Seamos sinceros. A mediados de agosto, antes de que el balón de la liga empezara a rodar, éramos muchos los que creíamos que el Valladolid volvería a Segunda por la vía rápida, que su 43ª aventura en la máxima categoría del balompié nacional sería efímera, inevitablemente fugaz. Más aún tras las cuatro primeras jornadas; en las que el conjunto pucelano, incapaz de estrenar el casillero de goles a favor, cosechó dos derrotas y dos empates. El regreso del Pucela, uno de los históricos de la liga, reconfortaba la parte más romántica de nuestra psique futbolística; pero nos aprendimos de carrerilla los argumentos que le presentaban como uno de los más claros candidatos al descenso en todas las quinielas. Que si era la plantilla con menos valor de mercado (31,1 millones de euros; 1,3 millones por jugador); que si era el equipo que menos había invertido en fichajes (2,5 millones. Su ínfimo desembolso, destinado a las incorporaciones de Rubén Alcaraz, Joaquín Fernández y Duje Čop, apenas representa el 0,29% de los 870,12 millones que gastaron los 20 conjuntos de Primera); que si había sido el último equipo en conseguir un billete para competir en la élite del balompié español…

Afortunadamente, los números son poco más que números. Y, a pesar de que el fútbol continúa subastando su alma al diablo de la mercantilización, todavía sobrevive el componente incontrolable que convierte este precioso deporte en una realidad relativamente impredecible. “Ellos compiten con metralletas y nosotros, con pistolas; pero el fútbol es el único deporte en el que un equipo eminentemente inferior puede ganar a uno eminentemente superior”, solía repetir, desde la modesta sala de prensa de Montilivi, Pablo Machín; uno de aquellos entrenadores que, después de forjar su carrera en el árido desierto que conforman las más tristes desilusiones, disfrutan de haber encontrado su lugar en la élite. Como Rubi, como Abelardo. O como un Sergio González que, en abril, cuando recibió el encargo de sustituir a Luis César Sampedro para intentar enderezar el rumbo de un Real Valladolid desnortado, llevaba más de dos años sin ejercer como entrenador e incluso maduraba la posibilidad de marcharse al balompié chino. “El fútbol nunca sabes por donde te saldrá. Es como Messi, que nunca sabes si te saldrá por la izquierda o por la derecha. Cuando no te sale nada vas perdiendo fuerza de voluntad. Pero surgió la opción de ir a Valladolid y la estamos aprovechando. No era una apuesta fácil… Pero era mi último tren para volver a sentirme entrenador”, reconoce el exfutbolista en una imprescindible entrevista en el Diari Ara.

 

“Ir al Valladolid no era una apuesta fácil, pero era mi último tren para volver a sentirme entrenador”

 

En la mencionada entrevista, Sergio insiste en enfatizar que, “a veces, el fútbol es difícil de explicar. No sabes por qué, pero pasa”. He ahí la belleza de la vida; porque, ciertamente, a veces, las cosas ocurren de la forma más imprevisible, insospechada e inesperada. Como el repentino despertar de un Valladolid que, después de encajar dos tantos en los primeros diez minutos del encuentro contra el Celta de Vigo de la quinta jornada, supo sobreponerse para conseguir un valioso empate en el estadio de Balaídos (3-3) con el que empezó a cimentar su resurrección. “Levantar aquel partido nos hizo hacer un clic para acabar de tener confianza”, admite Sergio, que ha hecho del Pucela una auténtica apisonadora que puede presumir de encontrarse en posiciones de Europa League; a tres puntos del líder, a dos puntos de la Champions League, con un punto más que el Real Madrid… Un escenario impensable para un conjunto, humilde e inexperto, que ha sabido reverdecer el recuerdo de aquellas épocas, enterradas por el paso del tiempo, en las que Vicente Cantatore paseaba al Valladolid por la zona noble de la clasificación; para un equipo, el mejor de las últimas jornadas en Primera División con 13 puntos de 15 posibles, que ha enlazado cuatro victorias consecutivas por primera vez desde el curso 98-99, cuando lo consiguió de la mano de los Sergio Krešić, César Sánchez, José Antonio García Calvo, José Luis Pérez Caminero o Eusebio Sacristán, y que está a un solo paso de igualar su récord histórico en la máxima categoría del fútbol nacional: los cinco triunfos que consiguió en la temporada 50-51 con Juan Antonio Ipiña en el banquillo.

La extraordinaria situación del Valladolid quizás sea circunstancial, pero lo que es innegable es que no tiene nada de anecdótica. Lo que es incontestable, en definitiva, es que el Pucela, consciente de sus debilidades, se ha convertido en una preciosa oda al trabajo anónimo, silencioso e incansable; a un fútbol coral que ha hecho de la unión su mejor virtud, que apuesta por la fuerza del colectivo, de la ambición de una plantilla que tan solo ha necesitado nueve jornadas para ganarse el respeto de todos los rivales, de todos los que le veíamos como la cenicienta de la competición. Hoy todavía es un equipo en construcción, pero el Valladolid de Sergio es un conjunto maduro y valiente; de los que subliman el arte de saber cuándo toca percutir las zagas rivales con vertiginosos contragolpes (pocos saben rentabilizar mejor sus goles que el Pucela, quinto con ocho tantos en nueve jornadas) y cuándo toca enfundarse el mono de trabajo para replegarse cuando el curso de los encuentros lo exige, cosiendo las líneas como lo hizo la semana pasada en el Benito Villamarín para certificar una victoria que se fraguó con un tanto del sevillano Antoñito, uno de los obreros del balompié que forman parte de un vestuario en el que conviven canteranos (Fernando Calero, Toni Villa o Anuar); nombres con una larga trayectoria en Primera División (Borja Fernández, Nacho Martínez, Míchel o Keko); promesas que han aterrizado en Zorrilla en calidad de cedidos con el objetivo de hacerse un hueco en sus equipos (Enes Ünal, Leo Suárez o Daniele Verde); futbolistas con carreras repletas de altibajos (Óscar Plano, Antoñito o un Javi Moyano que, como escribe Joaquín Robledo en El Norte de Castilla, representa “el paradigma de la metamorfosis, un tipo que honra la camiseta que viste y el brazalete que porta, que ha debutado en Primera a los 32 años, con lo cual aúna la ilusión del niño que llega por primera vez con el saber estar del que las ha visto de todos los colores, del que ha aguantado patadas de rivales y de su propia afición, cuestionando su capacidad”); y jugadores que, desterrados, salieron por la puerta de atrás de sus clubs anteriores (Kiko Olivas, Rubén Alcaraz o Jordi Masip, el segundo portero menos goleado de la liga).

Con el hambre y el compromiso por bandera, la plantilla del Valladolid, reforzada por la enorme estabilidad que ha aportado la llegada de Ronaldo a Zorrilla, aúna la veteranía y la juventud, la experiencia de los nueve futbolistas que antes de empezar la presente temporada habían disputado más de diez encuentros en la élite y la ambición de los 15 que todavía no han/habían alcanzado esta cifra. De hecho, ocho de los futbolistas que componen la plantilla vallisoletana ni siquiera habían debutado en Primera División. Cinco de ellos (Javi Moyano, Frenando Calero, Antoñito, Rubén Alcaraz y Toni Villa) fueron titulares en el encuentro del domingo contra el Betis, una prueba más de la meritocracia que ha impuesto Sergio desde que desembarcó en Valladolid para devolverle el brillo a un blanquivioleta demasiado maltratado, demasiado gris.

Las cosas no empezaron de la mejor manera para el entrenador catalán, que en su debut perdió contra el Sporting por culpa de un gol en el minuto 3 que alimentó las dudas de Zorrilla respecto a su nuevo entrenador. Pero desde aquel lejano 15 de abril, Sergio ha comandado la nave vallisoletana con maestría, guiando al equipo hasta el ascenso a Primera División con una recta final de temporada milagrosa. “Tocó una tecla mágica y, de repente, activó algo que teníamos dormido”, reconocía Nacho Martínez, una de las voces autorizadas de un Valladolid que luce un balance extraordinario desde la llegada de Sergio: con 12 victorias, cinco empates, cuatro derrotas; con hasta 33 goles a favor y 18 en contra. Unos números, por cierto, que aún resultan más increíbles si la muestra se limita a los encuentros disputados lejos de Zorrilla: con siete victorias, tres empates, una derrota; con 20 goles a favor y tan solo nueve en contra, unas cifras que han ayudado a convertir al Valladolid en uno de los mejores visitantes de Primera.

El mérito del conjunto pucelano es incluso mayor si se tiene en cuenta que este verano perdió a Jaime Mata, el delantero que la temporada pasada se erigió en el buque insignia del Valladolid, con 33 tantos en 39 encuentros en la categoría de plata. La solución de Sergio fue la misma de siempre: fijarse en el colectivo, continuar trabajando para inculcar la idea de que ningún futbolista es imprescindible en un equipo que es plenamente consciente de que tiene que rentabilizar la buena dinámica actual para continuar engrosando el colchón de puntos sobre el descenso; de que “no debemos tirar más confeti del que tenemos”, como insiste en repetir el técnico catalán. “Cuando eres martillo golpeas fuerte y cuando eres clavo te golpean mucho. Somos martillo y vamos a aprovecharlo”, añadía Sergio González justo después de asaltar el Benito Villamarín. Y, sabedor de que “la línea entre el halago y la decepción es muy fina”, concluía: “Somos un equipo que tiene hambre, que tiene siempre los pies en el suelo. La afición de Valladolid tiene que estar muy orgullosa de este grupo”.

E, indudablemente, la afición de Valladolid lo está. Porque, como remarca Eloy de la Pisa en El Norte de Castilla, “cuatro años de travesía por el desierto merecían la sonrisa de oreja a oreja que ahora exhiben todos los pucelanos”. “Tenemos que paladear cada minuto de este grupo como una recompensa para los miles de fieles que hemos aguantado frío, derrotas y partidos vergonzosos”, sentencia Tony Pola en las mismas páginas. Ciertamente, después de sufrir lo indescriptible para regresar al lugar que siempre le perteneció, hoy el Valladolid sonríe. Y lo hace con una sonrisa burlona, desenfadada; con el descaro de quien, desde el silencio, desafía la lógica, los números y los entierros precipitados con humildad.