“El tiempo y los ríos no corren hacia atrás”, apuntó Yasunari Kawabata en Lo bello y lo triste. Parece obvio, pero a veces viene bien recordarlo, porque lo evidente se nos escapa de las manos, como si nos empecináramos en que detrás de ello se esconde algo que realmente no es tal. No se puede volver al pasado, porque es inalterable, permanente. Por eso, cuando alguien regresa a cualquier lugar después de un tiempo lejos, imaginarse que todo será como ya fue es algo así como hacerse trampas al solitario. No pasará. Será peor o mejor, incluso podrá tener algún viso de aquel recuerdo, aunque nunca será lo mismo.

Esto me viene a la cabeza después de ver a Ivan Rakitic despidiéndose de la que ha sido su casa durante los últimos seis años; con imágenes en el césped junto a los tantísimos trofeos que conquistó como azulgrana, con una merecida rueda de prensa de partida, sin el premio de un último encuentro en el que el público le regalase los aplausos que se le deben, recogiendo sus pertenencias de un vestuario al que nunca volverá a entrar como miembro del primer equipo. El croata abandona un hogar ahora en ruinas para coger el billete de vuelta de un camino que le llevó a marcar goles en finales de la Champions League, conquistar ligas, disfrutar dentro y fuera del campo con algunos de los mejores futbolistas del mundo, con su admirado Xavi, con su inseparable Andrés Iniesta y ponerse sin pudores el traje de soldado raso cuando en otras tropas lució el de comandante. Y lo curioso es que ahora, en su retorno a Sevilla, los hispalenses se encuentran en una exitosa situación, similar -no igual, es imposible- a la que vivían cuando Ivan Rakitic decidió que era hora de tomar nuevos retos y partió rumbo a una Barcelona que no solo no ha sabido mantenerse en la cresta de la ola sino que las aguas se han removido de tal manera que la mejor opción parece alejarse de ahí, tocar tierra y que alguien consiga hacer regresar la calma.

 

De decidir a oxigenar, de dirigir a obedecer, de desnivelar a equilibrar, de la punta de la medular a su base. No será ni mejor ni peor, pero tampoco el mismo

 

Rakitic vuelve al lugar que le permitió soñar con cotas más altas, convirtiéndose en uno de esos preciosos relatos en los que al hijo pródigo se le abren las puertas de la que siempre fue su casa. Pero ya no es el mismo. Es improbable que Nervión vibre de nuevo viendo su melena rubia al viento, liderando los ataques por detrás del delantero, destilando magia como lo hizo entonces para que el club recuperara el trono de campeón de Europa en su último año en la capital andaluza. El croata ya no es ese jugador, ni lo será. Pasó de decidir a oxigenar, de dirigir a obedecer, de desnivelar a equilibrar, de la punta de la medular a su base. No será ni mejor ni peor, pero tampoco el mismo. Ni Emery es Lopetegui, ni Bacca es De Jong, ni M’Bia es Fernando, ni Coke es Navas, ni aquel Rakitic es este Rakitic.

El Ivan de hoy llega al Sánchez-Pizjuán para ocupar el lugar de un Banega canalizador y constructor que poco tiene que ver con el Éver que decidía y desequilibraba desde la mediapunta, y que curiosamente llegó en 2014 a Sevilla para dar relevo al capitán que alzó a los cielos de Turín la tercera Europa League de la historia de la entidad. Seis años después, los tiempos han cambiado, las aguas han continuado cayendo río abajo, todo es distinto. Pero esto no implica que, con el regreso de Ivan Rakitic, el sevillismo no pueda volver a disfrutar del renovado fútbol del croata, que fue pieza fundamental para que su club retomara la senda de la victoria por Europa. Lo podrá seguir haciendo, pero de una forma muy distinta a la que fue y ya no volverá a ser.

 


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Fotografía de Getty Images.