El día que lo enterraron, sobre la tumba, a Malcolm Allison le dejaron un cubo de metal frío, relleno de cubitos de hielo y de una botella de Moët & Chandon. ¿Para qué flores? Ningún homenaje mejor podía hacerle el periodista James Lewton, uno de sus mejores amigos en los tragos y en las resacas. Cuando contó este episodio en la revista Four Four Two, Lewton añadió una conversación con ‘Big Mal’: “Un día, le pregunté: ‘¿Por qué siempre quieres demostrar que eres el mejor?’. Y él me respondió: ‘Cuando yo era niño, quise tener un caballo balancín. Si lo hubiera tenido, quizá todo hubiera sido diferente”. Quizá. Quizá Allison nunca hubiera desarrollado su carácter revoltoso, desusado, turbulento e insolente. Quizá hubiera bebido algunos cientos menos de botellas de champagne. Quizá no le hubiera levantado la mujer al actor Roger Moore en plena luna de miel. O nunca hubiera metido a la estrella porno del momento en las duchas de su vestuario. Quizá tampoco se hubieran roto sus tres matrimonios. Ni se hubiera acostado con dos misses inglesas, varias conejitas de Playboy y varias strippers. Quizá el fútbol, un arte que concibió como pocos en un país de ideas encarceladas como Inglaterra, hubiera ocupado de verdad el sentido de su vida. Pero no. Allison cogió otro camino. Y no por eso dejó de elevarse dentro del planeta británico como uno de los entrenadores más fascinantes, desacomplejados y admirados de su historia.

“Vio la vida pasar tan rápido y tan frágil en ese tiempo que se arriesgó a exprimirla. De la tuberculosis, salió Big Mal y su colección de placeres y excesos”

La vida de Allison, admirador de la buena literatura, notable alumno de instituto y especialista en Churchill, no la determinó un caballo balancín. Fue una tuberculosis. Jugaba de mediocentro defensivo en el West Ham de los años 50, gobernado desde el banquillo por un veterano sargento de la Segunda Guerra Mundial, Ted Fenton. Allison ejercía de capitán y de algo más: aconsejaba a Fenton, diseñaba entrenamientos y planificaciones, con sesiones de grupos reducidos, partiditas de fútbol-tenis, la introducción del gimnasio y la musculación y otras innovaciones. “Cuando Fenton daba sus órdenes, Malcolm le miraba y le decía: ¡Oh, cállate Ted, por el amor de Dios!“, recuerda su ex compañero Frank O’Farrell en So Foot. La ascendencia sobre el incipiente centro de formación del West Ham distinguió del mismo modo la vida del Allison futbolista. Ofrecía consejos, regalaba charlas tácticas durante los almuerzo, con los saleros y las botellas de kétchup dibujando escenarios tácticos… Hasta que le agarró una tuberculosis. Le extirparon medio pulmón izquierdo y aquello le sacó para siempre las botas de los pies. Dos años de enfermedad y hospitales acabaron por abrir un nuevo escenario vital en Allison. Vio la vida pasar tan rápido y tan frágil en ese tiempo que se arriesgó a exprimirla. De la tuberculosis, salió Big Mal y su colección de placeres y excesos. Aún se mantendría como técnico de la cantera del West Ham. Fue uno de los padres, en la cafetería Cassetari’s, muy cerca de Boleyn Ground, de The Academy, uno de los centros de formación más generosos del fútbol británico. Booby Moore, uno de aquellos chicos, tomaría su relevo como mediocentro y central del West Ham.

Al arrancar los años sesenta Allison abrió una chatarrería y regentó un concesionario de automóviles. Sus pasiones eran los coches y las carreras de galgos o caballos. Adoraba apostar. Uno de esos envites fue inaugurar un club nocturno en el barrio londinense de Soho. Por allí desfilaron futbolistas, hombres de negocios de la City, políticos, cantantes como Frank Sinatra… Y modelos y actrices. Mujeres. Su gran virus. También botellas de champagne y varias borracheras. La fama del gigoló Allison se disparó entre la purpurina londinense. Se le reconocía como un hombre mercurial, extravagante, con una lengua envenenada, pero irresistible, encantador y seductor en todas las facetas de su vida.

Protagonizó un escándalo telúrico en el Reino Unido al firmar un cuarteto sexual de consecuencias diplomáticas con el político John Profumo, el destacado de la marina soviética Yevgeny Ivanov, y en medio de todos ellos, una chica llamada Christina Keeler. Después vinieron más. En un bar de Mallorca, Allison emborrachó a la starlet del momento, el actor Roger Moore, de luna de miel. Lo llevó a dormir el whisky y, mientras, le levantó a su mujer Tina. Otras conquistas fueron dos conejitas de Playboy, Serena Williams (evidentemente, no la tenista) y Sally Highley. La segunda se convertiría en su mujer. La conoció en un club de strippers y la llevó a patinar sobre hielo. La pista se quebró, la chica cayó y se mojó. Y Allison la secó con uno de sus largos abrigos de cosaco. De allí, al apartamento y al matrimonio. No duró demasiado. Cuando negoció con la Juventus, ya en su etapa en el Manchester City, se dice que únicamente viajó a Turín para encontrarse con una stripper y modelo húngara. Quizá retado por George Best, Allison se propuso también adentrarse en el ecosistema de las misses británicas. Ligó con una aspirante al trono del Reino Unido, Jennifer Lowe… hasta que conoció a la vencedora, Jennifer Gurley. Y ya en el Crystal Palace, en sus años más desatados, justo después de dejar el City, con la arrogancia disparada, metió a la estrella porno del momento, Fiona Richmond en las duchas del vestuario. Había aparecido en el entrenamiento con un Rolls Royce con la tapicería de leopardo y la actriz bajo el brazo. Ella preguntó: “¿Puedo darme un baño?“. Aquello enloqueció. Allison y varios futbolistas se quitaron la ropa y tomaron unas botellas de champagne, el gatorade de los equipos de ‘Big Mal’. Los periodistas que había por allí fueron invitados también a pasar. Los tabloides del día siguiente entraron en combustión. Pero Allison tenía la respuesta perfecta para salvar su puesto en medio de la tormenta: “Cuando ella se desnudó, me di cuenta que tenía los pechos falsos. No vale la pena ser despedido por un trozo de plástico“.

En esta oleada de travesuras, Allison nunca le quitó el ojo al fútbol. Joe Mercer, investido mánager del Manchester City, era un hombre sereno, bondadoso y también ya algo mayor y achacoso. Buscaba un ‘coach’ joven y animoso y acabó designando a Allison. Mezclaron a la perfección. Sacaron al Manchester City de la segunda categoría y lo lanzaron a sus años más gloriosos: ganaron una Liga (67-68), una FA Cup (1969), una Copa de la Liga (1970) y una Recopa (1970). Mercer tenía las últimas palabras, pero el ideólogo principal era Allison. Había desarrollado su pensamiento sobre el fútbol desde dos puntos de partida. El primero, en Austria, donde fue destinado para el servicio militar. Jugó con el Admira Wacker y se empapó de conceptos danubianos: juego raseado, bien tocado, técnico y rápido… Nada que ver con la rigidez y simplicidad inglesa. El segundo fue la lección que, como todos los británicos, se llevó a casa desde Wembley cuando Hungría trituró 3-6 a Inglaterra. Estas dos experiencias le marcaron el libreto. Trató de incorporar ese estilo continental como ayudante de Mercer. Ese Manchester City trató de demarcarse de los convencionalismos locales con un juego más vivo, ofensivo y armonioso. Allison reunió a un ejército de notable futbolistas: el inteligente mediocentro Colin Bell, el felino portero Joe Corrigan, el veloz extremo Mike Summerbee, el voraz delantero Neil Young y el todoterreno Francis Lee. Todos internacionales, todas leyendas del City.

La influencia de Allison iba más allá de los aspectos tácticos e ideológicos. Controlaba, y hacía a Mercer que controlara, todo. Diseñaba unas dietas que incluso él cocinaba. Renovó la segunda indumentaria, imponiendo las rayas rojas y negras como homenaje al Milán. Encargaba a Sudamérica botas más ligeras y flexibles, ideales en los pantanosos estadios ingleses. Revolucionó la preparación física entrenando a sus jugadores con máscaras de gas. Y manejaba los códigos del club como nadie, especialmente, la rivalidad con el Manchester United. A Matt Busby lo llamaba Matt ‘Baby’. Y el día que le ganó un partido en Old Trafford pagó a un chico de los recados para que subiera a la azotea y bajara la bandera a media asta.

La convivencia con Mercer no se ensució hasta que a Allison se le terminó de ensanchar la arrogancia. Sabía que el viejo jefe no duraría mucho en los banquillos y ansiaba el puesto de mánager principal. Sus locuras continuaban: Francis Lee tuvo que llevarlo a casa una noche metido en un saco después de beberse 23 botellas de champagne y fumarse varios habanos. Un día, Mercer conducía su coche a gran velocidad y la policía lo detuvo. Bajó la ventanilla y exclamó: “Está bien agente, ¿qué hizo ahora Malcolm?“.

“El día que le ganó un partido en Old Trafford pagó a un chico de los recados para que subiera a la azotea y bajara la bandera a media asta”

La distancia entre ambos, unas divergencias profesionales, pues Allison siempre mantuvo su admiración por Joe, creció cuando saltaron los problemas societarios en el Manchester City, justo a finales de 1970, cuando el vicepresidente Frank Johnson anunció su disposición a vender su paquete accionarial. La familia con mayor peso en el club, los Alexander, siempre cobijaron a Mercer. Pero Allison aprovechó para ganarse la confianza de un grupo de empresarios ansiosos por dominar el club y comprar las acciones de Johnson, con Joe Smith y Simon Cussons a la cabeza. El clima se encrespó y, aunque Johnson no vendió, Smith y Cussons entraron al consejo. El Manchester City se fracturó en dos: la facción de los Alexander y Mercer y la de los consejeros conspiradores y Allison. Ganó la segunda. Y en octubre de 1971, el presidente Albert Alexander, muy desgastado y enfermo, nombró mánager a Allison, retirando a Mercer a los despachos, como gerente deportivo.

En solitario, Allison duró apenas unos meses. El equipo aún rozó la liga de 1972. Fue líder en varios tramos durante uno de los torneos más apretados de la historia. Un punto separó a Derby, Arsenal, Liverpool y Manchester City. El momento fatal fue la contratación por 200.000 libras de Rodney Marsh, un díscolo, el ‘alter ego’ de Allison sobre el césped. Un delantero tan soberbio, dominante, fuerte y técnico como excéntrico, vanidoso y provocador. Allison nunca consiguió adaptarlo al City y el equipo lo pagó. Sin Mercer, el extraordinario equilibrio que había mantenido en lo alto al club se resquebrajó. Nada fue igual jamás en Maine Road. Tampoco para Malcolm Allison, ya desbordado por su personaje, reducido a un galán de franela de inconfundible estilo: sus largos y cerdosos abrigos, un sombrero fedora de otro tiempo y el puro, un habano hermoso y descomunal. Esa fue la imagen que quedó de él en el resto de sus días como entrenador.

Erró por las catacumbas del fútbol inglés, por Kuwait, por Turquía… Aún volvería al Manchester City para confirmar su tragedia: su rebeldía necesitaba paz. La serenidad de Mercer. Solo en Portugal ‘Big Mal’ se reencontraría con Malcolm Allison, donde ganó la Liga y la Copa con el Sporting de Lisboa y entrenó al Vitoria de Setubal. Allí trazó amistad con el hijo de Félix, su preparador de porteros. Un adolescente que siempre reconoció a ‘Big Mal’ como una inspiración. Ese chico era José Mourinho.