Con un talento forjado en la cantera del Sporting de Portugal, la carrera de Ricardo Quaresma inició en Barcelona una travesía que le llevó a jugar y ganar títulos en algunas de las mejores plazas del continente. A excepción de su estancia en el Camp Nou y el breve paso por el exótico fútbol de los Emiratos Árabes, el extremo portugués puede presumir de haber engrosado su palmarés allá por donde ha pasado. Ocho ligas -cuatro en Portugal y dos en Italia y Turquía-, cuatro copas -dos en Portugal y una en Inglaterra y Turquía- y la Eurocopa de 2016 con la selección lusa son los éxitos más destacados de un futbolista que ha dejado el sello de sus característicos disparos y regates en Sporting, Porto, Inter de Milán, Chelsea y Besiktas. Un genio de nuestros tiempos muy diferente a aquellos que un día fueron ídolos en años pasados.

Había un tiempo en el que unas medias bajadas, mostrando piernas peludas, embarradas y magulladas, enamoraban más que las espinilleras de última generación sobre un tatuaje que cubre desde el tobillo hasta la rodilla. Había un tiempo en el que las botas no necesitaban de una paleta cromática infinita para que fueran objeto de deseo de un niño; si servían para patear el balón ya eran lo suficientemente valiosas para dibujarle una sonrisa en el rostro. Igual sucedía con las camisetas, poco más que colores y escudo se presentaban como vitales para sacar a relucir el amor por un club; ni marcas, ni logos, ni patrocinios, ni retoques estéticos importaban por aquel entonces. Como tampoco traía sin cuidado si un futbolista pesaba más o menos, la frondosidad de su bigote o si la alopecia llamaba a su puerta de manera prematura.

Eran otros tiempos, desde luego. El fútbol actual, como fenómeno de masas y ente ultra globalizado que llega hasta el último rincón habitado del planeta, ha extremado sus intereses y esfuerzos para mostrar al deporte rey como un juego perfecto hasta su último detalle. Todo cuidado al más mínimo detalle para ofrecer un espectáculo sin fisuras. Los céspedes y los balones siempre perfectos y relucientes. La salida a escena de los protagonistas, los himnos y el pasamanos presentan a los protagonistas como si de súper hombres se trataran. Las camisetas se ajustan a la medida exacta de cada futbolista, sus botas lucen impolutas al inicio de cada encuentro, sonrisas perfectas, barbas perfiladas, no sobra un pelo en el cuerpo y tampoco faltan en la cabeza.

Y es que es curioso cómo ha evolucionado la imagen de los reyes del juego. En los 60, Bobby Charlton fue incapaz de esconder la caída de su pelo con aquella cortinilla ladeada que, al tercer quiebro, ya se había desestructurado del todo. Sumergidos en los 80, las entradas del ‘Tato’ Abadía no fueron un problema para que se convirtiera en ídolo sempiterno en Las Gaunas. Del mismo modo que, una década después, el Carlos Tartiere también se enamoró de una calva mítica: la del ruso Viktor Onopko.

El cambio de tendencia se dio al entrar en el siglo XXI. Solo Zinédine Zidane y unos pocos más siguieron esa moda tan old school de dejarlo todo en manos del destino y la genética; el resto de los posibles damnificados buscaron soluciones inmediatas. ¿Acaso no recordáis lo liados que iban Antonio Conte, Iker Casillas o Wayne Rooney? Pues Ricardo Quaresma es otro de los que estaba en esa lista, aunque pasó por la clínica Elithairtransplant de Turquía y acabó con el asunto. El extremo portugués quería realizar un trasplante capilar pero no era el tratamiento más adecuado para su cabello, por lo tanto el doctor le recomendó una micropigmentación qué resultó exitosa. Así, los experimentados cirujanos de la clínica turca alargaron la vida capilar de un Quaresma que podrá seguir luciendo ‘exteriorazos’ y un pelo fuerte y duradero a partes iguales.

Ver video tratamiento capilar Ricardo Quaresma.