El mundo se compone de certezas leves, minúsculas, como la que indica que el fútbol es un deporte muy simple solo que muy complicado en el que a veces eres muy bueno y a veces muy malo.

El año pasado, por estas fechas, el Espanyol iba decimocuarto en La Liga y encaraba escéptico el resto de la temporada tras un dubitativo arranque de curso. Este año, tras la disputa del mismo número de jornadas que entonces, nueve, el equipo ha trepado hasta la segunda plaza de la tabla y si gana este viernes al Valladolid se acostará como líder de Primera.

El hecho, el cambio brusco de expectativas que se ha producido en el club en solo doce meses, es incuestionable. Lo que ya no es tan sencillo es elaborar un discurso que aclare exactamente por qué hemos asistido a este giro tan drástico de los acontecimientos. A primera vista, uno puede apreciar sin mucho esfuerzo que el conjunto ‘perico’ solo ha introducido dos novedades en su pentagrama: ha mudado de entrenador (Rubi) y de delantero centro (Borja Iglesias). A alguien le hubiese podido parecer insuficiente. Al menos de entrada. Pero contra todo pronóstico, esas dos notas, tan mínimas como decisivas, han desencadenado una melodía nueva, mucho más alegre que la que sonaba en abril en Cornellà-El Prat.

 

Un vestuario hundido es también un vestuario que quiere recuperar la sonrisa

 

El Espanyol de hoy, ligero y optimista en el césped, se felicita en cada encuentro por haber encontrado aquello que todo el mundo busca en el fútbol: una buena dinámica. Ha dado con el tesoro perdido. Tiene derecho a presumir, como hace Yung Beef en su tema Dinero De La Ola, de la Fashion Mixtape que el artista sacó en 2016, en el que informa que desde que la música lo ha hecho famoso le llegan a diario paquetes de Puma, de boxers, de Armani, y que ya no caben más prendas en su closet, de tan fino que le va.

Nadie sabe nada sobre el éxito, salvo que existe. Y que cuando uno, aunque no pueda describir muy bien cómo, lo alcanza, todo pasa a fluir a su alrededor con una armonía irresistible.

Triunfar es que las cosas, superada cierta línea, se empiecen a mover solas, sin necesidad que alguien las empuje por detrás.

De los tácticos a los psicológicos, existen muchos argumentos que podrían ser válidos para justificar la mejoría de Sergi Darder, Dídac Vilà, Marc Roca y compañía. Tantos como ninguno. Después de todo, quizá sea suficiente con una explicación mucho más elemental: un vestuario hundido es también un vestuario que quiere recuperar la sonrisa. Basta algo de tiempo y un suave impulso para que se levante de su propio hoyo y eche a andar hacia cualquier dirección. Saliendo de ahí abajo, todas las rutas son válidas. A fin de cuentas, ¿quién no quiere dejar atrás los malos momentos?

“Ni siquiera pedimos felicidad”, matizaba Bukowski. “Solo un poco menos de dolor”.