Una amiga me dice que proyecto demasiado, que miro demasiado al futuro. “Iñaki, estás siempre proyectando y lo haces de manera negativa”. Me sucede con cualquier aspecto de la vida, se me hace complicado disfrutar del momento. Emergen de la nada esos pensamientos negativos como si del puto Nostradamus se tratara. De eso que estás viendo a tu equipo ganar un partido y de manera inconsciente aparece la idea de que la siguiente derrota está más cerca o de que ese título que están levantando será el último que vean tus ojos. Ya sabéis, esa mierda de sensación. Desconfianza de lo incierto y miedo al mañana, básicamente. Rafinha Alcántara me ha dado una lección de vida: proyectar es inevitable pero el ahora es lo que marcará el futuro. Dos roturas de cruzado, una en cada pierna, y una grave lesión en el menisco dejando fuera de combate a cualquiera y con la excusa ya montada.

A veces las cosas no se dan y punto. Existen una serie de objetivos, unas necesidades, que por A o por B no se dan. Y no se dan. Da igual el empeño que uno le ponga, cómo cambie su actitud o que mantenga una pelea cuchillo en mano frente a sus miedos. Todo eso está bien, está más que bien, pero si algo no se da nada hay que hacer. Ese podría ser el final del relato pero hay unos tarados que tratan de desmontar esta teoría cargada de tintes derrotistas y que pese a que los objetivos parezcan ser un espejismo en el desierto se encargan de que tengan vida propia. Rafinha es uno de esos. Dile a un tipo que en tan solo unos meses se ha hecho un hueco en el FC Barcelona, se ha hartado de levantar trofeos y que también comienza a asomar la cabeza con la selección brasileña que no es suficiente. “Oye, Rafa, todo eso está muy bien, pero no es suficiente. Ahí tienes dos roturas del ligamento cruzado y de postre una lesión de menisco”.

Llegado a ese punto, el menor de los Alcántara tenía dos opciones. La primera, y por la que la gran mayoría hubiera apostado, es la de tirar la toalla. Me voy con mis trofeos, aún soy joven y con el dinero ganado lo invierto aquí o allá. La segunda opción es la épica, la de esa figura que renace por cuarta vez y asumiendo que quizá exista un quinto desfallecimiento continúa hacia adelante. Vigo no parece mal destino para llevar a cabo esa resurrección. Rafinha ahora mismo tiene que tener hielo en las venas cuando le hablan del Celta y su coqueteo con el descenso. “¿Qué cojones es eso de Segunda? Pero si yo vengo del mismísimo infierno”. Me imagino al brasileño como a Gandalf y el Balrog de Moria cayendo precipicio abajo. Todo en esta vida depende de las expectativas que uno se ponga. Tras una trayectoria plagada de lesiones tan graves en poco tiempo, las expectativas deben ser mínimas.

Primero empiezan siendo básicas: andar y que no duela. Después, entrenar con los compañeros y, al final de la etapa, comenzar a contar para el técnico. Rafinha valora cada segundo sobre el verde como si fuera el último, porque verdaderamente puede ser el último. Así de triste y de mágico es esto. Al brasileño no se le ha olvidado cómo se juega a esto del balón, incluso si estuviera en silla de ruedas sabría moverse por el césped. Llegados a este punto, ahora es cuando comienza a disfrutar de nuevo. Retiene el balón, tira un caño, filtra un pase o finaliza una jugada con clase. Ya está, los días a solas con el fisio o los terribles dolores son cosa del pasado, vamos a divertirnos. Sale al Bernabéu como el que va con zapatillas de andar por casa y albornoz a bajar la basura. Tan solo le falta un batín y fumar en pipa. Rafinha ya no proyecta sus ilusiones hacia el futuro, tan solo piensa en el aquí y en el ahora. ¿Para qué voy a pensar en el mañana si ahora mismo me lo estoy pasando bien?
Estamos para pasar un buen rato, como aquellos imberbes Thiago y Rafinha sobre el césped de Balaídos disfrutando del balón sin mirar a su alrededor.


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Fotografía de Getty Images.