Si naciste cerca de los 90 estás marcado por los Juegos Olímpicos. Si, como yo, eres de 1992 y naciste en Barcelona, tu vida solo podía ir bien. Qué bien, solo podía ir de puta madre. Freddie Mercury, ciudad nueva, país moderno, acierto de lleno en el pebetero. Es hoy cuando sabemos que veníamos con un par o tres de crisis bajo el brazo. Es hoy cuando sabemos que la flecha que inauguró Barcelona ’92  jamás cayó en el pebetero. Esa llama representaba nuestro futuro, pero fue un truco barato. Nuestra ilusión, nuestro optimismo, se basó en una mentira. Con los años vimos que todo lo que nos metieron en la cabeza, todos los másteres que estudiamos, todos los idiomas que aprendimos, no tenían convalidación en ningún trabajo. O sea que igual sí que éramos la flecha, pero la que cayó fuera. Fue como si Papa Noel se quitase la barba, como si los Reyes se encendieran un pitillo, como si tus padres sacaran las manos con callos de las marionetas y recogieran el tinglado.

Jack Wilshere nació en 1992. Por poco, que es del 1 de enero. Que ya viene bien para el artículo. Y debutó en 2008, otro año importante porque descubrimos que los Lehman Brothers no eran los hermanos del exportero alemán del Arsenal. Ese año nos dieron la primera hostia, pero dolió con eco. Seguimos con nuestra adolescencia, con nuestro camino a la mayoría de edad. El futuro era nuestro mientras el futuro era de Wilshere. Nos contamos el cuento que queríamos vivir: todo venía de cara.

Y de repente, crac.

 

Promesas rotas, lo que son todas. Ilusiones que no se cumplen, como manda toda buena ilusión. Y a tirar de nostalgia y del pasado, esos países a los que hay que ir con equipaje de mano para no estar mucho tiempo

 

La misma onomatopeya para una quiebra bursátil y para un músculo o un hueso que se rompe. La frustración de las lesiones de Wilshere empezó a ser nuestra frustración en la universidad. Wilshere no iba a ser lo que dijeron, nosotros no íbamos a ser lo que nos dijeron. No íbamos a sacar a nuestros padres de pobres. No había ascensor social. Aún así subimos por las escaleras hasta el terrado y fiu: la bola de paja en el desierto.

Promesas rotas, lo que son todas. Ilusiones que no se cumplen, como manda toda buena ilusión. Y a tirar de nostalgia y del pasado, esos países a los que hay que ir con equipaje de mano para no estar mucho tiempo. “Ha sido difícil aceptar que mi carrera se ha ido desvaneciendo en los últimos tiempos por causas ajenas a mí sintiendo que aún me queda mucho por dar”, dijo Wilshere en el comunicado de la retirada. Es una frase que podríamos decir nosotros. Se retira a los 30 años, cuando cada uno ya es responsable de su cara y de su cuerpo para siempre. Es la edad en la que los sueños están rotos como confeti en el suelo, las mentiras se han quitado la careta y las promesas se han apagado igual que velas de cumpleaños. ¿No te retirarías tú también?

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Getty Images.