“Que frío hemos pasado ahí abajo; viendo al Alavés caer en picado y sin paracaídas a la Segunda B, acercándose a la desaparición; jugando en campos de fútbol municipales en los que en verano pastan las vacas; viendo cómo se nos escapaban partidos de las manos que acababan costándonos una oportunidad para volver; sufriendo temporadas para el olvido; viendo cómo, por fin, lográbamos volver a la división de plata tras cuatro años en el pozo. Nos atrevíamos a soñar, pero el sueño siempre se nos escapaba de las manos. Pero, finalmente, orgullosos, podemos decir que hemos visto El Resurgir del Glorioso. Así presenta el joven escritor vitoriano Yeray Martín Pérez su último libro, una emocionante obra en la que relata el tan ansiado regreso del Alavés a la máxima categoría del fútbol estatal.

Ciertamente, después de diez campañas consecutivas deambulando entre la Segunda División y la Segunda B, Mauricio Pellegrino ocupó el lugar de José Bordalás en el banquillo de Mendizorrotza y comandó a un sorprendente Alavés hasta la final de la Copa del Rey, en la que los albiazules cayeron derrotados por un digno 3-1 contra el Barcelona, y hasta una excelente novena posición en Primera División en el curso 16-17, el primero de la presente década en la élite para la entidad del paseo de Cervantes. Con todo, con el inicio de la temporada siguiente, las alegrías se convirtieron súbitamente en tristezas. Ni Luis Zubeldía, primero, ni Gianni de Biasi, después, supieron encontrar la tecla para hacer funcionar a unos futbolistas que, después de 13 jornadas de competición, caminaban decididamente hacia el descenso; últimos en la clasificación, a seis puntos de la permanencia. En este contexto, indudablemente adverso para cualquier entrenador que pretenda relanzar su carrera después de una agria decepción, Mendizorrotza recibió a Abelardo Fernández, quien no dudó en hacerse cargo de “un enfermo terminal al que no solo consiguió sacar de la unidad de cuidados intensivos, sino que también le dio un excelente estado de salud con el que ni siquiera el más optimista se atrevía a soñar”, según recuerda el Diario de Noticias de Álava.

 

“Abelardo se encontró con un enfermo terminal al que consiguió sacar de la UCI”

 

Y es que ni el hincha del Alavés más optimista podía pronosticar todo lo que ha acabado sucediendo desde aquel frío 4 de diciembre del 2017, el día en el que Abelardo debutó como técnico del conjunto vitoriano en un encuentro contra el Girona. Los rojiblancos, entrenados por Pablo Machín, se pusieron por delante por mediación de Cristhian Stuani y Juanpe, pero un sensacional hat-trick de Ibai Gómez en los últimos minutos del partido (71′, 87′ y 93′) terminó por decantar la balanza a favor del nuevo Alavés de Abelardo (“Esto es la grandeza del fútbol”, celebraría el entrenador asturiano en la sala de prensa de Montilivi), un equipo incansable, de los que nunca se rinden. Así, de hecho, lo demuestra un dato inequívoco: cuatro de los once tantos anotados esta campaña por los albiazules han llegado a partir del minuto 90; cuatro goles que, por cierto, le han dado hasta cinco puntos al cuadro de Vitoria.

De los siete tantos restantes, además, dos se han producido en los diez primeros minutos, una prueba más de que el Alavés de Abelardo compite los encuentros desde el silbido inicial, de que el esfuerzo es innegociable en los planteamientos del técnico gijonés, que aterrizó en Mendizorrotza para intentar resucitar a un equipo condenado y que ahora, diez meses después, es el líder indiscutible de unos jugadores que, con la ilusión por bandera, están sorprendiendo al balompié nacional con un fútbol colectivo, vertical e intenso. El Alavés, un conjunto que ha recuperado la confianza, la personalidad y la sonrisa, es hoy un equipo que se construye a partir de la solidez y de la solidaridad defensivas; del orden que aporta una zaga que, férrea, rocosa e intensa, no concede espacios a las delanteras rivales, que es capaz de atrincherarse en su área y soportar estoicamente los asedios de los contrincantes.

 

El Alavés es hoy un equipo que se construye a partir de la solidez y de la solidaridad defensivas, del orden que aporta una zaga rocosa e intensa

 

Así lo demostró en la última jornada de liga, cuando se impuso a un Real Madrid que acumuló hasta un 69,7% de la posesión del esférico y que triplicó la estadística de pases completados por el cuadro albiazul, con 204 a 607. “¡Desde el orden! ¡Cuando decidimos hacer algo lo hacemos sin dudas!”, insistía en repetir Ibai Gómez instantes antes de saltar al césped de la caldera en la que se convirtió Mendizorrotza, que recibió a sus futbolistas con una enorme pancarta en la que se podía leer “Elkarrekin indartsuagoak gara” (“Juntos somos más fuertes”). Juntando más que nunca las líneas, de hecho, los infatigables futbolistas albiazules sublimaron el arte de jugar con las dudas de los discípulos de Julen Lopetegui, incapaces de acercarse con demasiado peligro a la portería del exmadridista Fernando Pacheco.

Y, en el epílogo de un encuentro sensacional del Alavés, se produjo el terremoto que los aficionados vitorianos recordarán eternamente. Especialmente Manu García, aquel chaval que creció en las gradas de Mendizorrotza mientras fantaseaba con llegar al primer equipo. En el minuto 95, el ’19’ del Alavés, el eterno capitán del conjunto albiazul, apareció en el área pequeña para batir a Thibaut Courtois con un cabezazo épico e histórico, provocando una explosión de felicidad en un Mendizorrotza que, extasiado, enloqueció con la indescriptible alegría del gol; que, entregado a sus futbolistas e inmerso en un dulce sueño, tocó el cielo.

“Ni el mejor guionista hubiera sido capaz de imaginar una película mejor que la que se rodó el 6 de octubre en Mendizorrotza. Tras 95 minutos de batalla en el césped, Manu García cabeceó con el corazón. Tenía que ser él quien anotara el gol de la victoria, tenía que ser él quien hiciera estallar de júbilo a los aficionados de su ciudad”, relataba la crónica del Diario de Noticias de Álava, la que narra con más emoción una victoria imborrable, un triunfo de fe que premió el trabajo constante y silencioso; que pervivirá eternamente en la memoria de la hinchada albiazul, perdidamente enamorada de un equipo que 87 años después volvió a derrotar al Real Madrid en Mendizorrotza. Junto a los nombres de Baltasar Albéniz, que batió dos veces a Ricardo Zamora en la campaña 30-31 (2-0), y Jorge Azkoitia, que en el 99-00 le dio al Alavés la única victoria de su historia en el Santiago Bernabéu, ya siempre aparecerá el de un Manu García que llegó al equipo hace siete temporadas, cuando el Alavés todavía navegaba, deprimido, por los infiernos de Segunda B, y que, en el encuentro contra el Real Madrid, vivió “uno de los momentos más bonitos” de toda su carrera futbolística.

Él es, en definitiva, el mejor representante de una plantilla modesta, la cuarta con un valor más bajo de toda la competición, en la que conviven varios futbolistas que, con su cercanía, se han convertido en grandes referentes para su afición. Como Manu García o Fernando Pacheco; como Víctor Laguardia o Ibai Gómez, el pichichi de un equipo que, a la hora de atacar, fija su epicentro en las dos bandas, desde donde Jony y el atacante bilbaíno ejercen como catalizadores del vertiginoso fútbol vitoriano. Gracias a las soberbias actuaciones que todos ellos han cuajado en este arranque de temporada de ensueño, y a las de los Rubén Duarte, Mubarak Wakaso, Martín Aguirregabiria, Guillermo Maripán o Rubén Sobrino, “el combinado albiazul ha irrumpido en el espacio teóricamente reservado a otros conjuntos mucho más poderosos económicamente, derribando la puerta con una contundente patada. Y la pregunta que flota en el ambiente es dónde está el límite de este equipo”, se cuestionaba, hace unos días, el Diario de Noticias de Álava, destacando el brillante rendimiento de un equipo que en estos momentos se encuentra en posiciones de Europa League, que es sexto con 14 puntos de 24 posibles, a tan solo dos puntos del Sevilla, a uno del Barcelona y el Atlético y con los mismos que el Madrid y el Espanyol. Con todo, el equipo no solo da claras muestras de tener un amplio margen de mejora, con varios futbolistas que todavía están lejos de dar lo mejor de sí; sino que, además, ya se ha enfrentado a tres de los cinco primeros clasificados.

 

“El combinado albiazul ha irrumpido en el espacio reservado a los más poderosos, derribando la puerta con una contundente patada”

 

Las sensaciones que transmite el equipo, que a estas alturas de la temporada pasada era 19º con tres puntos, son ciertamente inmejorables. De hecho, con la histórica victoria contra el Real Madrid, el Alavés de Abelardo, además de resucitar el recuerdo de las noches más gloriosas de la historia del club, igualó la mejor puntuación de su historia después de ocho jornadas de competición: la de la temporada 00-01; la campaña en la que el conjunto de Mané, que en la 01-02 sería capaz de liderar la liga hasta la jornada 16, acabaría cediendo contra el Liverpool en una final de la Copa de la UEFA tan inverosímil como extraordinaria.

17 años después, el carismático entrenador vizcaíno ha encontrado un digno sucesor en la figura de Abelardo Fernández. De hecho, desde que regresó a los banquillos de Primera División de la mano del Alavés, los únicos equipos que superan los 55 puntos que ha sumado el conjunto albiazul son el Barcelona (73), el Atlético (67) y el Madrid (63), unas cifras que ilustran la proeza conseguida por el técnico gijonés; que, después de la “victoria soñada” contra los desnortados futbolistas de Julen Lopetegui, reconocía en la sala de prensa de Mendizorrotza que “desde que he llegado las cosas han salido fenomenal. Es mérito de los jugadores, me he encontrado con una plantilla fantástica en lo humano y en lo futbolístico. Estar donde estamos ahora es un sueño, pero nuestra pelea no es por estar arriba. Lo que miro es que nos faltan 14 puntos menos para el objetivo de la permanencia, 14 puntos que nos servirán para cuando lleguen momentos más complicados. Hay que seguir trabajando con la misma humildad, no podemos dejarnos engañar por la clasificación”.

“Seguir trabajando con la misma humildad”. Esta es la receta de un Alavés que es plenamente consciente de que el éxito acostumbra a ser pasajero, de cuál es su lugar en el cambiante mundo del balompié. Esta es la receta de un conjunto al que ahora, con Abelardo en el banquillo de Mendizorrotza, le sonríen los resultados, pero que, se encuentre entre los focos de Primera División o en los infiernos de Segunda B, nunca olvida que “a un club no lo hacen grande sus títulos, lo hace grande su gente”. “Su gente”, la que le acompañaba mientras el equipo, como asegura Yeray Martín Pérez en El Resurgir del Glorioso, pasaba frío ahí abajo, llorando porque los sueños que ahora son una realidad se le escapaban de las manos.