De Rodney Marsh poca cosa sabría decir sobre su trayectoria. Resumiéndola de manera excesiva: fue un delantero inglés de los años 60 y 70 que se hinchó a meter goles con la camiseta del Queens Park Rangers. Lo que me marcó de él no fueron sus goles -juraría no haber visto ni uno-, sino una frase acerca de la relación de convivencia entre los entrenadores y los jugadores. Decía así: “Todo lo que tiene que hacer un entrenador es tener contentos a once jugadores: los once suplentes. Los once titulares ya son felices porque son titulares”. Una verdad como un templo. ¿A qué futbolista le jode llegar al vestuario y verse entre los once elegidos? A ninguno. ¿A qué futbolista le jode llegar al vestuario y verse entre los que no han sido elegidos? Supongo, espero y deseo que a todos.

Cualquier entrenador quiere a ese ‘plan B’ perfecto. Que entre semana ni rechiste, ni pida más minutos, ni cope portadas. Y, después, cuando llegue el fin de semana y salga al césped para jugar ni que sea un ratito, cumpla como cualquiera de los titulares y se deje el alma en cada acción. Ese número ’12’ ideal, tan difícil de encontrar y tan fácil de admirar. Lo que en el Camp Nou en los últimos años se ha conocido como “a este equipo le vendría bien tener un Larsson”, para hacernos la idea. O como en su día también lo representaba Juan Antonio Pizzi o del mismo modo que sucedía en el Arsenal en tiempos de Kanu. El último ejemplo evidente de esta clase de jugadores tan preciados por los técnicos fue el ‘Chicharito’ Hernández mientras esperaba su turno cada fin de semana en el banquillo del Teatro de los Sueños.

Quemando sus últimos días antes de jubilarse, Sir Alex Ferguson vio en el muchacho de la Guadalajara mexicana una especie de oveja Dolly con las botas de fútbol puestas. Necesitaba a ese delantero para recuperar la sensación que tenía cuando decía: “Ole, a calentar”, y sabía que su ‘as’ en la manga podía ayudarle a solucionar un partido trabado o rematar una victoria aún por sentenciar. Había algo en el mexicano que le recordaba a uno de los jugadores que mejor supo interpretar las suplencias y las oportunidades a cuentagotas: Ole Gunnar Solskjaer. Quizá por llegar a Old Trafford siendo unos jóvenes semidesconocidos, puede que fuera por su manera de definir ante la portería rival o tal vez por esa cara de niños imberbes que compartían. Pero Sir Alex necesitaba regresar a 1996, volver a cuando inició la historia de Solskjaer con el Manchester United.

 

Su mayor virtud recaía en la inteligencia de sus movimientos, en llegar siempre al sitio adecuado en el momento oportuno para encontrar el camino al gol

 

Antes de convertirse en ‘red devil’, el delantero noruego no paró de reventar las redes de su país. Primero con el Clausenengen FK y cuatro años después le llegaría la oportunidad en uno de los grandes de Noruega, en el Molde. Con 23 años superaba de largo el centenar de goles y promediaba tres tantos cada cuatro partidos. Un escándalo que Alex Ferguson no pasó por alto. Puso un millón y medio de libras encima de la mesa y el joven Ole, de la noche a la mañana, cambió el vestuario del Molde por otro en que se sentaban futbolistas del nivel de Ryan Giggs, Andy Cole o Eric Cantona.

Pese a llegar a uno de los mejores clubes del planeta, no le costó adaptarse al fútbol inglés. Debutó en la tercera jornada de la Premier League y solo necesitó seis minutos -entró en el minuto 64- para enchufar su primer gol contra el Blackburn Rovers. La presentación ideal de lo que serían sus once temporadas en Old Trafford. Jugar poco y marcar mucho. Daba igual si saltaba al césped entre los once titulares o como recambio, porque mientras los defensas rivales se planteaban si darle un abrazo o regalarle un Sugus, él les apuñalaba cuando menos lo esperaban. Esa mirada de no haber probado una sola gota de alcohol ni de haber gritado estúpidamente a su madre era su mejor arma. El despiste perfecto para vivir del gol. Por algo le llamaban el asesino con cara de niño. Un mote así, tan esperpéntico como original, era la sentencia perfecta para su juego.

No era ni el más rápido, ni el más habilidoso y tampoco el más fuerte. Su mayor virtud recaía en la inteligencia de sus movimientos, en llegar siempre al sitio adecuado en el momento oportuno para encontrar el camino al gol. Tenía un imán para rescatar cualquier objeto que se perdía sin dueño por el área. Un mal rechace del portero, ahí estaba él para meterla; si el defensa despejaba de manera horripilante, Ole Gunnar aparecía para enchufarla; un centro lateral entre defensa y portero, pues Solskjaer siempre se dejaba caer por ahí a ver si rascaba algo, y siempre lo rascaba. Fácil, sin complicaciones, práctico y sencillo. Así hasta sumar 126 goles en sus 366 partidos como ‘red devil’.

Y de esa manera marcó su gol más recordado por la afición mancuniana, encontrando un balón suelto tras un córner. En ese 26 de mayo de 1999 Solskjaer compartía banquillo con Sheringham. Como era habitual, Andy Cole y Dwight Yorke eran los titulares, pero ese día los héroes fueron los suplentes. Nada nuevo para ninguno de ellos. Teddy en el 91 y Ole Gunnar en el 93 revertieron el marcador en un abrir y cerrar de ojos para que la ‘Orejona’ cambiase el trayecto de Múnich a Mánchester. “Tanto si hubiera marcado 50 tantos como 500 con el Manchester United, ese gol de la victoria siempre se recordaría, ya que sirvió para ganar la Champions League de una forma sensacional”, recuerda sobre aquel gol el delantero noruego, el más importante de su larga carrera en Old Trafford hasta que en 2007 decidiera colgar las botas con seis Premier League, dos FA Cup y una Champions en su palmarés.

Ferguson y Solskjaer fueron la relación perfecta de la que el bueno de Rodney Marsh hablaba, “tengo mucha suerte de que nunca se quejase, no creo que ningún otro jugador de esa calidad lo haya hecho”, aseguró Sir Alex en su biografía. En Mánchester, no solo el recuerdo imborrable de aquella final de la Champions será el legado de Solskjaer, sino todos aquellos goles que marcaba cuando el equipo le necesitaba, cuando el niño asesinaba a los porteros a poco de que el partido llegara a su fin.