La euforia era total, absoluta. No nos lo podíamos creer”, recuerda, con la voz rota por la emoción, Carles Lloveras, que a sus 82 años continúa entregando su vida al Figueres, al equipo que descubrió cuando no era más que un niño, al revivir aquella diana, tan poco estética como histórica, de Garrido. “Yo les iba diciendo: ‘Parad, parad, que todavía quedan 29 minutos, que todavía queda una eternidad’. Pero no puedes frenar una ilusión. No puedes frenar una emoción. Y en ese momento la emoción era tan grande… Las emociones no se pueden frenar. Ni se tienen que frenar. Tienes que dejarlas fluir. Los jugadores hicieron un paso adelante. Se lo creyeron todavía más”, apunta Gratacós antes de remarcar que “fue una noche fantástica. Mágica. Preciosa. De las que recordaré para siempre. Era como si hubiéramos ganado un título. Es que, de hecho, era un título para nosotros. También fue un premio para aquella gente que lleva muchos años en el mundo del fútbol y que está acostumbrada a las cosas malas. A las derrotas, a los descensos. Los premios siempre parecen estar reservados a los de arriba, pero también está bien que el resto pueda saborearlos”.

Figueres lo hizo en aquella inolvidable noche del 7 de noviembre del 2001, cuando los pupilos de Pere Gratacós, que ni siquiera lucían su nombre en las camisetas, pusieron el nombre de la ciudad en el mapa futbolístico. “El Figueres firmó su gesta más importante, el capítulo más brillante en sus 82 años de historia, al eliminar al Barça. David ganó a Goliat en una noche apoteósica. A los aficionados de la Unió todavía les brillan los ojos y se les pone la piel de gallina cuando cierran los ojos y rememoran el gol de ‘Kali’ Garrido”, reza la página web del conjunto de un Municipal de Vilatenim que acabó rindiéndose a sus jugadores, brindándole una atronadora ovación mientras sus nuevos héroes daban una vuelta de honor al terreno de juego, mientras Charly Rexach, consciente de que el Barça había encajado una de las derrotas más humillantes de toda su historia, admitía que “hemos hecho el ridículo. No hay excusas”.

 

“Fue una noche fantástica. Mágica. Preciosa. De las que recordaré para siempre. Era como si hubiéramos ganado un título. Es que, de hecho, era un título para nosotros”

 

Después de batir al Barça en una primera ronda en la que quedaron apeados hasta ocho equipos de Primera, el Figueres tuvo que vérselas con el Osasuna de Miguel Ángel Lotina, que en la 95-96 había conducido al Numancia, de Segunda B, hasta los cuartos de final del torneo del KO. “No daba tanto miedo como el Barça, aunque lo más normal era perder. Pero todos pensábamos: ‘Si hemos podido con el Barça, ¿por qué no?'”, sentencia Jesús Navarro. El encuentro, mucho más gris e insípido que el partido contra el Barça, tuvo que decidirse en la tanda de penaltis, donde el inconmensurable Juan Carlos Caballero, al que el brillante nivel ofrecido en la Copa del Rey le serviría para fichar por el Sevilla al final del curso, volvió a aparecer de forma providencial para detener el lanzamiento de Iñaki Muñoz. ‘Piti’ Belmonte, el artista de aquel Figueres, Pep Pagès, Julio Algar y Àngel Cortada superaron a Ricardo Sanzol antes de que Sabino Sánchez certificara la eliminación de Osasuna al enviar su penalti a las nubes. “El Figueres, al límite de sus fuerzas, protagonizó un segundo milagro deportivo al derrotar al conjunto navarro en los penaltis (4-2). El equipo resistió de manera heroica durante los 120 minutos y tocó la gloria en los penaltis”, celebra la crónica de aquel partido que todavía puede leerse en la web del Figueres. “Aquello fue la clave para desatar todo lo que vino después. Para acabar de creérnoslo. Entonces nos tocó el Novelda, de Segunda B. Fue un bajón, pero al mismo tiempo decíamos: ‘¡Podemos pasar a cuartos!'”, recuerda Raül Muxach, que vivió toda aquella aventura desde la cabina número ocho de un Municipal de Vilatenim que el 12 de diciembre del 2001 acogió la ida de la eliminatoria contra el Novelda.

El 2-1 de la ida (Arnau Sala y Eloi Fontanella marcaron por el Figueres; mientras que Antonio Jesús Madrigal, que un año más tarde firmaría un hat-trick para eliminar al Barcelona en los treintaidosavos de final, lo hizo por el Novelda) hizo que todo tuviera que resolverse en la vuelta; en el barrizal, en el campo de batalla, en el que las lluvias habían convertido La Magdalena. Los números de las camisetas de los jugadores del Figueres, que se despidieron del campo en medio de una incesante lluvia de objetos, ni siquiera se distinguían al final del partido. “Aquello fue como una guerra. El ambiente era extremadamente hostil. Pero teníamos que mantener el 0-0 como fuera. Lo conseguimos. Y pasamos a cuartos de final”, recuerda Jesús Navarro. “Novelda es lo que más recuerdo de aquella Copa del Rey. Nos apedrearon. Rompieron los cristales del bus del equipo. La Guardia Civil tuvo que ayudarnos a salir del campo. Fue dramático. Yo estaba en medio del público, como en un campo de Tercera Regional. Con una mesa de camping, con el equipo cubierto con un plástico porque diluviaba. Me acuerdo de que en un momento de la transmisión incluso digo: ‘Tirará un córner el Figueres… No, señor, no quiero lotería. Apártese, por favor'”, añade Raül Muxach.

Arnau Sala celebra su gol contra el Novelda.

Inmerso en un sueño, en una película, el Figueres aceptó el siguiente reto con ambición, con la ilusión de seguir alimentando el sueño, de continuar haciendo temblar los cimientos del fútbol español. El Córdoba, de Segunda, se presentaba como el indiscutible favorito, pero el cuadro ampurdanés encarriló la clasificación al imponerse por 0-2 en el Nuevo Arcángel en el partido de ida. José Luis Peña y Eloi Fontanella anotaron las dos dianas de un Figueres que ni siquiera notó el hecho de tener que jugar con un futbolista menos durante media hora por la expulsión de Miguel Ángel Salas. “Tenían un delantero, Whelliton, que valía más que toda nuestra plantilla. Pero empezábamos a sentirnos a gusto en la Copa, a hacérnosla nuestra. Recuerdo que al final del partido, en el vestuario, los jugadores estaban a 300%. Hubo un momento en el que no sé si estuve bien. Entraron el alcalde, directivos, toda la gente que nos había acompañado, sin que yo les hubiera dado permiso. Vi alguna cosa rara, algo que no me parecía bien. Vi tanta euforia que no me gustó. Y paré. ‘Parad, parad, parad. Que todavía no hemos pasado la eliminatoria. Que no hemos ganado nada. ¡Nos estamos equivocando! ¡Nos estamos equivocando! Como no seamos humildes no seremos un equipo. Vamos a seguir trabajando’, dije. La emoción se enfrió de repente. Con el tiempo no sé si hice bien o no, si volvería a actuar igual, pero era lo que sentía en aquel momento. Me pareció excesivo, un exceso de confianza. Una cosa es estar contento. Y otra darlo todo por hecho. Me salió del alma”, rememora Pere Gratacós, el entrenador de un Figueres que, después de empatar a cero en Vilatenim, hizo historia al convertirse en el primer equipo de Segunda B en alcanzar las semifinales de la Copa, una proeza que tan solo ha sido capaz de emular el Mirandés de Pablo Infante (11-12). “Para nosotros era una fiesta, pero para el aficionado todavía más. Fue una alegría enorme, tan grande como la del día del Barça. Sabíamos que habíamos hecho historia. Recuerdo que antes del partido les dije: ‘Nos lo estamos pasando muy bien. Estamos jugando muy bien. Estamos disfrutando. Pero también estamos a un paso de hacer historia. Hagamos historia'”, recuerda un Gratacós que justo después del partido insistía que “el sueño se está alargando. Y no queremos despertarnos. Ojalá podamos despertarnos en Madrid”, donde tenía que disputarse la gran final. “Sí, sí, sí. Nos vamos a Madrid”, proclamaban los jugadores blanquiazules desde las entrañas de Vilatenim. “El año que viene, Figueres-Liverpool”, entonaban los aficionados desde las graderías, conscientes de que si el equipo se clasificaba por la final de la Copa iba a tener opciones de competir en Europa.

El 10 de enero del 2002, las bolas del Real Madrid, del Deportivo de La Coruña, del Athletic Club y del Figueres se mezclaron en un mismo bombo para determinar los cruces de las semifinales. “Queríamos continuar haciendo historia se pusiera delante quien se pusiera delante. No teníamos nada que perder”, avanza ‘Kali’ Garrido. “Ya habíamos eliminado al Barça y al Osasuna. ‘Nos ha tocado el Dépor. ¿Y qué?’, pensamos todos. Recuerdo que cuando se hizo el sorteo la gente se decepcionó porque quería el Madrid”, apunta Jesús Navarro, ilustrando el carácter temerario, desacomplejado, de un equipo que había perdido el miedo a soñar.

El Figueres eliminó al Córdoba en los cuartos de final.

El milagro del Figueres comenzó a difuminarse en el minuto 5 del partido de ida, cuando Diego Tristán silenció el Municipal de Vilatenim al batir a Juan Carlos Caballero con un precioso taconazo. “El Dépor era un súper equipo, pero tengo la sensación de que, con el 0-1, dijeron: ‘Esto ya está. Vamos a intentar no hacernos daño. Esta gente no tiene pólvora para venir a buscarnos’. ‘Vosotros mismos. Firmamos el 0-1 y vamos a jugárnoslo en vuestra casa’, pareció decir el Figueres”, asegura Raül Muxach, reviviendo la que fue la única derrota que encajó el cuadro ampurdanés a lo largo de aquella Copa del Rey. El Figueres, que se había visto claramente perjudicado por un Eduardo Iturralde González que no quiso ver dos penaltis en el área de Nuno Espírito Santo, había caído, pero el 0-1 permitía continuar soñando. “Pocas. Pero todavía teníamos posibilidades. Todavía estábamos vivos”, insiste en destacar Pere Gratacós.

El tanto de José Manuel Colmenero en el minuto 6 pareció sentenciar la eliminatoria. Pero ni así se rindió el resiliente Figueres, que acabó restableciendo el empate inicial por mediación de un Piti que transformó una pena máxima en el 92. “El público estaba cagado. Estaban cagados. Se veían fuera. Si hubiéramos marcado diez minutos antes”, suspira Pere Gratacós. “La sensación es que aquel penalti no lo era de ninguna de las maneras, que era como un reconocimiento. Recuerdo a la gente de Riazor aplaudiendo al Figueres. La ovación fue muy emocionante. Aquel equipo siempre podrá decir que se quedó a un gol de llegar a la final de la Copa del Rey, que siempre dio la cara, que no fue inferior a nadie. Que hizo historia, que llegó adonde no había llegado nunca nadie”, sentencia Jesús Navarro. “Me acuerdo de que con el 1-1 hubo un saque en largo de Caballero. No sé qué hacía el Dépor volcado en el campo del Figueres, pero Juli Sunyer se quedó solo junto a un defensa. Recuerdo que los dos iban corriendo hacia la portería, a la espera de que el balón bajara al suelo. El central del Dépor la sacó de forma espectacular, pero si ese tío llega a fallar Juli se quedaba solo ante Nuno. No sé qué hubiera pasado, pero recuerdo que en ese momento todo se congeló. Pero no, el central la sacó. Y ahí acabó la historia. Pero no había decepción. Todos eran conscientes de que habían hecho algo muy grande”, concluye Raül Muxach, que asistió, junto a Jesús Navarro, a la mariscada con la que GAES, el patrocinador del Figueres, quiso premiar al equipo aquella misma noche. También les habían prometido un viaje a Isla Margarita, a Venezuela, en el caso de que alcanzaran la final del torneo. “¡Nos vamos al Caribe!”, cantaban, durante la cena, los futbolistas, que acabaron visitando Túnez. Y es que la felicidad, la certeza de haber escrito el nombre del Figueres con letras de oro en el libro de la historia del fútbol español, se impuso rápidamente al amargo sabor de la derrota. Vestidos de rojo, teñidos de rubio por una promesa que cumplieron al alcanzar las semifinales, los jugadores del Figueres, que incluso fueron invitado por la federación para vivir en directo aquella inolvidable final que proclamó al Dépor campeón en el Santiago Bernabéu, acabaron pereciendo en la orilla. Pero lo hicieron con el orgullo intacto, sabiéndose los campeones morales del torneo. “Tengo que felicitar al Figueres porque ha sido un rival dificilísimo y un digno semifinalista”, acentuaba Jabo Irureta desde las entrañas de Riazor. El mismo Jabo Irureta que tras el partido de ida reconocía que “el Figueres ha realizado una gran actuación. No debió haber perdido”.

“Hemos demostrado que los modestos también pueden soñar, que también pueden hacer realidad sus sueños”, asentía un Pere Gratacós que vivió aquella Copa con un anillo de El Señor de los Anillos en el bolsillo. “Mi hijo estaba enganchado a la película. El día del partido contra el Barça, me vino a desear suerte y antes de que me fuera me dijo: ‘Llévate esto’. ‘Qué es?’, le respondí. ‘El anillo. El anillo que te hará ganar. Llévatelo, que te dará suerte’. Durante el partido lo iba tocando de vez en cuando. Ganamos, y lo llevé en todos los partidos”, recuerda el exentrenador del Figueres antes de destacar que “cuando llegamos a casa nos esperaba un recibimiento bestial, brutal. Notamos el agradecimiento, el calor, la felicidad, de la gente. Fue precioso. Las emociones que viví no las olvidaré jamás”. “Aquello nos acompañará siempre. Estoy muy orgulloso de haber sido partícipe de esa hazaña, de haber conseguido que el Figueres estuviera en boca de todo el mundo durante un tiempo. Mis hijos a veces me lo recuerdan todavía. Fue muy bonito”, añade ‘Kali’ Garrido, el hombre que firmó la diana que hizo mutar el Figueres en “un chico irrespetuoso” con las jerarquías del fútbol español, como enfatizaba Olé desde Argentina, que le dio al conjunto catalán el salvoconducto para embarcarse en un sueño surrealista e irreal, en un daliniano cuento de hadas que jamás desaparecerá de la memoria de los nostálgicos aficionados de la Unió.