Desde que Guardiola lo ganó todo entre 2008 y 2011, dos ideas sucesivas y complementarias se han revelado como transformadoras en su contexto temporal: la presión contra el balón, y su conversión en método y modelo de pensamiento futbolístico, y la defensa de tres centrales, una elección posicional cíclica que ya es cultura en Italia y Alemania y que ha convencido incluso a feligreses de la simetría otorgada por la línea de cuatro, como Diego Simeone o José Mourinho. Las dos ideas han convergido en el último campeón de Europa, el Chelsea de Thomas Tuchel, equipo-cyborg que en cierto modo ha besado la cima de todo ese proceso para terminar invalidando el dogma de la manta corta, que dice que todos los sistemas de juego pagan peajes en algún lugar del campo mientras se juegue con once jugadores en 105 metros de largo y 70 de ancho. Un equipo teóricamente inconcebible y tecnológico, como si homenajeara lo imaginado por Steve Jobs: si lo piensas, es imposible, así que hagámoslo.

Aunque ya no gane más, este Chelsea, construido en menos de un año, ya luce como bibliografía del futuro para quien quiera documentarse y repensar este juego. Y entre sus muchas capas, está el uso que le ha dado a la figura del tercer central. No porque haya sido el primero en hacerlo, pero sí porque lo ha hecho mejor que ninguno y porque su apuesta se ha propagado por imitación. Nos ocupa hablar de ello porque la defensa de tres centrales ya se encuentra en ese punto de su línea del tiempo en el que su sentido comienza a ser diferente del original por el que ganó fama. Y como resultado y consecuencia, ya hay centrales que desempeñan la función que ahora mismo tiene más valor. Lo que en principio era una idea, la defensa de tres zagueros, ha evolucionado hasta crear funciones propias para los centrales exteriores, donde caben futbolistas que hacen mejor que otros lo que se necesita.

Para llegar a ellos, debemos recordar qué hacía y hace a la línea de tres una oportunidad de ponerla en marcha. Además de proteger mejor el área ante la profundidad del rival, así como realizar una mejor cobertura del espacio interior tras un salto de posición de uno de los centrales hacia delante o hacia la banda, esta idea o sistema presenta superioridad en el primer pase ante líneas del rival alzadas y coronadas por dos delanteros (3 vs 2), por pura cuestión numérica. Este momento del juego se hizo predominante hasta resultar trascendental en el plan principal de los partidos y su posterior desarrollo. Penetró de tal forma la línea de tres centrales que incluso los sistemas con línea de cuatro buscaron fórmulas asimétricas dejando a un lateral abajo y otro más arriba para asegurar abrir el juego y cerrar la defensa con tres efectivos. Por tanto, este momento queda completamente justificado y catalogado como ventaja si el rival te presiona. ¿Pero qué ocurre cuando el rival se queda esperando?¿Dónde está la ventaja del tercer central?

 

La defensa de tres centrales ya se encuentra en ese punto de su línea del tiempo en el que su sentido comienza a ser diferente del original por el que ganó fama

 

En situaciones más posicionales, con el rival basculando, protegiendo el espacio y no metiendo el pie, los sistemas de tres centrales pasan de encontrar superioridad en primera línea a tener inferioridad en campo contrario, siendo ahí donde entran las funciones de los centrales exteriores, con la personalidad para liberarse de su línea, reconociéndose como comodín para atraer atenciones donde crean conveniente. Por dentro, atrayendo atención de un pivote; más cerca de la banda, acompañando al carrilero, siempre solo a lo largo de más de 50 metros de campo. ¿Están todos los centrales capacitados para jugar así? Ni mucho menos. Toda libertad conlleva una responsabilidad y para eso se necesita un gran talento. Años atrás, los centrales con gran salida de balón destacaban por su desplazamiento en largo, su timing en la conducción y su calidad para meter pases filtrados. Pero ahora muchos de ellos están dando un paso más allá.

Las conducciones tan agresivas de Rudiger y Azpilicueta en su primer contacto, los momentos de Frenkie de Jong como central con Koeman, la importancia de Hermoso en el pase para meterse en campo rival, la inaudita superposición de los centrales del Sheffield United de Chris Wilder, doblando a los carrileros por fuera del campo, incluso la iniciativa y diferencial creatividad de Koundé o Alaba, zagueros en línea de cuatro que son equilibrados por Casemiro o Fernando. Todos ellos representan algo nuevo en esta posición. Todos juegan de cara y tienen la oportunidad de cambiar las cosas para romper la defensa del oponente con sus pases o sus movimientos sin balón. Si el rival deja de presionar, de nada servirá tener un jugador más en tu primera línea. Y eso implica que uno de los centrales haga cosas distintas, tenga un físico más líquido y una mente atrevida para ir en lugar de regresar. El fútbol va muy deprisa pero siempre termina abriéndose paso.


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Fotografía de Imago.