Hay decisiones sencillas que se enquistan. Quitar el edredón nórdico, por ejemplo. Por qué dudar. Chilla un par de días el sol, los estornudos de primavera se asientan y deberías estar convencido de guardarlo. El mejor aliado de los que pasan frío viendo Invernalia ha cumplido su función otro año más. Pero el nórdico tiene más vidas que el doble pivote. Te despiertas una noche sudando, con tu silueta en la sábana, como si fuera una escena del crimen, y te juras que mañana lo quitarás. Al día siguiente, consultas el tiempo de la semana y empiezas a desconfiar de las mínimas. Justo está nublado, incluso chispea. Bueno, piensas, por una semana más. Te agarras a lo del 40 de mayo, que debió de patentar Trapattoni. Sabes que quitar el edredón sería un gran acierto. Pero lo único malo de las buenas decisiones es que primero hay que tomarlas. Y no hay nada más caliente que una vida sin volantazos. Bueno, nada excepto el nórdico.

Claro que también puedes no dudar. Patinar por la vida pero no caerte. Afiliarte al pasotismo, como una conducción de Thiago. Siempre al filo de perder la pelota, siempre con la seguridad de retenerla. De un jugador que mima el balón mientras enrosca las muñecas solo puede venir algo bueno. Le falta sacar la mano por la ventana y moverla, como en aquel anuncio de un coche. A su estilo chulesco le pega jugar con capucha, cigarrillo y guiñar el ojo de vez en cuando. Hay fotos de Thiago que son óleos sobre lienzo. “Bailas por el medio del campo como nadie lo hace, la primera vez que te vi supe que era amor”, le canta Anfield. Después de cada pase coloca el cuerpo como un plano de Wes Anderson. Se parece a Gustave H., uno de sus protagonistas. El conserje del Gran Hotel Budapest era refinado y elegante. Trabajaba feliz mientras tuviera cerca su perfume favorito.

 

La inteligencia es lo que pasa por la mente de Thiago cuando eleva la frente y frunce el ceño. Más que un partido, parece que está resolviendo el rosco de Pasapalabra

 

Después de ganar la Champions League con el Bayern, Thiago llevó a Anfield un aroma desconocido. Y ya sabe que las nuevas colonias marean. La dificultad para adaptarse al tsunami ‘red’ y varias lesiones provocaron las primeras críticas. Algunos decían que no era el tipo de jugador que necesitaba el equipo, ignorando que las prendas favoritas son siempre las que ni pensaste en comprar. Ahora, en parte porque acompasa los pies al rock de Klopp y en parte porque ha acelerado su tempo, las canciones de equipo y jugador ya suenan al mismo nivel. Como si una nana le sentara bien a un estribillo de ACDC. Thiago domina el tiempo y el espacio mejor que Christopher Nolan y pinta el mapa de color con brocha fina, haciendo puntillisimo. Contra el Villarreal, en la ida gobernó el partido y en la vuelta salió tras el descanso con una bombona de oxígeno para su equipo.

Sigue siendo estético y cada vez es más productivo, igual que un cuadro de Kandinsky que tapa una mancha. En la liga de los pulmones, Thiago demuestra que jugar al fútbol es como conducir: se ejecuta con los pies pero se ordena con la cabeza. La inteligencia es lo que pasa por la mente del hispanobrasileño cuando eleva la frente y frunce el ceño. Más que un partido, parece que está resolviendo el rosco de Pasapalabra. Y las acierta todas, claro. Siempre toma la decisión correcta. Thiago lava el coche y no llueve en toda la semana. Thiago cocina pulpo y no le queda duro. Mientras tú te mueres de calor por dejarlo puesto o pasas frío por quitarlo antes de tiempo, Thiago quita el edredón el día exacto.

 


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Fotografía de Imago.