La escena es excesiva. Parece escrita por Coppola tras una sobremesa con música y coñac. El Milan acaba de conquistar la Serie A. Once años después. En casa del Sassuolo. El MAPEI Stadium, colonizado por miles de ‘rossoneri’, contiene la respiración. La megafonía está a punto de pronunciar el nombre de la estrella de la velada. Cuando lo hace, ni siquiera los aficionados saben cómo reaccionar: en lugar del típico saludo, el tipo sale del túnel agitando una botella de champán. La abre, rocía a los fans que graban con el móvil y, cuando ya se ha cansado, la echa al césped como quien arroja un cadáver al mar. Luego se mete un puro encendido en la boca. Lo chupetea, atiza el humo. Sus compañeros, que le esperan en el centro del campo para levantar la copa, no saben si descojonarse o llamar a la policía. Zlatan Ibrahimovic se da la vuelta, levanta la cabeza, agarra el cigarro con los dientes y abre los brazos. Solo están él y la grada. Es su fiesta. Se lo ha ganado. Tiene 40 años.

Hay jugadores que el fútbol decide cuándo se acaban y hay jugadores que deciden cuándo acabar con el fútbol. Zlatan es de los segundos. Su historia nunca desemboca en el último capítulo. Por descaro. Por tesón. Por tozudez. Recuerda a esas velas que por más que soples no se apagan. Hay que viajar unas cuantas décadas en el tiempo para verle en el campo de entrenamiento del Malmö, erigido en la gran promesa del mercado, mientras se ríe y mete balonazos a los directivos, consciente de que no lo pueden tocar: sin él, el club se va a la quiebra. Nada ha cambiado desde entonces. El mismo carácter. Las mismas virtudes. Los mismos defectos. Jamás un rebelde firmó una carrera tan larga y ejemplar.

A Zlatan lo buscas en la Wikipedia y se te hace de noche leyendo. Hay futbolistas así, que cuando se quedan sin trabajo más que un currículum tendrían que escribir un libro; acabarían antes. Lo extraordinario es que siga en activo. Cuando en 2018 abandonó el United y puso rumbo a Los Ángeles, todos daban el relato del sueco por finiquitado. Dos o tres páginas más, los agradecimientos y a la estantería de la Historia. Pero nada. Él decidió volver. Y ponerse al frente del proyecto que ha devuelto al Milan a la senda del éxito. Zlatan diseñó una trama a medida en la que todo pasaba por sus manos. De la misma manera que él decidía cuándo moverse, cuándo triunfar y cuándo equivocarse, él también decidirá cuándo rendirse. Ni el cuerpo, ni su entrenador, ni un contrato. Su caso es parecido al del genial autor argentino Rodolfo Fogwill, que no se fiaba de lo que los otros pudieran hacer por él: “Escribo para no ser escrito”.

 

A Zlatan lo buscas en la Wikipedia y se te hace de noche leyendo. Hay futbolistas así, que cuando se quedan sin trabajo más que un currículum tendrían que escribir un libro; acabarían antes

 

Un tarde Kafka abrió su cuaderno y trató de imaginarse cómo sería en el futuro. Al poco rato, ya tenía un esbozo. Se vio como un ser aislado, de pocas palabras, enemistado con todo el mundo. Para más señas, “el hombre de ojos oscuros, de mirada severa, que lleva sobre el hombro el montón de abrigos viejos”. Quizá Zlatan hizo algo parecido cuando estaba en Barcelona o en Turín. Encerrarse en sus pensamientos y saltar en el tiempo. Cuando se descubrió marcando goles, recibiendo ovaciones y celebrando títulos con canas en el pelo, respiró tranquilo. Ya solo le quedaba un pasito: lograrlo. Pan comido para alguien con su ego.

Zlatan es la demostración de que en esta vida hay que creérselo. Si eres joven y quieres convertirte en el mejor delantero del planeta, no vale con soñarlo. Cuéntaselo a tu prima, prométeselo a tu representante, escríbelo en un cartel y cuélgalo en el balcón. Zlatan era de los que todavía no había debutado y ya avisaba a los periodistas de que llegaría a lo más alto. Exagerado. Fardón. Histriónico. Cuántas veces nos hemos preguntado durante estos años si era un genio o un loco, y cuántas veces nos hemos respondido que simplemente era Zlatan, que más que un nombre ya es una forma de ir por el mundo. 

Seguro de su fama y de su talento, como ese actor de Hollywood que sabe que tarde o temprano sonará el teléfono y le caerá un papel de gángster en la nueva temporada de Peaky Blinders, Ibrahimovic escucha la palabra retirada y te mira como si no entendiera tu idioma. En su cabeza, un rey que abdica es un rey mediocre. Incluso a nosotros se nos hace incómodo suponer ese adiós. En el documental Anatomía de un Dandy se cuenta que el día que David Gistau se acercó al hospital a despedirse de Paco Umbral, cuando el maestro ya estaba muy enfermo, recorrió un pasillo y dio media vuelta. Se lo había pensado mejor. Después de todo, nadie está preparado para ver al león vencido.

 


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Fotografía de Getty Images.