Sucede algo hermoso en los primeros años del fútbol formativo: los niños, que todavía no entienden las tediosas leyes espacio-temporales del deporte que practican, cogen la pelota y echan a jugar. Se comunican, se organizan y aprenden solos, aunque juntos, creando relaciones y sociedades de forma independiente. No hace falta pasarse por un entrenamiento de fútbol 8 para comprobarlo; basta con visitar los parques en los que todavía está permitido jugar. El fútbol emanando del instinto, del ensayo-error, del potrero. Es, pues, este mismo fútbol de calle lo que más ha acercado al Arsenal hacia la victoria en los últimos meses. Porque no hay sistema sin jugadores, pero sí jugadores que crean sistema, y los jóvenes llevan tiempo siendo la llave facilitadora de un equipo generalmente deprimido.

19 de octubre de 2013, Emirates Stadium. El rival de aquel día es el Norwich de Chris Hughton, que se presenta a la cita habiendo sumado siete puntos en ocho partidos. El Arsenal, líder, golea por 4-1. Pero fue el primero de ellos, y no los otros cuatro, el tanto que pasaría a la historia: Cazorla juega con Wilshere, que la devuelve y se desmarca mientras el español toca con Giroud de espaldas. El francés advierte el movimiento de Jack y se la deja de tacón, a lo que éste responde con un pase que apenas se logra percibir por el tiro de cámara. El balón llega nuevamente a Giroud y, sin saber cómo, Wilshere queda mano a mano con John Ruddy. Siete pases en cuatro segundos para dejar atónitos a seis rivales. Es uno de los goles más recordados del Wengerball, una obra que escapa a la pizarra y se explica a partir de sus jugadores. Del entendimiento entre ellos, de sociedades que inventan por sí solos, de códigos intrínsecos que ellos y nadie más comprenden. De un deporte basado en la intuición y la relación entre seres humanos. Un gol que habla de fútbol y de vida.

 

Cuando se juntan Saka, Smith Rowe y Ødegaard, el balón fluye, rueda como lo haría bajo la lluvia, como si las porterías estuvieran dibujadas con las mochilas tras salir de la escuela

 

A decir verdad, de aquel equipo solo queda el recuerdo. El actual no es un Arsenal con gran potencial para competir por trofeos. Tampoco la competencia es lo que era. Si alguna vez han logrado toser a lo que podemos empezar a denominar el Big Four de la Premier League, ha sido más por el acierto de Mikel Arteta desde la pizarra (presión agresiva y salidas elaboradas) que por acumular en el once más talento que su rival. Aun con todo, se percibe un Arsenal diferente cuando los jóvenes coinciden en el campo a lo que sucede cuando éstos, o tan solo uno de ellos, espera sentado. El nuevo rol de Bukayo Saka, desde el lateral izquierdo hacia los dos extremos, constituye una poderosa variante ofensiva que se viene empleando de forma exitosa desde hace un buen tiempo. Los giros de Ødegaard, que abandonó el Real Madrid para acumular minutos en Londres, son tan finos como productivos para el sistema. Pero es la picardía de Emile Smith Rowe, medias bajas de profesión y con una capacidad inventiva que desborda a cualquiera, a partir de lo que se puede empezar a construir un fútbol diferente.

No son pocos los días en que estos tres, a veces con la ayuda de un Lacazette productivo en apoyo, han generado sistema dentro de un Arsenal apático. Los momentos de Bukayo Saka como extremo derecho a pierna cambiada, buscando las descargas del punta para dar continuidad a sus conducciones y mezclando de forma fantástica con el francés en la frontal del área rival, han logrado recordar en algún momento a aquel preciado Wengerball. También el fútbol de Smith Rowe es especial precisamente por su excelente capacidad para leer los huecos en el último tercio y relacionarse en espacios reducidos, aunque es realmente la forma de contactar con la pelota lo que llena los ojos del espectador. Pero el tipo es diferente, por su estilo y productividad, tanto en el seno del Arsenal como en el de Inglaterra. Y Ødegaard, de quien cabría esperar un paso adelante durante la temporada, es no solo un girador de centrocampistas sino también un hombre en quien apoyarse y a partir del cual dibujar soluciones colectivas. Cuando los tres se asocian, la pelota vuelve al parque.

El fútbol fue, es y seguirá siendo un juego de niños. Son ellos, los jugadores, quienes toman buenas o malas decisiones. Pero, a fin de cuentas, son ellos quienes deciden, quienes entienden los escenarios cambiantes del juego, quienes practican el deporte y generan sinergias por sí mismos. El sistema tan solo se encarga de potenciar todo esto: de acercar o separar el talento en función de lo que se busque en cada momento. En el caso del Arsenal, dejando a un lado los múltiples problemas estructurales que presentan en ataque y defensa, suceden cosas diferentes cuando los tres convergen en zonas del campo complementarias. El balón fluye, rueda como lo haría bajo la lluvia, como si las porterías estuvieran dibujadas con las mochilas tras salir de la escuela. Los déficits colectivos e individuales, que no dejan de ser importantes, quedan momentáneamente solapados por la ilusión de un nuevo empezar. En definitiva, ni mucho menos se puede hablar todavía de Artetaball, pero quizás sí de un Childball: un juego basado en la intuición de los niños. Es esta y no otra la bala que puede quedarle al aficionado ‘gunner‘ para mantenerse ilusionado.

 


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Fotografía de Imago.